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Osvaldo Torres, fundador de Illapu: “Chile no podrá avanzar mientras no reconozca la valentía de sus mujeres”

Por: Carlos Fuentealba Varela, desde Buenos Aires. / Publicado: 20.02.2019
Osvaldo Torres, fundador de Illapu: “Chile no podrá avanzar mientras no reconozca la valentía de sus mujeres” argentina 4 / Foto: Héctor González
Músico, poeta, pintor, dramaturgo, instrumentista, musicólogo y cuentista. Todo eso y mucho más es el antofagastino fundador del grupo Illapu, que el pasado viernes presentó en Buenos Aires, después de 40 años, “La Vigilia para la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos”, una obra clave en la historia cultural del Chile profundo, ese que en 1979 se juntó en las iglesias para decirle basta a la muerte.

“Pero si muero en la desdicha de no verte más: levántate, recógeme, no ha sido en vano el sacrificio de mi cuerpo”. Mientras canta Osvaldo Torres sobre el escenario del Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNhi), dentro de la ex ESMA, se escuchan los suspiros, jadeos y lamentaciones del público argentino. Y no es para menos. El fundador de Illapu está allí plantado, en ese espacio de memoria donde antes se torturó y desapareció a miles de trasandinos, encarnando la voz de una conciencia histórica, de una dignidad que se resiste y se hace fuerte en los tiempos difíciles.

Junto a un elenco de actrices y músicas argentinas, y su compañera italiana Silvia Balducci, Torres presenta en Buenos Aires “La Vigilia para la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos”, una obra estrenada originalmente en 1979, tan icónica de la lucha en la resistencia, como olvidada por sus legatarios. “Es que no es una obra fácil para estos tiempos”, aclara luego Torres, “su contenido es muy fuerte, incómodo y político para lo que somos hoy”.

Foto: Héctor González

-¿Qué es La Vigilia y cómo nació?

-En el año 78 la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos hizo un llamado a los artistas a que contribuyéramos a la denuncia de lo que estaba pasando en el país. La Agrupación estaba recibiendo amenazas y amedrentamientos y todos vivíamos un momento duro, trágico. Yo hace tiempo quería salir del formato de cantata, porque encontraba que la vara estaba muy alta en eso en Chile. Quería hacer algo que fuera popular, con nuestras raíces musicales bien presentes. Quería que tuviera algo más universal en la estructura del texto, entonces pensé en una tragedia griega. La Vigilia es un monólogo con un coro, que hace la voz del pueblo, la conciencia de todos los presentes como en la tragedia griega. Yo quería también ayudar en algunos conflictos que habían aparecido entre las mujeres casadas, las mayores y las solteras, las más jóvenes de la agrupación. Mi motivación central la encontraba en la militancia con la Vicaría de la Solidaridad y con la Agrupación de Familiares, que se había vuelto el centro neurálgico que congregaba a los que resistíamos, como podíamos, a la dictadura. Estos dos grandes motivos me dieron la fuerza necesaria para escribir La Vigilia en dos noches. Yo escribí una versión más poética también, que es más minimalista desde el punto de vista musical. La grabamos clandestinamente en los años ochenta gracias al aporte de Ricardo García del sello Alerce. Grabamos mil casetes y los repartimos por todos lados. La voz principal es de Isabel Aldunate.

-¿Y cómo se presentó algo así durante una dictadura tan feroz?

-Hicimos seis presentaciones en iglesias. En Santiago, Chillán, Talca, Linares, Concepción e Iquique. Toda la parte sur sucedió en iglesias donde llegaba la gente boca en boca, por la red de la vicaría que era extensa. En todas partes estuvo lleno, los servicios de seguridad llegaban con un día de atraso respecto a nosotros. Eso sin siquiera pensarlo, nosotros ni lo pensábamos, era un error de ellos. Nosotros queríamos hacer La Vigilia. En la única ciudad donde tuvo un carácter menos religioso-ecuménico fue en Iquique, que se hizo en un sindicato y se transformó en un momento de rebeldía ciudadana contra la dictadura. No es una cantata, es una obra bastante triste, para verla en estos días hay que estar bastante preparado, porque las reacciones de ese tiempo eran de tristeza, pero también eran de rebeldía. El público se dividía entre los que lloraban y los que tenían rabia. Convivían ambos sentimientos entre la gente que constataba que lo que se escuchaba como rumor ya era una realidad porque estaba plasmado en una obra musical.

