En los últimos años el avance de fuerzas de extrema derecha ha sido objeto de preocupación para una izquierda incapaz de comprenderse fuera de los marcos impuestos por el capitalismo. Ninguna forma de vida distinta a la del consumidor atado a su deuda impagable, nada de sueños utópicos sobre un mundo que no se corresponda con el status quo. Pero el auge de esta extrema derecha preocupa, e incluso se podría decir que desespera, entre otras cosas, porque su fuerza es la de la utilización de símbolos de fácil uso, de dicotomías reductivas que son rápidamente consumidas a través de memes y noticias de dudosa procedencia. La crítica se conforma con enviar otros tantos memes de teléfono en teléfono, para burlarse, para preocuparse o para denunciar en el vacío de la espectacularidad en que vivimos.

Estas fuerzas racistas, que han permanecido aliadas de las fuerzas del neoliberalismo, pero habrá que ver hasta cuando, no emergieron con el Frente Nacional francés, ni con Trump, ni menos con Bolsonaro. Ellas son el resabio más peligroso y nunca extinto del racismo que fundó la gran mayoría de los Estados nacionales y que, si bien en muchos países quedó en un estado de abatimiento por las experiencias terribles a las que condujeron, siempre pervivió en algún lugar del mundo su fuerza de destrucción. La ocupación de Argelia por Francia, los Apartheid en Estados Unidos y Sudáfrica, este último extendido hasta 1992, la explotación de diamantes en África, la guerra de Hutus y Tutsis en Ruanda, y por supuesto, desde el mismo fin de la segunda guerra mundial, el Estado de Israel, cuya creación significó una limpieza étnica y el inicio de una pesadilla para los palestinos.

Cada uno de estos hechos (y muchos otros), han servido para mantener actualizada la barbarie del racismo y han permitido salvaguardar su fuerza para el nuevo uso que le están dando países del centro productivo mundial y del tercer mundo. Israel ha sido, en particular, uno de los baluartes de dicho ideario porque ha nacido de su derrota circunstancial en la segunda guerra. Nace con la legitimidad de ser una suerte de antítesis del fascismo, una legitimidad que le ha permitido incubar y ejercer el racismo sin que gran parte de la comunidad internacional se diera cuenta hasta que ya era muy tarde.

Como ha dicho recientemente Yoav Litvin, “los primeros sionistas sincretizaron muchos aspectos del fascismo europeo, la supremacía blanca, el colonialismo y el evangelismo mesiánico y tuvieron una larga y sórdida historia de cooperación con antisemitas, imperialistas y fascistas a fin de promover agendas exclusivistas y expansionistas”. Sin embargo, cuando comenzó a convertirse en un Estado evidentemente beligerante para la propia prensa occidental, Israel ya había avanzado hacia la consumación de un sistema de Apartheid y la conversión de Gaza en un campo de concentración a cielo abierto.

Que Bolsonaro se haya bautizado en Israel no es una casualidad o la simple locura de un fundamentalista religioso. Es que Israel ha participado activamente en la construcción del sionismo cristiano y sus prácticas han servido para mantener firme la utopía racista en cualquier lugar, que es en última instancia, la aniquilación completa de quien ha sido identificado como un otro. Es por eso que el propio sionismo cristiano actúa como lobby en Estados Unidos y contribuyó recientemente a mover la embajada de ese país de Tel Aviv a Jerusalén, reforzando la alianza de la extrema derecha norteamericana con el Estado sionista.

Lo verdaderamente preocupante aquí es que esta extrema derecha ha sido capaz de cautivar a sectores de diferentes clases sociales, apelando a una emotividad fundamentada en el antagonismo social que ha paralizado tanto a los intelectuales como a los movimientos sociales. Lo que vemos ante nosotros es una «israelización» del mundo que implica no sólo el despliegue de fuerzas represivas y conservadoras, sino también la imposibilidad de su crítica. Angela Davis ha sido testigo recientemente de ello al ser cancelada –previo lobby de grupos sionistas– la entrega de un reconocimiento por parte del Instituto de derechos Civiles de Birmingham debido a su apoyo a la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel (BDS), en otras palabras, por luchar contra la segregación racial no sólo en su propio país, sino además donde, se supone, no debería: en la Palestina ocupada por Israel [3].

La respuesta de Angela Davis a la cancelación del reconocimiento debe ser una lección para la izquierda de hoy. “He dedicado gran parte de mi propio activismo –dice– a la solidaridad internacional y, específicamente, a vincular las luchas en otras partes del mundo con las campañas de base de Estados Unidos contra la violencia policial, el complejo industrial carcelario y el racismo en general […] La anulación de esta invitación y la cancelación del evento en el que estaba programada mi intervención no fue, por lo tanto, un ataque contra mí, sino contra el espíritu mismo de la indivisibilidad de la justicia” [4].

Es que comprender el avance del fascismo de una manera local, significa también articular una resistencia local, cuando en realidad el primero sabe bien que detrás del disfraz nacionalista su verdadera fuerza se basa en la configuración de un un mundo acorde a sus retorcidos valores. Hoy por hoy, el único internacionalismo es el fascismo, mientras la izquierda sigue opinando si hay que bloquear a sus líderes en Facebook, Twitter o Instagram, en el gesto tan individual del consumidor que denuncia un producto por estar vencido, cuando en la bodega ya está listo su reemplazo hace tiempo.
Aprender a ver al palestino en el mapuche y viceversa. Identificar la segregación urbana con el Apartheid. Hacer funcionar por doquier las analogías, donde lo propio quede diluido en lo común. Generar formas de vida diferentes, pero anticapitalistas y antiracistas. Tal es la alternativa de resistencia ante la uniformidad de un horizonte que parece venirse encima y que los palestinos, indígenas, negros y tantos otros pueblos oprimidos han tenido que atestiguar por tanto tiempo.