Hoy toca, entonces, desnudarme. Presentarme ante ustedes como el molusco próspero que ya conoce su suerte. Me acuesto sobre la patena de quien disfrutará de mis mejores golosinas. Sin tanto adobo para no ponerme creativo y dinamitar  el momento acaramelado del clímax. Sabemos que en el espasmo somos uno y allí se descongelan los besuqueos, se extienden las historias reservadas, se ausentan las ideas y principios y sólo nos transformamos en  dos almas irradiando el calenturón espeso que se lanza a las cuatro paredes cual llama adolescente. Estos fulgores incineran suelos y techos con el frenesí del baboseo mutuo.

Me preparo para dejarme llevar hasta que arda todo alrededor, permitiendo a pirómanos hinchas no censurar sus pajas frenéticas mientras afanosamente nos vigilan degustando los pormenores de nuestro consumo. Posteriormente, cuando todo vuelve a lo que llaman normalidad, nos vestimos sin ceremonia para alejamos satisfechos y agradecidos de habernos entrelazado enigmáticos en esa calle abarrotada de hormigüelas, las que van y vienen cual moradoras de una patria humillada y deslucida ante tanto dilema social y atropellos.

Estás en el encuadre perfecto para mi antojo. Los edificios examinan y contemplan tu tipo. Yo te deseo. Desde el primer segundo en que mis ojos te vieron en medio de la manifestación, te deseo. Corría detrás, intentando alcanzar la luz que llevabas en tus hombros. Quería mi cuerpo junto al tuyo y escuchar el análisis clandestino de tu ética protestona acurrucado en tu vientre. Había que correr de prisa esquivando la inmundicia y los zurullos democráticos con los que dialogan los gobiernos. Siempre ha sido así; horas, días… Años que es así. Las calles patalean su descontento, las aguas fecales arrastran a quienes quieren exponer algo, los garrotes y sus guantazos abren cabezas de todas las edades, los gases estrangulan y los clamores fatigan; así es y ha sido la fiereza de nuestros gobernantes inservibles. Las aguas churretosas no reparan, sólo empujan, arrastran, lijan, entumen, torturan, destruyen, alarman y matan…

Y tú y yo, en medio de esta cruzada, pausados; con esta inesperada gula erótica que surge a estas horas. Brillando entre tanta oscuridad impuesta, levantándonos como los juncos, ofreciendo nuestros cactus erectos en medio de este desierto.

Desde la esquina nos inspeccionamos: humedecidos y sudados de tanto correr. Y sin darnos cuenta, la noche cae con sus intrigas. Me miras y me observas como, supongo, observas la fruta que te vas a llevar a la boca. Pero, ¿qué hacer en medio de tanta patria desdichada? ¿Cómo restituirnos en el núcleo de esta guerrilla o cómo reaccionar frente al deseo fortuito que me provocas y que tal vez yo –quisiera-  te provoco…?

Me vuelves a mirar y esta vez nuestras miradas colisionan en el trayecto, despertando la insensatez, provocando la eventualidad en el momento, rezurciendo tanta piel rota entre tú y yo.  Y esta vez observamos los labios, el cuello, la nariz, nuestras espaldas, nuestros brazos y nuestro sexo preso bajo los pantalones ceñidos del flirteo.

Y nos acercamos desconocidos, con lo único común para proponer, y que ambos necesitamos, el amor. Cualquier clase de amor, cualquier tipo de ternura, cualquier forma de arrumaco. Ambos sabemos que un abrazo abastece lo que buscamos  en el momento de mirarnos. Ven a casa, me dices. Voy, te digo. Y nos queda andar cautelosos en medio de banderas, pancartas, lacrimógenas, opresión, sangre y llanto. Sin dejar de espiar el chismorreo cómodo de ventanas murmurando y  descubrir las ojeras hinchadas de un país  sin descanso.

Primero un beso, de inmediato la mirada, sonriendo recio para coquetear contigo, con mis manos metidas en los bolsillos para que no se note mi apuro. Un beso sin mirada no es más que un trámite burocrático que termina por decapitar cualquier hazaña de amantes. Un beso con mirada es llegar adentro, porque quien ama aprendió que los órganos vitales se curan con cualquier especie de amor.

Tus ojos cercanos reflejan mi carencia, tu aliento guerrero me templa y arrullo tu garganta con mi boca muerta de hambre; subo y bajo por tu cuello hasta que tus manos lleven las mías al destino que quieras. Y lo haces. Ofreciéndome tus pechos prósperos e hinchados de gozo.