-¿Y por qué la resucitó 40 años después en Argentina?

-Porque se dieron algunas condiciones muy especiales. Lo principal: el apoyo de las agrupaciones de Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo y de la institucionalidad de la memoria. No vinimos a hacer la obra en un teatro de la calle Corrientes, sino en un centro de tortura devenido en espacio de la memoria. En este sentido es un acto de justicia y homenaje. En Chile, en cambio, no he encontrado mucho entusiasmo. Esta obra requiere una puesta en escena rigurosa y bien pensada. Como yo no vivo en Chile, es difícil planteármela como algo estrictamente artístico. Su carácter es muy político- quizás no por su contenido- por lo que representa. Yo lo montaría para ir a las escuelas, a las universidades, para que todo lo que vivió esta gente esté presente en la memoria colectiva de otras generaciones.

-Usted vive en Francia, pero cada tanto visita Chile. ¿Con qué impresión se queda en lo relacionado a estos temas?

-Lo principal es que tenemos una deuda muy grande con las víctimas de la dictadura que ni siquiera reconocemos. Me impresiona que acá en Argentina, por ejemplo, las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo gocen de un reconocimiento transversal, que da sustancia ética a toda la sociedad. En Chile eso no pasa y vemos historias como la de Ana González o Violeta Zúñiga, que fallecen sin pena ni gloria, después de vidas heroicas entregadas al pueblo chileno. Aunque quisiera, Chile no podrá avanzar mientras no reconozca la valentía de sus mujeres. Pero ahora parece estar en otra onda.

-¿En qué onda?

-En una de estrés total, tratando de al menos respirar bajo un capitalismo caníbal. El año pasado, por ejemplo, visité el norte y cuando recorrí parte del desierto, me di cuenta de que estaba cercado con alambres de púa. Cuando era niño yo jugaba con mi hermano y caminábamos kilómetros y kilómetros por el desierto y nunca encontrábamos barreras. Ahora estaba todo cercado y me chocó mucho. Fuimos a una caleta entre Iquique y Antofagasta y  unos pescadores nos contaron que pescaban clandestinamente, que no tenían derecho para pescar porque no les pertenecía el lugar. Desde el punto de vista humano, veo a Chile en una situación de estrés total. El pueblo chileno está demasiado arrinconado por el capitalismo, que además expone a sus habitantes en todo el mundo como un ejemplo. El pueblo chileno me parece lamentablemente ignorante. Escuché a un político francés decir una vez “si alguien quiere conocer los efectos siniestros del capitalismo, tiene que conocer Chile”. Pucha que me dolió.

-¿Pierde las esperanzas respecto de su país natal?

-No. ¡De ninguna manera! Hay otra parte de Chile que nunca ha bajado los brazos y cuando la veo expresarse, entiendo que hay un conglomerado de chilenos que no se rinde y que siempre estará. Lo que más me dio esperanza este año es que nuevamente, como en el año 79, son las mujeres las que encabezan el contenido político. Veo a mujeres jugando el mismo rol que jugó la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos en los años más duros: aterrizar a todo el resto de la sociedad. Era en su organización, formada por la gente más golpeada de la sociedad, donde se podía hablar de unidad, de futuro, en que se podía pensar no a dos años de distancia, sino a diez. Eso lo están haciendo las mujeres, el movimiento feminista, de nuevo ahora y eso me da mucha esperanza.

-¿Y cómo se pueden incorporar los varones a esto? ¿Cómo lo hicieron entonces?

