Opinión

Madurez política de la izquierda

Por: Marcelo Mellado / Publicado: 07.02.2019
Escribo desde mi trinchera provinciana y cultural, sin pretender simulacros estratégicos, concretamente, desde los Pueblos Abandonado. Desde ahí postulamos una izquierda sin líderes, más  bien centrada en la calidad de elaboración y gestión de proyectos e iniciativas que funcionen a nivel de la comunidad. Sospechosa de todo poder, incluso del poder popular y fiscalizadora a ultranza. Y desconfiada, siempre, de la histeria de los que se suben a los escenarios de la representación política.

No intento escribir como analista político, jamás, sólo como cronista de ciertos acontecimientos, muchos de ellos de profundo contenido político. En realidad trato de mirar la situación política desde la cultura. Y como postulante a luchador ciudadano, identificado con la izquierda, es decir, con esa identidad cultural que ocupa zonas inciertas en el mapa ideológico, pero que por lo menos nos diferencia de la derecha y de los fachos, porque aspiramos a la justicia social y otras, y a una toma de distancia crítica del poder, más aún, solemos luchar contra él, aunque a veces ayudamos a construir situaciones de poder popular que se deslegitiman rápidamente por la falta de diseño autónomo.

Y nos vamos a la mierda cuando tenemos que defender, por ejemplo, a personajes como Maduro. Lo mismo nos pasaba recuerdo cuando estábamos obligados a defender a la Unión Soviética y al sistema socialista en general. Con lo de Cuba yo hago un paréntesis por temas afectivos. Ahora, en lo personal siempre me gustó la estética soviética, no puedo evitarlo, a pesar del stalinismo y de que la cultura rusa es de lo más bárbara, o cómo lo habría dicho el mismísimo Marx, pertenecía al modo de producción asiático.

En este punto no es malo revisar lo que significa ser de izquierda, se supone que luchamos por la justicia social, que nos identificamos con los desposeídos y con los sistemas de crítica que intentan desmontar los mecanismos de poder, etc, etc. No quiero entrar en áreas que no me corresponden, pero la clave es que somos tributarios de la filosofía de la sospecha, que viene de Marx, Freud y el mismo Nietzsche, y muchos otros pensadores modernos y de prácticas revolucionarias.

Por ahora, en las redes y en los medios hierve Venezuela. El sentido común de izquierda y de derecha se potencian, como alguna vez lo predijo Parra. Latinoamérica se polariza fascinantemente al modo de la vieja y querida guerra fría. Aparecen los países hegemónicos y sus intereses estratégicos, como amenaza que divide peligrosamente al mundo occidental. Y la falta de análisis es impresionante.

En las redes cierta izquierda ideologizada se obliga a apoyar a Maduro, como adelantábamos, exhibiendo un pelotudismo táctico que puede tener desastrosas consecuencias estratégicas, “¡se lo hemos dicho tantas veces!”, el sentido común de izquierda es lo más parecido a un hincha de fútbol, es decir, un sujeto levemente facista.

Ese modelo dicotómico, como pauteado por un sistema editorial, que nos exige la postura binaria izquierda-derecha, como una mirada sin matices (esa misma observación que hace aparecer a la concerta y a la NM como de izquierda) y que debe reproducir una torpe lucha ideológica, que nos obliga a repetir enunciados cliché o ideologemas redactados por el comité central.

En ese contexto, no es raro el surgimiento del bolsonarismo, como dispositivo táctico, fascista, que es algo así como un de guevarismo de ultraderecha, que también puede ser leído como una reacción calculada de la derecha al amarillismo socialdemócrata o al caudillismo mesiánico populachero.

¿Es necesario que sea así? ¿Cómo chucha analizar la situación política ahora que vuelven los aromas de la guerra fría? Hay una comunidad internacional que funciona más o menos reguladamente en un orden frente al que hay que actuar asumiendo los parámetros que correspondan, es decir, el de repúblicas democrático parlamentarias, democracias burguesas, valores occidentales, etc., lo que forma parte de la cultura de izquierda como operación estratégica, aunque en algún punto del desarrollo histórico, debiéramos superar. Desde nuestra perspectiva la solución política pasa por la autonomía y el ejercicio crítico radical de aquellas propuestas políticas, elaborados a partir de la voluntad criminal de unos caudillos que asumieron ideologías de paso, para mejor participar del mercado político burgués, y ocupar un lugar que posibilite a “guerreros” ocasionales del tipo Robín Hood, acumular capital social para constituirse en clase dirigente.

Lo de Venezuela, escuchen bien cabros y cabras, no nos sirve para hacer política local.

El punto es que, creo o me imagino, ser de izquierda hoy día debiera estar caracterizado por una actitud de sospecha en relación con el poder, es decir, de una actitud crítica que privilegie la perspectiva fiscalizadora, contra el fervor delirante del fans que necesita entregar su conciencia a algún administrador o líder sicópata.

Creo que, desde la perspectiva de una izquierda territorial y autónoma, atenta y alerta, tanto a las subjetividades, como a las objetividades, no se debe apoyar a nadie, simplemente hay que tomar distancia de los hegemonismos de la élites y producir acontecimiento político fuera de lo que nos ofrece el espectáculo mediático. Y esto no es otra cosa que desarrollar proyectos razonables de comunidad y de gobernabilidad.

Escribo desde mi trinchera provinciana y cultural, sin pretender simulacros estratégicos, concretamente, desde los Pueblos Abandonado. Desde ahí postulamos una izquierda sin líderes, más  bien centrada en la calidad de elaboración y gestión de proyectos e iniciativas que funcionen a nivel de la comunidad. Sospechosa de todo poder, incluso del poder popular y fiscalizadora a ultranza. Y desconfiada, siempre, de la histeria de los que se suben a los escenarios de la representación política. Es fundamental, también, la perspectiva perspectiva global de un nuevo socialismo, por darle un nombre provisorio.

Lo que hay que hacer ahora es paralizar el delirio. Hoy, el fracaso o la crisis de la izquierda, es visible en la soberbia ostentosa de su retórica reactiva, manejada por el sentido común de derecha que la saca a cada rato al pizarrón para que dé pruebas de blancura.

Hay que aprender a hacer política local con el acontecer internacional, más allá de las simplonas tesis conspirativas que ponen al imperialismo norteamericano como protagonista.  La izquierda debe mejorar el nivel del relato y en eso estamos los que militamos en la provincia, y que debemos soportar la invisibilidad estructural a que nos somete el metropolitanismo, tanto de izquierda como de derecha. La política es mucho más que las noticias que salen del parlamento o de la publicidad del gobierno. Solamente observemos lo que está pasando a nivel municipal, al menos como un ejercicio político.

Marcelo Mellado
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