Una copa de vino desinhibe mis genitales y los cambia a generosos, para entrar y salir por donde se les requiera; sin negociaciones, sin tradiciones, sencillamente con la misericordia de hacer el bien. La luna, entretanto, ríe conectada con el ímpetu de mi entrepierna, con la sed en mis manos y la codicia desenfrenada de esta lengua dentro de mi boca.

Te desnudo con lentitud educada, aunque ya querría saborear tus pezones agrandados de plenitud y distribuir su grito por los cielos de esta ciudad amargada. Te beso impetuoso, curioseando tu céntrico deseo que encaja perfecto con mi fiebre insistente. Allí, en los agujeros poderosos de la temperatura fluctuante, meto mis fauces en todo su interior; con tu concesión humeante para no desaprovechar ningún fluido y alimentar, todavía más, la hoguera de tu abundancia.

Por dentro, mis oleajes preparan el aluvión espeso que atracará  en tu boca beneficiaria, en tu matriz evangelizadora y en tu retaguardia erizada de poemas húmedos dilatados.

Te abrazo y me abrazas. Enrosco tus piernas en mis caderas y me dejas entrar con brutalidad y dulzura, con una generosidad provinciana que ofrece sus secretos solemnes al forastero. Las partes de mis cuerpos son todas una en esta brigada del placer: mis brazos te sostienen amorosos, mi boca siembra versos en tus carnes y mi verga, por su parte, ejerce de fuelle entre tus labios empapados… Entre tu hondura… Nuestros órganos gimen esta unión en la neblina de nuestro apareamiento y en el arrullo del oxígeno comprometido.

Friccionamos los recovecos, salimos, entramos, reímos, besamos el misterio y jugueteamos de pie, en cuatro patas, en ocho patas, clavados el uno en el otro, alzando el vuelo, aterrizando gozosos sobre nuestra humanidad expuesta en una sábana mojada de tanto beso inmaculado y tanto hueso firme todavía…

Como dos mares en ebullición nos arrastramos por encima y por debajo; metes mis dedos en tu boca, meto los tuyos en la mía. Mis salivas desembocan en tu amor abierto de éxtasis y mi cuerpo abraza tus ganas de ser amada… tus ganas de ser amado.

Peregrino por tu piel en paz mientras tu dedo medio baja de tu boca para juguetear con tu sexo que no deja de reclamarme. Todo lo engullo: orejas, pies, axilas, espalda, glúteos, palmas, cuello, nuca… Todo. Tu piel, entonces, se eriza de explosiones y sollozos constantes, subyugada a mis palpamientos y a la persistencia de mis frotamientos….

Revueltos y desordenados nos sostenemos en nuestros brazos/tentáculos para que no se nos escape el respiro, el susurro, la queja transfigurada de la embocadura y el desentierro. Para que me montes y te monte como el olfato y el impulso lo decreten, con esa libertad interminable que ni siquiera quienes hemos amado alguna vez podemos  describir.

Amarte para comer tu pelo y juguetear con sus lianas rojas y así ellas me trapeen la cara para quedarnos solo con nuestras miradas calientes y el vaho de este enardecimiento envilecido.

Me amas con glotonería y  me abro como la flor de luna, como los libros que desprenden prosas y palabras sueltas, como el jadeo que combina fragancia y peste obrera. Como aquella primera vez en que nos acercamos a oler aquello que el otro traía consigo para ofrendar al enlace.

Sí, oler los ojos, lamer las caderas, buscar los pliegues, hablarle a cada poro, encerar los labios entumecidos con nuestras babas efervescentes… En fin, calmar los temblores que tantas veces fueron juzgados y que cuando los comparto con quienes yo quiero, terminan su sacudida perdidos en mis secreciones benditas.

Así hago el amor; con él, con ella, con esta condición que desde niño me llevó a tantas veredas diversas sobre las cuales, hoy, sin culpa, transito presumido cantando versos sexuales y reivindicando mis pisadas putas en el bipartidismo de mis deseos.

Así me hacen el amor, con la queja dulce de la invasión tiesa, con la suavidad engominada de la salida flácida y el alboroto de mi orgasmo de mil colores metido en tu boca. Extraviado en tu pelo, descendido hasta tu verga piadosa. Y recostado en tu vagina trasquilada por puro patriarcado. Sí, tú y yo solos, con esa mirada interminable  que nos proveen la devoción y la tembladera de la casualidad. Ya no hay nada que sugerir, sólo existimos tus ojos, los míos, la voluntad… y nuestra belleza.

