En menos de una semana volvemos a encontrarnos en Chile con un abogado de profesión que usa ese título, ese cartón, esa credencial, para trapear el piso con quién encuentra al frente en un conflicto cualquiera que tiene que ganar porque así dicta su condición, la de haber ido a la universidad a estudiar letras y trabajar en espacios de influencia, dinero, poder y liderazgo. Del “se me van, a mi no me discuten” de Pérez Cruz pasamos al “¿Sabis quien soy yo, yo soy abogado” de Cristián Rosselot; y así nos informan a todos nosotros, la sociedad chilena representada en la monja del lago Ranco y en el trabajador del Monserrat de Pirque, que nos van a joder la vida, que donde sea nos van a perseguir, que no se nos ocurra contradecir al señor abogado, porque ellos tienen la razón y el poder, algo de lo que estamos lejos los que no nos hemos acercado a sus exámenes de grado. Da lo mismo la razón, el argumento, la verdad. Da lo mismo si estaban o no las mujeres en una propiedad privada, da lo mismo si consumió o no el hombre un producto en el supermercado sin pagar: lo importante es que soy abogado y por eso te puedo pasar por encima.

¿Qué indican estos dos videos que hemos conocido en estos días de verano de pleno 2019? Que sólo porque ahora cualquiera puede hacer un video es que nos enteramos que estas actitudes que pensábamos del pasado más bruto y premoderno, continúan marcando el ethos de las relaciones de poder en Chile; y allí, en esas relaciones asimétricas entre ciudadano y ciudadana, no es casual que quienes intenten arrasar en impunidad, sean abogados. ¿Qué les pasa a ciertos abogados que creen que cargar con esa chapa los dota de una autoridad civil, social, moral; de un manto especial para relacionarse con el resto? ¿Quién les entrega esa noción patológica de seres diferentes, ajenos al simple y banal encuentro con un otro? ¿Serán acaso las casas de estudio, los estudios ampulosos en que han trabajado, las escuelas emblemáticas adornadas con nombres de ministros y Presidentes de la República? ¿El prestigio de quienes han defendido? ¿Los juicios que han ganado? ¿Serán discursos de docentes chovinistas o la simple tradición de país que ha sido tan pobre que en sus clases populares ha debido mendigar siempre a algún abogado para que le cobre menos en la solución de algún conflicto de propiedad, de herencia, de divorcio, de denuncia? Lo cierto es que la sociedad les ha entregado a los hombres de los videos, abogados, la manta con que creen pueden abusar, pero lo que no han comprendido es que Chile, el mismo país que los erigió a seres divinos, ya no es el fundo de rebaños tristes y cabizbajos que aceptaban los azotes sin chistar. No han captado, y recién cuando estallan las polémicas, con sus nombres atacados en las redes sociales, se abren a entender que quizás han cometido un error, que quizás su título, y lo que creían provocaba en tiempos pasados el eco de la palabra “abogado”, no es una llave maestra para pasarse las leyes y a la gente por donde quieran.

Estamos ad portas de la tercera década del siglo XXI y es buena parte de la sociedad chilena, de trabajadores que no son hacendados que no saben leer, quienes reaccionan a los arrebatos desequilibrados de un Cristián Rosselot que ha tenido un mal día. Y ya está bueno que este caballero que representa a tanto patrón de fundo frustrado, a tanto intento de aristócrata en decadencia, a tanto multimillonario de cuneta, a tanto nuevo rico que salió de la población, a tanto mercanchifle en esta larga y angosta faja de tierra, sepa que para los dignos trabajadores de un supermercado en una comuna de la región metropolitana, su título de abogado de de la Universidad Gabriela Mistral vale un carajo. Que sepa, que si se comió un producto y lo pillaron, va a tener que responder igual que cualquier estudiante perseguido varios minutos por guardias que lo consideran sospechoso. Porque los trabajadores no son brutos, tienen noción de su libertad, están en ese lugar, en ese momento preciso, conscientes de que son empleados que prestan un servicio de forma libre para recibir un sueldo. Y esos que el señor Rosselot ve como la mugre de su zapato, esos que se atrevieron a decirle que estaba haciendo algo mal, es probable que a estas alturas sean más cultos que él, que hayan leído más literatura, que sepan más de música, que hasta reciten una ley que se han estudiado para defender un derecho laboral. Y está bueno que este caballero sepa que no está tratando con animales, que a quién diablos le importa que sea abogado, que ya no es el privilegiado que fue, tenga lo que tenga, venga de donde venga; que sepa que año a año la cantidad de abogados egresados que se titulan en la Corte Suprema aumenta considerablemente. Que si en 2013 la cifra llegaba a 2.891 personas, en 2014 el número aumentó a 3.384 profesionales salidos de más de 40 universidades. Que sepa que no es una aguja en un pajar en un pueblo perdido del Maule en 1840. Es uno más. Que se le grabe que a quién diablos le importa que Cristián Rosselot sea abogado, cuando en 2018 los estudiantes que están cursando programas de pregrado, posgrados o postítulos en Chile llegaron a  1.262.771, de los cuales miles son jóvenes pobres que están estudiando leyes con una calidad intelectual y moral mayor a la suya.

Que sepa que ya no queda como rey roteando, don Cristián, lo van a grabar y va a quedar como un pelmazo que mañana tendrá que pedir disculpas. Ya no le sirve decir que es casi dueño de Unimarc, porque la empresa va a sacar un comunicado desmintiéndolo. Ya no le sirve barrer con empaquetadoras, cajeras, guardias y administradores, porque capaz que hasta magister tenga alguna de sus potenciales víctimas. La voz de su bravuconería hoy queda como signo de una enfermedad social, la de la desigualdad endémica de un país; pero también queda como la lata patética de una chatarra que quiere acelerar como un Ferrari, cuando sus rivales, a los que rotea, les responden con defensa, denuncias, enfrentamientos y argumentos que lo dejan a usted como el verdadero roto, el de moral rota, el de lamentable ejemplo de una profesión, que como tantas otras, tanto se ha usado para poner la pata encima. Finalmente, gracias señor Rosselot, por demostrar que ser abogado, oficial de Carabineros, doctor, verdulero, albañil, periodista, da lo mismo; lo que importa es que seas persona. Que reconozcas un error dejando atrás quién eres y quién es tu interlocutor. Lo que importa no es un título, es no dejar llorando a guaguas y niños en un recinto público por mis gritos y amenazas con cartón en mano.


Director Noesnalaferia