Todavía recuerdo el momento en que me enteré que lo que se conmemora cada “día de la mujer”, son matanzas masivas de obreras. Se me cayeron las lágrimas y la cara de vergüenza. No podía creer que hubiese estado recibiendo alegres rosas durante años, sin tener conciencia de que se conmemoran brutales asesinatos de cientos de mujeres de la clase obrera. Un 8 de marzo de 1856 mueren más de cien mujeres trabajadoras, únicamente por exigir mejores condiciones salariales. Igual paga por igual trabajo, sin importar el sexo de la persona que lo realice. Exigencia que aún habiendo transcurrido 163 años, lamentable e increíblemente no pierde vigencia. ¡Hasta cuándo! En marzo, también, ocurrieron otras matanzas: cientos de obreras quemadas. La propiedad privada por sobre la vida, por sobre ciertas vidas, las vidas de las miserables tratadas como bestias. Y así en esta conmemoración suman y siguen terribles asesinatos de mujeres en lucha, ríos de sangre obrera femenina. Y por ello, porque sabemos que “el cuarto no es propio (…) todo arrendado a precio de mercado y existencia / pagadero en incómodas cuotas de silencio” es que toda poeta feminista “escribe intoxicada de horror, / en el último intento de encontrar la memoria.” (Poema “El cuarto no es propio”, de Ingrid Córdova Bustos)

No queremos flores el 8M, queremos que se nos respeten los derechos. No queremos sus rosas, queremos que dejen de violarnos con este sistema capitalista patriarcal, padre de todos nuestros males. Padre abusivo de todas las personas desprotegidas. Padre explotador de todas las madres, partiendo por la madre tierra.

Jefe, político, esposo, guárdese la rosa roja, y reflexione: ¿Qué pasaría si este 8 de marzo, de verdad todas las mujeres dejáramos de trabajar?, ¿Quién le barrería el piso, le limpiaría el WC y le cocinaría?, ¿Quién le cuidaría y educaría a sus niños y niñas, a sus ancianos?, ¿Quién se ocuparía de limpiar las heces de sus enfermos?, ¿Quién le aliviaría la carga doméstica que usted todavía cree que le corresponde a “mi adorada mujercita”?

Madres, enfermeras, auxiliares, nanas, educadoras, profesoras. Las labores más monótonas y pesadas las absorben (pagada o gratuitamente) las mujeres que no tienen recursos para contratar o solicitar a otra mujer (muchas veces la propia madre de la mujer trabajadora) que realice la labor que le ha sido tradicionalmente asignada a su rol femenino. Parafraseando a Angélica Panes, esas mujeres que nacen “con las magulladuras de unos grilletes / (…) para servir, para otorgar, para ceder” (Poema “Nacer”). Mujeres que trabajan en la famosa “doble jornada”, que llegan de sus precarios trabajos mal remunerados a trabajar sin sueldo en su propia casa (que no es propia, obviamente); y más encima, muchas veces deben sostenerla solas, porque el o los progenitores de sus críos brillan por su ausencia.

Se ha dicho que  esta feminización de la pobreza se incuba a tierna edad, incentivando solo a los varones al estudio de las áreas más valorizadas socialmente. Y, entonces, viene el discurso de “la igualdad de oportunidades”, para que quienes reúnan “los méritos intelectuales, sin importar su clase social y su género” puedan acceder (“incluso gratuitamente”) a carreras tradicionalmente masculinas, y así ascender en la escala social, y ya, “problema resuelto”. Permítanme soltar una triste carcajada.

¿A quién vamos a esclavizar esas mujeres excepcionales que logremos, pese a todas las dificultades y desventajas de clase y género, salvarnos de la esclavitud mujeril? ¿Para eso seguirán estando las mujeres de la clase que dejamos atrás, las de otra raza, las negras, las indígenas? ¡Siempre habrán otras bestias, mientras no acabe este sistema, sustentado en la explotación! No podemos jugar al “sálvese quien pueda”. “Para mis amigas las bestias / no hay Agenda Mujer que valga”, nos recuerda la joven poeta Sofía Brito en su poema “Bancada feminista”. Debemos apuntar a la raíz del problema, el falaz proyecto de progreso y consumismo sostenido, realmente superfluo y absurdo, que ya se sabe es una falacia nociva e insostenible, si se quiere que este planeta no deje de albergar nuestra vida.

Así que hay excelentes razones para sostener la lucha todo el mes, y por supuesto más allá de este, sin olvidar que la tierra, la mapu, la pacha, es nuestra primera y mayor madre (15M), explotada a más no poder.

No exageramos al decir que “es de vida o muerte” sostener todo este mes una necesaria conmemoración de las luchas sociales de las mujeres trabajadoras (8M) que incluya por supuesto a la tierra, y también a las bestias desplazadas incluso de la esfera laboral, que son las que siempre han puesto la cuerpa. “A puro pan a puro té las mujeres corajudas ensayan /consignas rockeras el estilo Zach de la Rocha / Morir luchando, sin casa ni cagando” (Poema “Cien mil bocas”, de Rosa Alcayaga Toro, sobre las pobladoras de Bajos de Mena). ¡Preparemos, pues, las pancartas: ha llegado un marzo de 365 días, renovable hasta que caiga el Patriarcado!