En el mes de diciembre pasado se conocieron sendos fallos de jueces condenando a personas, civiles y militares como causantes, en tanto agente represores del estado, de las detenciones ilegales, torturas y muerte de dirigentes de los partidos socialista y comunista de Chile.

Se trata de crímenes de lesa humanidad, en tanto prácticas sistemáticas y masivas que buscaron el exterminio de los opositores identificados con la izquierda chilena, y en particular con aquellos que cumplían roles dirigentes en la lucha por la recuperación de un régimen institucional con pleno reconocimiento de derechos básicos fundamentales de los chilenos y chilenas, sin distinciones de raza, credos, ideología, ocupación o riqueza.

Se ha escrito mucho sobre los horrores de la dictadura cívico-militar de la derecha, y se continuarán sabiendo verdades acerca de los crímenes que cometió. Hacerlo es un deber político, ético y moral ineludible de los demócratas. Tal compromiso del pueblo con su historia verdadera, su presente y sus saberes y experiencias acumuladas constituyen el fundamento de la construcción de su futuro. Y en eso nada del pasado queda excluido.

Quienes cometieron aquellos crímenes traicionaron valores y principios universalmente reconocidos de dignidad, humanismo y respeto a derechos humanos fundamentales. La lectura de los fallos y las diversas exposiciones que constatan y registran circunstanciadamente los hechos, nos lleva a pensar en las víctimas, en el profundo dolor de sus familias, de sus amigos y de su comunidad y más aún en el corazón de todo ser decente y ajeno a todo filisteismo.

Por supuesto los criminales y torturadores acusan desvíos en sus personalidades y el poder total y las instrucciones de aniquilamiento de sus enemigos, en este caso dirigentes políticos y sindicales de izquierda, que les fueron entregadas por los jefes de la dictadura, les concedió el marco propicio para la potenciación de sus enajenaciones.

La racionalidad de fondo, sin embargo, se encuentra en la defensa de los intereses de las clases dominantes que reaccionaron con instinto y frialdad ante la amenaza a sus patrimonios y negocios acumulados por generaciones, que implicaba el proceso revolucionario de la Unidad Popular.

La reversión que, en materia de derechos, llevo adelante la dictadura chilena tienen un tinte y sello de clase innegables. Esa fue la causa fundamental y el factor que ordenó el despliegue de toda la maquinaria de terror, de mentiras y de fraudes que se llevaron adelante. Bastaría recordar  algunos de los “bandos” iníciales de la traición que aludían a  “la institucionalidad quebrantada” o a “los derechos de los trabajadores”, y cotejarlos con  la contrareforma agraria, el desmantelamiento del estado en sus funciones productivas y sus áreas de salud, vivienda, y la transformación de la educación en una “industria”,  como nos acaba de recordar  Piñera, para entender el sentido real de la acción de la dictadura y de los grupos y clases dominantes que sobredeterminaron los  contenidos de su proyecto y su accionar.

El proceso de reconstrucción democrática del país, con sus luces y sombras, con su excesiva prudencia, incluso con inconsecuencias, pero sobre todo con perseverante empeño, ha logrado remontar – en algunas áreas -, aquella realidad construida por el “riquerio”. No ha sido fácil superar todos los obstáculos y amarres que por largo periodo subsistieron al desplazamiento de la dictadura.

El modelo dominante, pese a todos los esfuerzos por transformarlo, no es solo un sistema económico. Corresponde a una concepción que invade y socializa sentidos comunes generales sobre diversos aspectos de la vida social y política e intenta construir hegemonía político-cultural en el conjunto de la sociedad. Tales sentidos comunes tienen que ver con la despolitización y la subvaloración de lo social y comunitario, con la imposición de valores y pautas de conducta orientadas por un consumismo alienante, un individualismo antisocial y una competitividad que sobrepasa cualquier regulación ética (baste recordar las colusiones).

En línea con lo anterior busca imponer determinadas nociones de desarrollo, del valor universal e ilimitado de la propiedad privada de los medios de producción en todas las escalas y niveles, del rol estrecho y subsidiario del estado, de la naturaleza estrictamente individual del conocimiento y su creación y, en suma, una filosofía política utilitarista que conlleva a un tipo de acción social e individual de carácter meramente instrumental entre medios y fines.

El gobierno de Piñera y las orientaciones de sus partidarios, particularmente los grandes empresarios y políticos representativos de las clases dominantes, los mismos que determinaron los contenidos y acciones de la dictadura, tienen objetivos claros: la consolidación de un sistema económico y político-ideológico signado por los principios y valores antes mencionados, y alcanzar la mayor eficiencia posible en la implementación de políticas que lo refuercen. Ese es el sentido de las propuestas que se plantean en materias como la laboral, tributaria, previsional, educacional, entre otras.

Ese fue el sentido esencial de la imposición de la dictadura, su naturaleza, y a eso obedecieron sus modos de actuar.

Es tarea de la política democrática salir de la superficialidad, la inmediatez y la intrascendencia, situando en el centro del debate los aspectos estructurales más esenciales de los temas comunes a la sociedad. Es imperativo sacar a la superficie los intereses de clase que se imponen, y toda su secuela y funcional dimensión valórica, ideológica, formativa y educacional, que en definitiva es una concepción de sociedad y modo de vivir en ella.

A propósito de las reflexiones anteriores viene al caso citar una afirmación de Carlos Marx al exponer el plan de la edición de los Anales Franco-Alemanes; “: “Podemos sintetizar en una palabra la tendencia de nuestra revista: auto-aclaración (filosofía de la crítica) de nuestro tiempo con respecto a sus luchas y a sus aspiraciones. Se trata de un trabajo para el mundo y para nosotros. Puede derivar, exclusivamente, de una unión de fuerzas. Se trata de una confesión, y no de otra cosa.

La humanidad, para hacerse perdonar sus culpas, no tiene más que declararlas en cuanto tales”.

En otras palabras, es imprescindible tener claridad porqué, contra quien se lucha y cuáles son las aspiraciones en cada momento, mirando los espacios inmediatos y a largo plazo. Valga la referencia a Marx para tiempos de tanta confusión.