-Es con dificultad porque nosotros hemos heredado algo que ni siquiera es machismo, es una incultura total de relaciones. Todo lo que yo soy hoy lo fui aprendiendo en el tiempo, las generaciones más jóvenes en cambio, se han visto directamente confrontadas a la querella de una parte de la humanidad que ya no aguanta más opresión. Nadie de mi generación puede decir que, en este sentido, es un liberal y lo fue toda la vida. Todos tuvimos posiciones bastante machistas. Justamente en La Vigilia aparece esto y yo denuncio que la mujer participaba muy poco en política y que la AFDD  es una respuesta a esto, el tránsito de las “amas de casa” al mundo de lo político. Los grupos más cultivados de mi generación tuvimos acceso temprano a los pensamientos feministas europeos y, en mi caso particular, yo descubrí a Gabriela Mistral muy temprano,  lo que no me dejó exento del machismo, pero por lo menos me dio una noción cultural distinta a la predominante. Ella era muy visionaria, sus escritos sobre las reformas educacionales en México, todo lo que escribió antes que el Che Guevara sobre el imperialismo norteamericano es impresionante. Su posición es muy avanzada para su época. En mi caso particular, sin declararme un feminista acérrimo,  yo tenía la noción cultural que se desprendía de la poesía mistraliana. Gabriela estaba en este tiempo de hoy, era la conciencia de una jovencita de hoy en una toma feminista, con un siglo de anterioridad y gracias a mujeres como ella, las causas feministas están en el centro de la reivindicaciones políticas de los pueblos latinoamericanos.

Foto: Héctor González

-En Gabriela Mistral también hay una idea muy marcada sobre la conexión con el territorio

-Sí, por supuesto, y eso es lo que tenemos que recuperar. Recuerdo que en los comienzos de Illapu nos visitó Patricio Manns y nos hizo una gran crítica porque cantábamos La Muralla en vez de recoger la cultura del norte, de nuestra tierra. La cosa creativa en torno al canto popular chileno tiene hitos muy altos, cuando pienso en Rolando Alarcón, la Violeta Parra o el Patricio Manns, desde el punto de vista del texto y de la música, me doy cuenta que este país tiene una historia cultura de una impronta estética muy alta.

-¿Y eso ha decaído?

-Notablemente, yo creo. Nosotros siempre pusimos el acento en los textos, pero las generaciones de hoy poseen una musicalidad impresionante, que no existía en otros tiempos. La cantidad de músicos es muy grande, pero les falta lo esencial. Un buen músico que no se cultiva no va muy lejos. Un músico que puede leer a primera vista una partitura, debería también leer filosofía, poesía, historia y, sobre todo, la filosofía, poesía e historia de su propio pueblo. Creo que desde ese punto de vista es muy bajo el nivel. La letra es como algo que acompaña a la música. Son pocas excepciones. En los ochenta y los noventa, sentía que el rock chileno no me hablaba. A mí el rock me va a hablar cuando Mick Jagger haga una cueca porque hemos llegado a tal desarrollo de la cueca que ya debería poder influenciar a otros géneros. El rock chileno no tiene el nivel del rock mundial, pero nuestra música sí tiene un nivel universal. Acá el río viene en una sola dirección, del rock norteamericano o inglés hacia acá, pero de aquí no hay nada que parta hacia otros lados, aparte de la Nueva Canción Chilena. En Europa son muchos los jóvenes- marginales y sin la popularidad de los Stones, por supuesto- que hacen Nueva Canción Chilena. Y es allí donde debemos trabajar con las nuevas generaciones.

-¿Qué le gusta y qué no del canto popular chileno actual?

-Está Manns vivo, los Illapu, que creo que pueden aún dar un salto cualitativo más. Mauricio Redolés, que siempre está en búsqueda. Claudio García de Valparaíso me parece muy interesante también. Están los buenos intérpretes, los buenos músicos, como Pascuala Ilabaca o la Elizabeth Morris. Chinoy y Manuel García me parecen correctos, pero no me terminan de convencer. No los veo en 20 años más. García ha tenido aciertos y ha sabido estar en el buen momento, a la hora exacta, con la persona exacta, pero difícilmente se puede comparar un texto de Manns con los de él. Pasa que en Chile la vara está muy alta y eso tiene un efecto inhibitorio que no me gustaría seguir replicando. Me produce tristeza que los artistas no se escuchen entre ellos, que no toquen juntos y que no hablen bien de ellos mutuamente. Nunca hemos tenido la unidad que han tenido los artistas en Argentina, por ejemplo. Hay una exacerbación del individualismo. La frustración frente a la industria es tan grande que seguramente te empuja a aprovechar todo a corto plazo y a operar como una isla, pero hay que cambiar eso. Los músicos debemos volver a reunirnos.

Foto: Héctor González

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