Este gobierno, el gobierno de Sebastián Piñera, de Roberto Ampuero y de Andrés Chadwick, mató hace algunas semanas a un joven mapuche inocente. Al estilo de las dictaduras, lo mataron sólo por su origen étnico y trabajo político. Este gobierno mató con sus hombres armados a ese mapuche; y su policía, de la que está a cargo, armó un gigantesco montaje para culpar al propio mapuche por su muerte, a sabiendas del jefe político. Esta democracia, la de los partidos de derecha liberales y pulcros líderes progresistas, disparó a Brandon Hernández Huentecol hace dos años, y el juicio realizado hace unos días dejó sin cárcel al policía que casi lo asesinó. Brandon, con 80 perdigones aún incrustados en su cuerpo, y Marcelo Catrillanca -el padre del asesinado Camilo-, hoy pasmados ven cómo Chile enseña a respetar los derechos humanos a Venezuela. Por eso a este gobierno no le compro su defensa de los derechos humanos. Porque es una defensa selectiva. Perfecto, hablemos de derechos humanos, cuestionemos al gobierno de Maduro, su trato a la prensa, a los opositores, a sus diversidades étnicas. Pero sería bueno que también empecemos por casa.

Hablemos de derechos humanos, cuestionemos a Venezuela, pero también hagámoslo con nuestro Chile, no suframos de hipermetropía, ver bien de lejos pero ver mal de cerca: veamos que en Chile se violan los Derechos Humanos de nuestros niños más pobres y desposeídos todos los días. Y no lo dice el comunismo internacional: lo dice Naciones Unidas. Violencia, tortura, muerte, eso acecha a nuestros niños en los centros dependientes del Sename, producto de la mercantilización del cuidado de los menores de edad, a esta misma hora en que La Moneda pide a los militares venezolanos que desconozcan al presidente chavista. Miremos a Caracas, pidamos respeto por los niños que están sufriendo por no comer bien, pero no nos hagamos los imbéciles con lo que ocurre en nuestras narices, en el patio trasero de los barrios multimillonarios que prefieren gritar al resto del continente cuando el gobierno es rojo y ponerse una venda en los ojos cuando las víctimas son cabros chicos mapuche que son acusados injustamente de terrorismo en el sur del país. Escandalicémosnos con la denuncia que hoy hizo el ex carabinero Manuel Colipan Acuña, que acusó que sus superiores lo obligaron a mentir al recibir un disparo en una pierna en Tirúa, culpando a un mapuche, cuando en realidad fue un tiro que se le escapó a un compañero. Eso es abuso de poder del más terrible y cruel. Eso es condenar, inventando delitos a personas por sólo llevar un nombre, color de piel y una pobreza específica en sus cuerpos. Vaya democracia. Pero para eso la televisión no hace una cadena nacional siguiendo el caso.

Este texto no tiene por objetivo defender a Maduro ni abordar las problemáticas democráticas del régimen venezolano, que por supuesto son discutibles, como en todo país. Este texto tiene como objetivo interpelarnos, decir lo bueno que sería que miremos con la misma agudeza con que apuntamos con el dedo a Venezuela nuestra propia realidad democrática: esta en que -con un poder otorgado por una dictadura que asesinaba presidentes- un tribunal constitucional borra con el codo leyes aprobadas en el congreso, esta en que un gobierno amenaza con un veto presidencial cuando una ley de la jibia afecta las ganancias de los empresarios, esta en que el Estado corre a indemnizar a los privados cuando ayudan a que no colapsen las carreteras en los fines de semana largo pero que sube el pasaje de la micro sin avisar a los que ganan el sueldo mínimo, esta en que periodistas son detenidos con la más cruda violencia sin que ningún canal de televisión lo muestre, como le pasó a Leo Retamal, encarcelado 24 horas tras cubrir una marcha estudiantil, como le pasó a la reportera de Radio Villa Francia, Inés Encina, quien acusa haber sido golpeada por Fuerzas Especiales tras hacer su trabajo. Miremos a Caracas, pero miremos también a Temuco, donde una periodista detenida ilegalmente en una protesta por el asesinato de Camilo Catrillanca fue desnudada dos veces en la comisaría. Esa tortura es violación a los derechos humanos, pero no es tendencia en los matinales, como no salen allí las radios comunitarias allanadas con violencia en los últimos años.

Miremos las violaciones a los derechos humanos, pero mirémoslas todas, y miremos con más fuerzas las que más cerca tenemos: las del Estado y las AFP contra los adultos mayores que no tienen qué comer, que no se pueden duchar por sus pensiones miserables. Miremos a los viejos que se mueren de cáncer por obra de las empresas contaminantes en Quintero y Puchuncaví. Miremos a los vecinos que se mueren por no alcanzar a ser atendidos en el hospital público de su comuna ¿O no es violación del derecho humano a la salud el que mi abuela tenga que esperar, como el 42% de los pacientes de Fonasa, al menos un año para una operación? Hay más de cien mil chilenos esperando una operación, haciendo bingos en la miseria, porque si no hacen el bingo se mueren. Y son tantos los que mueren igual, porque no tenían la plata para seguir en una clínica. Y eso no es Venezuela, amigo mío, es en la esquina de tu cuadra. Porque aquí la democracia sólo funciona para los que tienen la capacidad de pagarla.

Paremos con la hipocresía, esa mirada selectiva que persigue a Venezuela pero no a Colombia y Honduras y sus cientos de dirigentes sociales asesinados en los últimos años. Partamos por casa, e indignémosnos por nuestra propia miseria, por la violación a los derechos humanos de Chile, que nos está matando a nosotros. Cuestionemos todo, pero partamos por casa.