Opinión

Necesito que te importe

Por: Loreto Montero / Publicado: 10.02.2019
Supongo que si mi tío hubiera tenido menos miedo de todo, habría intentado matarse también. Quizás se hubiera tirado de algún edificio como el Costanera Center, o se hubiera arrojado al Metro en plena hora punta y yo tendría que estar leyendo o escuchando comentarios del tipo “¿no podía tirarse a otra hora?”. Para mi su muerte fue un llamado de atención sin retorno: ya no puedo pasar de largo si veo a alguien llorando en la calle, ya no puedo quedarme tranquila cuando algún conocido o conocida dice que se siente mal, aunque lo diga medio en talla.

En el año 2007 mi único tío murió. La autopsia indicó como causa de muerte un edema pulmonar. Probablemente fue así, aunque mi tío no tenía ningún problema relacionado con el aparato respiratorio, hasta ese momento. Tenía 57 años, su cuerpo estaba físicamente bien. Sin embargo, unas semanas antes, el psiquiatra del consultorio le había reducido a una las varias dosis de pastillas que él llevaba tomando durante más de 30 años para poder lidiar con su agorafobia.

Mi familia no lo podía creer. Con la poca información que teníamos sobre enfermedades mentales, sabíamos que cualquier cambio en la medicación debía ser mucho más gradual, pero no teníamos la plata para llevar a mi tío con un psiquiatra privado, así que tuvimos que acatar. Durante esas semanas previas a su muerte mi tío vivió en una pesadilla constante. Si mientras tomaba pastillas le costaba lidiar con la realidad, ahora esa simple tarea se le hacía insoportable. No puedo siquiera imaginarme lo que sentía o pensaba, pero por lo que podía ver en sus ojos diría que era puro horror.

Después de esos días que no solo fueron agobiantes para él, sino que para todos quienes observamos impotentes cómo su vida se apagaba, cayó enfermo de neumonía. Insisto, a pesar de su enfermedad, mi tío era una persona “físicamente” sana, y lo digo entre comillas porque es difícil establecer una separación tajante entre la mente y el cuerpo, incluso desde una perspectiva científica. Desde la empatía humana, creo que mi tío murió de angustia. La desesperación de ver tal abismo entre su percepción de la realidad y la del resto, y el tener que lidiar con los severos efectos secundarios que experimenta el cuerpo y la mente tras una interrupción abrupta de un tratamiento farmacológico, hicieron colapsar su organismo. Todo su sistema se negó a seguir funcionando.

Supongo que si mi tío hubiera tenido menos miedo de todo, habría intentado matarse también. Quizás se hubiera tirado de algún edificio como el Costanera Center, o se hubiera arrojado al Metro en plena hora punta y yo tendría que estar leyendo o escuchando comentarios del tipo “¿no podía tirarse a otra hora?”. Para mi su muerte fue un llamado de atención sin retorno: ya no puedo pasar de largo si veo a alguien llorando en la calle, ya no puedo quedarme tranquila cuando algún conocido o conocida dice que se siente mal, aunque lo diga medio en talla. Mucho menos puedo seguir con mi vida como si nada, después de escuchar que en la misma semana, dos mujeres terminaron con sus vidas en pleno espacio público.

Aun hay gente que cree que las enfermedades mentales son signo de debilidad, que las personas que las sufren solo quieren llamar la atención o que no tienen la voluntad suficiente para ver “el lado positivo” de las cosas. Si usted es una de esas personas, déjeme decirle que sí, en algunos casos se pueden identificar patrones masoquistas, es decir, ese “gustito” por habitar la melancolía, el auto-flagelo o la auto-compasión. Pero eso no alcanza a explicar el hecho de que a veces, sin mayor explicación, alguien se sienta tan mal que deje de sentir motivación por cosas que antes le apasionaban, o que habitar su propia cabeza se vuelva tan insoportable que cualquier promesa de una vida mejor le parezca una fantasía inalcanzable.

Miles de personas cargan con esa miseria invisibile todos los días, horas y segundos de sus vidas. Quizás solo tienen la mala suerte de heredar una inclinación genética o, pero aún, de nacer en una sociedad que culpa al individuo de todos sus fracasos y lo aísla cuando no tiene la capacidad de ir al ritmo de la norma. Porque no es sólo que en Chile no tengamos una política pública decente de salud mental, es que tampoco tenemos una salud pública a secas, ni sueldos, ni espacios al aire libre, ni educación, ni planes de previsión o vivienda que sean dignos y alcancen para todxs. Y aun así, la atmósfera social nos señala constantemente que hay que callarse el malestar, que no hay que exagerar porque “todos tenemos nuestros problemas” y es feo eso de andar quejándose o diciendo que unx anda triste.

En Chile lo que rige es la ley de “el o la que la hace”. Si puedes estudiar, si tienes un buen sueldo, una buena casa o departamento, si te alcanza incluso para el auto y los viajes, todo se debe a un mérito personal o, a lo más, de tu familia. Si no lograste estudiar o encontrar trabajo, entonces, no hiciste algo bien. O fuiste muy flojo, o no tuviste la persistencia o la actitud “ganadora” necesaria para que alguien quisiera darte la oportunidad. La trama lógica tras ese pensamiento es mucho más compleja, lo sé. Pero graficada así, de manera gruesa, como la podemos sentir todxs quienes alguna vez hemos tratado de lidiar con la vida adulta, ¿qué nos dice…?

¿Es un relato “amable” este que nos contamos todos los días en las reuniones con la familia, con los amigos y compañeros de trabajo, en los medios y en las redes sociales? ¿Para cuántas personas es realmente posible llevar esa vida que pareciera ser la única que vale la pena vivir, cuando la mayoría de nuestras necesidades básicas dependen de nuestra capacidad de generar ingresos y, a su vez, esa capacidad de generar ingresos está limitada por la falta de acceso a necesidades básicas? ¿Cuánta gente se pasa toda la vida tratando de salir de ese círculo vicioso asfixiante?

Quizás ninguna de las personas que se han suicidado en el Costanera Center o en el Metro en el último tiempo han tenido problemas satisfaciendo sus necesidades básicas. Quizás solo estoy generalizando irresponsablemente mi experiencia personal en relación a las enfermedades mentales y sus causas en Chile.Sin embargo, creo que no es casual el hecho de que tantas personas estén tomando la determinación de terminar con sus vidas en medio de esa masa anónima que somos todos nosotrxs cuando estamos allá afuera, funcionando o tratando de funcionar. Hay un grito de auxilio ahí, una interpelación, que no surge sólo por la intención egoísta de llamar la atención o cagarle el día alguien. Se trata de un último intento por decirle a ese otrx absorto en su propia fantasía de bienestar individualista: “yo existo, estoy sufriendo y necesito que te importe”

Loreto Montero
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