Ese ruido subterráneo me sigue molestando. Que venga de abajo me sigue pareciendo metáfora de la incomodidad de una ciudadanía que se siente ninguneada, burlada. De abajo, de los de abajo, de las personas que sienten que no son escuchadas, que cualquier pelotudez de la tele –que sigue recordando a “60 minutos”– es más importante que su vida cotidiana; que las vacaciones del presidente en un parque propio es de interés trascendental y que serán iguales a las vacaciones de los miles de cesantes. De la inmensa mayoría de los chilenos.

En un matinal veo al Presidente hablando de la inauguración del Metro, una panelista le recuerda que hay vecinos de La Reina molestos por los ruidos y vibraciones; con cara de que cayó una mosca en la sopa, el presidente le resta toda importancia: es solamente una “pequeña incomodidad, una gota en el mar”. Eso sería todo. Ninguna consideración para las víctimas de una desidia evitable. Pero es más que eso. Recordé cuando las universitarias protestaron contra los abusos sexuales y el ministro de Salud se refirió a la denuncia de estos crímenes como algo intrascendente: se trataba solamente de “pequeñas humillaciones y discriminaciones”. Es una forma de pensar, de reaccionar. Un sentido común (que no es el más común de los sentidos). El sentido común de una elite, que no es el sentir de las personas que están detrás de las denuncias.

Visto desde el poder político –y me tinca que inescrupuloso– del magnate que gobierna, el perjuicio del patrimonio y la tranquilidad de un conjunto de familias de clase media puede ser solamente una “pequeña incomodidad, una gota en el mar”. Así se refirió –repito– el presidente a los reclamos de los vecinos de La Reina (baja) que reclaman por los ruidos y vibraciones –ya acreditados– que produce el tren subterráneo recién inaugurado. Tremenda y necesaria obra que, sin embargo, se terminó con negligencia y desidia, ahorrando el costo que significa terminar bien los trabajos; se tropieza nuevamente con la misma piedra, pero el pataleo de los vecinos es una externalidad irrelevante.

La cultura de hacer las cosas bien supone pensar en toda la gente: en todo el océano, en todas las gotas. Minimizar la voz de los vecinos –que son personas honradas, propietarias o arrendatarias de casas conseguidas con muchos años de esfuerzo– es una ofensa innecesaria, una insolencia. Somos vecinos, no súbditos; ciudadanos y no un comité de aplausos para los desfiles de modas de las inauguraciones, el corte de cinta y la atribución de todos los méritos de obras colectivas de larga historia. El ruido de la celebración no alcanzó a apagar el ruido subterráneo; pero silenció –en un mutismo conveniente– el alza sorpresiva de la tarifa: $800 de ida, $800 de vuelta, en caso de que tenga un trabajo donde transportarse.

El ruido que viene de abajo es parecido a la indignación en una sociedad donde se respira una atmósfera cargada de eufemismos. Al cesante ahora se le llama “trabajador eventual”, el menesteroso –sin casa donde vivir– es una persona “en situación de calle”; del vulnerado se dice que es solamente “vulnerable”. Y lo que molesta –dicen– son pequeñas incomodidades, pequeñas humillaciones. ¡Basta!