Soy de esas chilenas que no pudieron salir de vacaciones. Ni siquiera un fin de semana a Cartagena. Con el pelao, mi maridito, andamos medios cortos de dinero y con achaques propios de la edad. Estas vacaciones hemos decidido el claustro de estar en casa viendo TV.

Esto quiere decir que los filtros caen y resbalan hasta hacerse pedazos. Vemos TV para olvidar que no hemos salido de vacaciones. Vemos TV para que pase el tiempo y llegue por fin el fresquito del otoño con su ventolera y nubarrones. Por eso no es extraño que estemos viendo Invencibles, el reality de Chilevisión. Aunque en realidad esta lesera no es un reality, es un programa de concursos. Se trata de un grupo de varias familias que deben pasar pruebas de destrezas, propias de los milicos, o deportes de habilidades. Suben muros de dos metros, luego pasan punta y codo por un obstáculo, para caer a una pileta de barro y hacer equilibrio, y seguir trepando y corriendo hasta llegar primeros a la meta. Hacen competir a las familias unas contra otras, y así nos vamos enterando de apellidos tan extraños como los Curotto, Reginato, Schopf, Zirpel, Macchiavello. Y otros (obviamente) apellidos comunes y corrientes como los López, Ponce, Zamorano, Castillo, Huerta, Prieto, Ortiz.

A medida que va avanzando el programa, una conoce a padres snob y competitivos (los Curotto), una especie de Balero en versión madura y rubia, con pelo en pecho y melena al viento. Y otras familias que compiten para superar la muerte de un ser querido, para sentir que la muerte del padre puede ser reivindicada desde el deporte y la competición: Los López.

Una de las grandes pérdidas de los primeros capítulos fue la eliminación de Los Reginato, una familia colorida, divertida, en que la hija (Darinka) resultaba ser como la jefa del hogar. La mamá, en cambio, era una especie de hermana mayor, algo negligente y haragana, como el hermano mayor (Drago), un tipo existencialista, grandulón, que competía más bien para que Darinka no lo agarrara a chuchadas. El otro hermano, flaquito y rubiecito como todos, amanerado y chispeante, era el que iba a la par con la “hermana jefa de hogar”. Claro, quedaron eliminados, porque solo dos eran los que estaban poniéndole el hombro a la competencia.

Hay familias disciplinadas y perfectas hasta el aburrimiento, como Los Zirpel. Familias variopintas, con las que uno se imagina que han pasado procesos de acomodo y metamorfosis, como Los Castillos. Hay hasta una familia de karatekas y otras de rugbistas. En realidad yo veo el reality mientras plancho y transpiro a la par con los concursantes, mi marido es el que alega y se levanta, como si estuviera compitiendo, tanto así que le ha echado el ojo a varias mamás. Las mansas piernas, que bonita figura, y tiene poco menos edad que tú nomás, son las cosas que me dice. Yo le respondo que el padre de los Curotto (que es insoportable) es muy guapo y varonil. Y que debe ser como Tarzán en el ring de cuatro perillas.

Capítulo aparte son los DT que tiene asignado cada familia. La Krespita Rodríguez, Horacio de la Peña, Pangal Andrade y Pablo Contreras. Todos sabemos quién es Pangal, pagado de sí mismo, buen mozo y winner, y Horacio de la Peña con su voz de pito, que teoriza todo, como si para saltar al barro hubiera que hacer una especie de curso o diplomado en la universidad. Pablo Contreras es buen cabro, el yerno ideal, correcto, respetuoso, y para nada arrogante. La que se lleva todos los premios es la Krespita Rodríguez. Esa niña, haga lo que haga, le sale bien, tiene ángel, una cabra de esfuerzo, que a puro puñetazo se ha hecho un nombre. Dejé para el último a Kika Silva, la chiquilla que anima, pucha la cabra desabrida, como que uno la mira y piensa: esta cabra debería estar de modelo en las revista de ropa de Fallabela o Ripley, ¿qué hace animando un programa, si no tiene ninguna gracia?.

Pero fuera del pelambre, mientras plancho camisas y pantalones, me voy metiendo en este concurso, que lo mejor que tiene es el color y carácter de las familias que se toman en serio ganar. Las pruebas son reñidas y repetitivas, y la cantidad de lesionados se multiplican a medida que pasan los capítulos, y en cada capítulo siempre hay una sola familia ganadora. Una maquinita, Los Zirpel, que de seguir ganando y ganando, la cuestión va a perder toda gracia. Porque si sabemos el final siempre, ¿para qué competir y ver la cuestión?

Ya sé, ya sé… para pasar el verano, para engañar al cuerpo y creer que nosotros también podemos saltar y correr y ser un equipo como familia. Si hasta yo me imagino teniendo la media figura. Ver Invencibles porque la familia se construye todos los días, como si los obstáculos de la competencia fueran en realidad los obstáculos que nos pone la vida. Correr para que las deudas no nos atrapen, saltar y arrastrarse punta y codo para que la enfermedad no nos vaya a llegar, subir el muro como si fuera el muro de la confianza, lograr llegar hasta arriba y creer que podemos vivir en un país que es pura competencia y búsqueda desenfrenada del éxito. Ser una deportista de alto riesgo, que no tiene permitido lesionarse. Ser una Invencible en el país más neoliberal del continente.


La señora Juanita

Periodista