El proyecto denominado “Admisión Justa” ha reflotado debates ya zanjados (con aval de la OCDE, como la reforma escolar) en torno a nociones ambiguas de “mérito” y sus promotores se han aferrado como a un eslogan a la idea de movilidad social. En este escenario, resulta clave recordar que la movilidad social es movimiento ascendente, pero también -necesariamente- es movimiento hacia abajo. Movilidad social es permeabilidad entre clases, no que todos pasan a estar en lo más alto de la jerarquía social. Donde existen altos índices de movilidad social, unos suben, otros bajan, otros se quedan donde mismo.

En vez de volver a debatir sobre la reforma escolar (sobre todo cuando nadie contesta, entre otras cosas, por qué la selección por procedimientos especiales de alta exigencia que sí contempla la ley vigente –y que fue utilizada sólo por 20 de los 139 establecimientos con posibilidad de hacerlo-, no es suficiente; o por qué la libertad de elección de las familias, reforzada mediante el nuevo Sistema de Admisión Escolar, debiese reducirse para que los colegios puedan seleccionar mediante entrevistas) sería pertinente, entonces, preguntarse por otras cosas. Por ejemplo, por el lado incómodo de la movilidad social del que no se habla tanto.

Además, si lo que de verdad importa al gobierno es la movilidad social, debiera partir por revisar la estructura y discriminación en el mercado laboral. ¿Qué se premia en el mercado laboral? Específicamente, ¿qué premia el mercado laboral chileno? El problema que las distintas iniciativas de “ley Machuca” abordan (sea la de Lavín, de parlamentarios del oficialismo o de la oposición) no tiene tanto que ver con la diferencia en la calidad de la educación que se brinda en los colegios de élite, como con la distribución de otro tipo de herramientas que allí se adquieren: redes sociales, habilidades blandas, contactos, etc. El famoso “capital cultural”, que permite a los futuros trabajadores moverse más diestramente en el mercado laboral. Por ello, si de movilidad social se trata, esas vías parecen mucho más razonables.

Otro problema que surge con la movilidad social, y que lamentablemente en Chile parece ser muy pronunciado, es que algunos individuos tienen más probabilidades de bajar que otros. Algunos, aunque tengan un desempeño educacional mediocre, tienen recursos familiares que les permiten mantenerse en su misma clase de origen y acceder a buenos lugares en el mercado del trabajo. ¿Es esto mérito? No del individuo, al menos. Un proyecto de ley de este gobierno, que cambia el Ministerio de Desarrollo Social por el Ministerio de Desarrollo Social y de la familia, avanza rápidamente en el Congreso. Cuando hablamos del “esfuerzo familiar” que queremos cuidar, ¿se incluye acaso el fenómeno descrito?

Las consecuencias de la movilidad social pueden ser muy diferentes dependiendo del tipo de sociedad en la que se viva. Por ello, es urgente preguntarse, si alguien baja (o no posee el “mérito” suficiente para subir) ¿a qué tipo de salud accede? ¿A qué calidad de educación acceden sus hijos? ¿Va a vivir en un barrio seguro? ¿Tendrá áreas verdes cerca? ¿De cuánto va a ser su pensión?… ¿Es justa la movilidad social?


Abogada U. Chile. Magíster en Sociología UC. Educación y ciudadanía.