Sólo nos queda la cabalgata final para explotar juntos en ese estremecimiento fragante que abre los cielos, aviva temporales, despierta vampiros, unta de quietud los recovecos y extingue, por fin, nuestra fogata por unas horas. Y acabamos con nuestros mutuos  libros abiertos, con todas las palabras y frases que necesitamos del otro cuando aparece  el sosiego.

Hago el amor cuando me da la gana, manualmente solitario en mi imaginario dramatúrgico o cuando la mirada y algún cuerpo están disponibles. Sí, cuando la cochinada se rehabilita y nos transformamos en leyenda íntima. Cuando no me determinan ni  tradiciones ni religiones de homilías tediosas y convulsivas y salen los deseos y caprichos, literalmente, de mis criadillas a punto de estallar.

Hago el amor aunque esta patria esté fracturada y se necesiten miles de años para recobrar la cordura. Hago el amor en sus aguas robadas, penetrando en ellas la esperanza de salir de aquel exilio ricachón en el que subsisten presidiarias. Hago el amor follándome el afán privatizador de los gobiernos mangantes que hemos tenido. A cada uno de ellos le despedazo el hoyo –groseramente- como una bestia irreprimible; por todo lo que ultrajaron, por todo lo nuestro que han atrapado. Y por cada mala maniobra verificada, descargo, de inmediato, mi escarmiento, mi bandera, mi grito, mi pancarta y mi marcha; todo junto al ímpetu de mi falo irascible y, en este caso, perverso y con apetito de ajuste.

Aun cuando la patria estaba derruida, mi cuerpo se las arregló para buscar los escondites y entregarse a la faena.

Aun cuando los ríos surcaban sangrientos, mi cópula incondicional limpiaba las aguas masacradas con mi eyaculación combatiente.

Aun cuando levantaba el fusil, mi otro fusil preparaba, avispado, su descarga.

Aún clandestino, aún desterrado, aún torturado soñé que me poseías con la poética de tus manoseos y la tesis de tus felaciones. Como ahora, como en este instante en que me tienes recostado en tu chupeteo hermoso de habitante sin censura, agarrando con mis dientes educados tus pezones suculentos y compasivos.

Pero contigo, mi bien, sí, contigo. Contigo hago el amor como el pueblo hace el pan para evitar la hambruna. Como buscan las abejas el universo para no extinguirse, como susurra el grillo a los mancebos amantes de arbustos y guaridas sigilosas. En fin, como resuena el bramido de una nación desgraciada cuya ética agoniza por arriba y por abajo. Sí, contigo hago el amor mirando esas pancartas que reposan ahora junto a la cama de esta habitación hermosa.

Contigo amo porque supuse siempre que amar es un acto instintivo y sus fundamentos están en la mirada.

No hay regla que lo organice, no hay decreto que lo impida ni dioses que lo dirijan.

Aún después de nuestra proeza, agonizo por ese amor que me has donado. Penetraste en  mi mente con el runrún de tus te quiero y el suplicio de mis resuellos sin límite. Mi cuerpo entero estuvo para tu auxilio. Tu cuerpo entero socorrió mi soledad. Y así, gratificados, desnudos, pegajosos,  ardorosos, ofrecidos y militantes, nos vestimos; sin perder -esta vez- nuestras miradas proyectadas en esquinas posteriores.

Y me repito que ya no hay nada más que sugerir, sólo existen tus ojos,  los míos, la voluntad y nuestra belleza. Y coexiste también este techo que miramos desde la cama, abrazados y exhaustos después de nuestra fiesta, escuchando sus cuentos de amantes combatientes que caen sobre nuestras cabezas despeinadas.

Entonces abrimos las ventanas y escuchamos el clamor de la patria al son de estampidas y cantos. Nos miramos, esta vez, calmados, con la objetividad que vuelve después del breve amorío abrasador. Cogemos nuestras pancartas, aunamos nuestras consignas, nos tomamos de la mano  y salimos a sumarnos a esa multitud consecuente que vocifera, baila, canta y sigue muriendo, mientras pide  justicia por el sur y por  el norte, en un territorio cuyo amor prescribe -por lo visto –  a la velocidad de la luz…


Actor, director y dramaturgo teatral.