«La experiencia de la guerra, como la experiencia de todas las crisis de la historia, de todas las calamidades y de todos los puntos de inflexión en la vida de un hombre, turba el entendimiento y quebranta el espíritu de algunos, pero a otros los ilumina y los atempera» escribe Lenin, según se cuenta, mientras iba en un tren. Ese anhelado, querido e idealizado tren que lo llevó desde Finlandia hasta Rusia, donde sembraría lo que luego sería conocido como uno de los hitos más grande del siglo XX y el más importante de la historia del comunismo. Y es que los trenes son una imagen muy arraigada en la cultura de izquierda: para Karl Marx, las revoluciones son las locomotoras de la historia; para Walter Benjamin la revolución es el freno de emergencia de ese tren que llamamos historia; para otros, como Immanuel Wallerstein, es el capitalismo un tren sin frenos que acelera de manera inalterable hacia el abismo de la revolución socialista. Y sin ir mucho más lejos, Salvador Allende realizó alguna de sus campañas presidenciales en lo que llamó El Tren de la Victoria; mientras algunos candidatos recientes han propuesto como medida principal la construcción de un tren que vaya desde los más áridos desiertos del norte hasta las más frías estepas del sur.

Todos estos trenes nos llevan a ese punto de inflexión sobre el que escribe Lenin, que en palabras recientes de un ex-revolucionario, cambian la vida como si se tratara de un accidente que sufre un tren cuya ruta se estimaba sencilla y sin novedades. El ex-revolucionario, autor de la muerte del ideólogo de la dictadura de Pinochet, es Ricardo Palma Salamanca. En una reciente entrevista exclusiva realizada por Patricio Fernández Chadwick (quien no tiene el talento de los grandes entrevistadores, esa cualidad de desaparecer ante el entrevistado), Palma Salamanca describe algunos de los elementos centrales de su vida posterior a aquello que él mismo bautizó como El escape del siglo, la famosa huída en helicóptero que lo liberó de prisión en 1996. Que tuvo una vida secreta, que le teme a la cárcel, que vivió lo más terrible que un cuerpo puede aguantar, todo por causa de lo que él llama “cultura comunista”, un conjunto de reglas de comportamiento y estándares morales que “lo llevaron” a hacer todo eso que hizo, pero de lo cual habla como si el no fuera más que un arenque en ese río que es la historia (para usar una metáfora no ferroviaria esta vez).

De manera más o menos sorprendente, esta entrevista ha llamado mucho la atención en ciertos sectores de izquierda, y para bien. Muchos han enaltecido la perspectiva que a Palma Salamanca le ha dado lo que llaman “experiencia de vida”, esa que convierte las jóvenes almas revolucionarias en sensatas mentes reformistas. ¿Y qué es lo que gusta de esta entrevista? ¿Por qué un diario que dice estar “firme junto al pueblo” publica con bombos y platillos una entrevista como esta? Primero, la entrevista de Fernández Chadwick a Palma Salamanca pone en contexto aquello que se denomina “ser comunista”: que el ambiente era otro, que el enemigo era distinto, que el pueblo era diferente, lo que permite hacer un quiebre entre el Chile de hoy y el Chile de ayer. Por otra parte, libera a cierta izquierda de un compromiso revolucionario, ya que pone en primer plano a un “comunista arrepentido”, algo que a la izquierda liberal deja sumamente tranquila (como es la que creó, mantiene y está sepultando a un periódico como The Clinic), dado que liberarse de las exigencias revolucionarias permite sentarse sin remordimientos sobre aquella alianza entre vida burguesa y ser de izquierda, lo que ya ha sido resumido por la fórmula “whiskierdista”. Y, en tercer lugar, es interesante notar cómo este panorama, el de un revolucionario comprometido que se arrepiente (¿quién más comprometido por una causa que el que aprieta el gatillo en el momento en que nadie te celebrará hacerlo?), es útil para los nuevos movimientos de izquierda.

Más que el pasaje donde Palma Salamanca dice que odia la cultura autoritaria comunista o cuando reconoce que en el fondo la revolución era un juego de niños ricos, es interesante fijarse en el momento en que Fernández Chadwick le pregunta por su encuentro con el diputado Gabriel Boric (poniendo en evidencia su falta de sensibilidad con las nuevas causas de izquierda, considerando que también estuvo presente en esa reunión la también diputada Maite Orsini). Escribe el entrevistador: «Le pregunté qué le diría entonces a esas nuevas generaciones de izquierda, pero se negó a dar consejos desde un pedestal». ¡Cuando todo lo que hace en la entrevista no es más que dar lecciones desde el altar del hombre sacrificado por la historia! Este punto es clave, ya que muestra algo muy propio de nuestros tiempos: querer saber qué hay detrás de todo lo que vemos. Por eso es que funcionan la historias en Instagram, los reality shows, los spoilers sobre las series, o las funas a escritores o directores de cine que alguna vez fueron unos violadores o abusadores sexuales. El factor común es el mismo: querer explicarlo todo recurriendo a aquello que está detrás de los hechos. Así, no basta con discutir sobre los límites de la acción política o si acaso hay crímenes que queden más allá del juicio; hay que recurrir a su protagonista, a la persona, a su psicología, a Palma Salamanca.

El problema con ese afán de recurrir a lo que hay detrás, al testimonio de los actores involucrados y a pretender encontrar una verdad que pasa —como un tren— por detrás de la historia, es que los juicios se vuelven una práctica privatizada: los hechos no quedan a disposición de las lecturas que cualquiera pueda realizar, sino que se intenta cristalizar un hecho mediante el juicio que le da intencionalmente su productor. Y eso hace que nuestras prácticas sean cada vez más personales, reducidas y testimoniales, antes que públicas, comunes y debatibles.

Asuntos como el de Palma Salamanca, sin embargo, abren el importante debate por el lugar de la historia en nuestras prácticas políticas y si acaso es relevante la pregunta por quiénes, por qué y para qué hicieron lo que hicieron, y sobre todo si acaso nos haremos responsables de esa tradición o si acaso preferimos olvidarla. Es la diferencia existente entre quienes rinden culto a la experiencia histórica de otros que vivieron tiempos donde el asunto era en serio, contra aquellos irreverentes que pretenden comenzar todo desde cero. Es también la distancia generacional que hay entre quienes argumentan en favor de apoyar las nuevas formas de resistencia ante los opresores y quienes dan por perdida aquella lucha. Es el antiguo pleito entre revolucionarios y reformistas, pero también es la disputa entre quienes afirman que las ruinas de ayer serán los cimientos de mañana, y quienes argumentan de manera pragmática en favor de remover aquellos escombros que no hacen más que traer malos recuerdos. Entre todo esto, no hay que olvidar, en tiempos de neoliberalismo y auge del neofascismo, que cierta izquierda está de acuerdo con la derecha en que los escombros del Muro de Berlín demuestran la imposibilidad práctica del comunismo.

Como sea, parece ser fundamental hacer algo con la historia de las luchas políticas, algo que no sea simplemente renegar de ellas, tal como quien prefiere olvidar a los anticuados trenes por sobre los veloces aviones o los multifuncionales drones. Recordemos que la nación más poderosa del mundo es gobernada por un partido comunista y, muy por lejos de olvidar los trenes, han diseñado al tren más veloz de la historia del mundo.


La mirada de los comunes