Hace seis años atrás, Recoleta no tenía ningún punto de acceso al libro.  Ni en la forma de bibliotecas públicas, ni en la forma de librerías.

La inexistencia de bibliotecas se debía fundamentalmente al nulo interés de la derecha en promover  la lectura en los sectores populares. Mientras que la carencia de librerías se explica porque el mercado solo funciona donde hay dinero; y como la mayoría de los habitantes de Recoleta no puede destinar una parte de sus ingresos a la compra de algo tan básico y maravilloso como un libro, sencillamente la comuna no era atractiva para instalar una librería. Situación que se repite en 294 comunas de las 345 que existen en nuestro país.

Lo anterior nos parecía simplemente inaceptable y nos propusimos transformar la realidad con una meta ambiciosa: convertir a Recoleta en una comuna lectora. Comenzamos con instalar una pequeña biblioteca en calle Pedro Donoso, luego pusimos un punto de lectura en la Municipalidad, después en el Mercado Tirso de molina.  Dos años después dimos un gran paso con la construcción de la Biblioteca Municipal Pedro Lemebel y la instalación de otro punto de lectura en el Parque de la Infancia, en colaboración con el Parque Metropolitano de Santiago, durante la administración de Mauricio Fabri.

Fue tanto el éxito de estos primeros pasos, que decidimos innovar instalando puntos de lectura en  las salas de espera de nuestros Consultorios y con posterioridad iniciamos la transformación de nuestros Centros de Recursos para el Aprendizaje (CRA) de las escuelas y liceos públicos, en Bibliotecas Públicas, en el marco del Programa Escuelas Abiertas que mantiene nuestras unidades educativas abiertas hasta las 22:00 horas, todos los días de la semana.

Toda esta política de fomento lector fue acompañada del programa de lectura obligatoria en nuestras escuelas y liceos, que invita a todos nuestros estudiantes a leer los primeros 20 minutos de cada día en nuestras aulas.

La respuesta fue maravillosa. De ser una comuna en donde supuestamente nadie leía, ni tenía interés en los libros, pasamos a prestar más de 10 mil libros al año y comenzó a surgir una demanda insatisfecha por comprar libros a precio justo. Nuestros vecinos y vecinas empezaron a soñar con sus bibliotecas familiares para leer los libros una y otra vez, para prestarlos, para trabajar con ellos, para hacer anotaciones, fichas y todo aquello que acompaña al amor por los libros, por el saber y el conocimiento.

Y nació la librería popular “Recoletras”, y solo en un par de días se convirtió en un nuevo gran acierto de nuestra política de desarrollo social y cultural, no solo por el magnífico nivel de ventas alcanzado, sino por sobre todo, porque nos permitió instalar una discusión que, aunque no es nueva, está invisibilizada en Chile, y es cómo funciona la industria del libro y cuáles son los mayores impedimentos para masificar y diversificar el acceso al libro en el territorio nacional.

Lo primero que salta a la vista es la inexistencia de una política de fomento lector que logre impactar de manera significativa la escasa cobertura territorial que tiene el acceso al libro en nuestro país, lo que influye de manera decidida en el tamaño de la industria, ya que esta llega, en el mejor de los casos, a poco más del 14% de las comunas de Chile, dejando a casi el 65% de la población con escasas, sino nulas, posibilidades de tomar contacto con el libro.

Esto a su vez impacta en el valor, puesto que al tener un tamaño bastante menor, en relación a su potencial, los distintos actores necesitan extraer la utilidad esperada para su funcionamiento de un volumen bastante exiguo, lo que los lleva a encarecer de manera significativa el valor del libro, lo que en un círculo vicioso, limita el funcionamiento del pequeño mercado del libro a las comunas que concentran la población de mayor poder adquisitivo, dejando sin servicio a más de 290 comunas de nuestro país.

Como si fuera poco, los ideólogos del modelo se resisten a analizar la eliminación del IVA al libro y la instalación del precio fijo para ayudar a masificar y diversificar el acceso a la lectura, lo cual forma un puzzle perfecto para que todos crean que en Chile nadie desea leer y que, como algunos han planteado, los sectores populares no requieren de la maravillosa posibilidad de tomar contacto con los libros.

Es difícil imaginar lo que habrá detrás de estas posiciones que en nombre de la libertad de comercio y de la competencia desleal han levantado sus voces para criticar una medida que -solo en sus primeros días- ha demostrado los innumerables mitos que circulan en torno a un producto tan necesario y valioso como es la literatura.


Alcalde de Recoleta