La carrera que se ha desatado en Venezuela entre las soluciones políticas y las soluciones militares, marcará el destino de este siglo. Si se imponen la violencia armada, el sangramiento y la persecución de los derrotados, este siglo se abrirá a repetir el anterior. El mensaje será que hemos ido demasiado lejos en las concesiones democráticas y en la apertura a leyes tolerantes. La conclusión no escrita, será  que debemos refrescar con sangre la legitimidad de las instituciones.

El componente pasivo pero determinante y eficiente de esta conspiración ha sido el propio régimen de Maduro, cuya incompetencia, fantochería y oportunismo autoritario han logrado realinear a la oposición popular y facilitar las maquinaciones de la CIA como en los viejos años del siglo xx.

La izquierda chilena se debe a sí misma un repudio fundado al régimen de Maduro

La izquierda necesita reelaborar los conceptos de su identidad. Un inicio necesario es reconocer que Maduro traspasó los límites democráticos y se excluyó de la cultura de izquierda. Lo ha hecho de dos maneras. Primero, aprovechando los resquicios de la ley para reducir las libertades políticas y anular de hecho a la Asamblea Nacional. Segundo, con su incapacidad y su falta de voluntad para negociar salidas políticas respetuosas y eficientes.

No pueden quedar fuera de este análisis la culpa de Maduro en el desastre económico, en la emigración y en la represión a las movilizaciones callejeras de la población. Maduro no ha cometido ‘errores’ sino que se ha deslizado por la pendiente de la dictadura. El régimen está atrapado, junto a sus adversarios, en la jaula institucional que creó para defenderse. Los mecanismos de la traición y del encierro burocrático se pueden rastrear hasta la entronización del estalinismo en la historia de la izquierda.

Maduro no tiene ni la pasividad del héroe, ni la humildad del político de convicciones firmes. No tiene la inteligencia ni el coraje suficiente para aceptar la derrota. El trabajo de hacerlo a un lado, sin matar ni encarcelar a nadie, requiere paciencia y extrema precisión. Debe ser tan exacto como ha sido hasta ahora la elevación de Guaidó y el asedio político occidental.

Ni la economía ni la tragedia social autorizan un Golpe de Estado sangriento.

Lo que está en juego hoy para abordar los dramas que viven los venezolanos, es la plataforma política sobre la cual encauzar las instituciones y tomar decisiones. Es necesario recordar que nunca los objetivos justifican a los medios; los medios los devoran y permanecen ellos como finalidades. La paz no es pasiva sino pacífica; es eficaz y no es cínica sino fuerte. Es insistente y ya no se deja embriagar con el recurso a la violencia instrumental.

Si los venezolanos prefieren pasar hambre antes de seguir sufriendo a su oligarquía deplorable, están en su derecho. En estos tiempos de estupidez a gran escala no está de más, afirmar que una intervención militar extranjera es inaceptable.

Maduro es la derecha en Venezuela

El régimen de Maduro abandonó la cultura libertaria de la izquierda antes de haberla asimilado y se convirtió naturalmente en derecha. Lo que define a la derecha es el usufructo exclusivo del derecho al derecho. La derecha son los privilegiados políticos luchando por mantener a los desplazados fuera de las instituciones. Derecha e izquierda oponen los derechos adquiridos (aunque sean recientes) a los derechos negados y emergentes.

La izquierda por venir es la que sigue adelante con la democracia.

La izquierda debe su lealtad no a simpatías retóricas, ni a orígenes populares sino a las condiciones actuales para que cada pueblo desarrolle su diversidad y sus libertades. La izquierda no es elitista ni puede ser sectaria. Su apego a la igualdad se reconoce en oportunidades para todos y para cada tribu. La izquierda ineficiente y que genera pobreza no es la izquierda por venir. Las instituciones que pueden reclamarse de una inspiración de izquierda son permeables a la gente y a los movimientos sociales; no se quedan en libertades inexigibles ni en formalidades y no renuncian en ningún momento a ampliar la democracia. La seguridad social, los derechos laborales y la misma democracia rígida que tenemos; incluso la estabilidad republicana, la debemos a la historia de la izquierda. La izquierda que viene es eficiente y no se divide entre las buenas ideas y los malos resultados.

La izquierda es la política que toma en serio la diversidad y la libertad de todos.

La ilusión del Estado que soluciona las demandas sociales sin participación de la gente es la perdición de la izquierda. La izquierda hace agua y deja de ser ella tanto en los entusiasmos autoritarios como en el anquilosamiento socialdemócrata. La izquierda es la aspiración a la máxima eficiencia en la justicia y su justificación es subirnos todos a una vida justa.

La izquierda atrincherada es una modulación paranoica de la derecha.

La izquierda ya no tiene derecho a perderse en las disculpas quejumbrosas sobre la maldad de los malos, las trampas de los poderosos y el aislamiento al que nos somete el imperialismo. El desafío de la izquierda es hacer justicia en democracia y defender las demandas y las conquistas sociales sin transformarse en la derecha.

A estas alturas ya esta claro que el régimen chavista combinó reivindicaciones populares que son ancestrales, con una retórica izquierdista y una mentalidad cesarista. La herencia caudillista se remonta a antiguos resortes patriarcales y a las confusiones populistas de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. La unión de las demandas populares con la encarnación en liderazgos militares carismáticos explica parte del devenir del Chavismo. El resto, son las inclinaciones a la dictadura y a la corrupción a las que estos regímenes ceden con facilidad y casi inconscientemente cuando han perdido de vista la democracia y caído en el vértigo de la paranoia.

Los chilenos en la aventura conspirativa

El objetivo de cambiar al régimen venezolano es digno de apoyo. Pero un error en los medios para lograrlo será imperdonable. Son los venezolanos los que tienen que hacer el cambio político por medio de la política y de las movilizaciones sociales. Cualquier impaciencia, cualquier error de cálculo o una provocación mal medida, resultará en un fracaso criminal. La política, en este punto, coquetea con el crimen de una manera plenamente consciente. Si esta operación llega a inclinarse hacia el asesinato, el éxito contra Maduro no será suficiente para olvidar y perdonar los costos en vidas y en DDHH.

Piñera se ha aventurado con entusiasmo en la conspiración.

Respondiendo a las críticas, señaló que la apelación a la democracia no era suficiente y que era necesario apoyarla con otros instrumentos de presión. Es posible que él tenga razón. Pero es necesario que sepa que en este caso no tiene derecho a equivocarse. Piñera tiene derecho al riesgo pero no tiene derecho al error. Es verdad que el riesgo de un acto político consiste en asomarse a la derrota como único expediente posible de la victoria. Pero en este caso no habrá excusas válidas ante el error.

Si el cambio de régimen que está siendo impulsado termina en un derramamiento de sangre o en una dictadura que viole los derechos humanos su historia quedará marcada para siempre como la de un facilitador de la dictadura y cómplice activo de sus desmanes. Es necesario advertir que ya tenemos experiencia en arrepentimientos tardíos e ineficaces ante los resultados  indeseables de las aventuras conspirativas.

La única respuesta ética a la crisis venezolana es la eficacia contra la violencia

La obligación de los demócratas no es competir en quien es más duro para tratar al chavismo. La tarea común es ser más eficientes para lograr la combinación de democracia y estabilidad económica que los venezolanos necesitan con urgencia. La propuesta de los demócratas, debe ser eficiente para producir una transición no sangrienta hacia un gobierno democrático y con capacidad social y económica para poner al país en marcha.


Director Fundación Chile Ciudadano