La violencia en contra de las mujeres no es algo nuevo. No es un “problema” exclusivo de nuestros tiempos, sino que es una realidad que posee raíces muy profundas. Estas raíces explican toda una historia de socialización patriarcal que ha invisibilizado un estado permanente de violencia de género que persiste hasta nuestros días. Por eso, ser consciente de la realidad que vivimos todas las mujeres, es poder. Y el poder genera resistencia.

Pero, ¿qué significa ser mujer en nuestros tiempos? ¿nos acercamos a paso firme hacia la anhelada equidad de género, o esta lucha recién comienza? ¿cuál será el escollo más difícil de sortear? Estas y otras preguntas son las que contestaron, para este artículo, grandes mujeres que han abrazado la justa causa feminista. Ellas son: Natalia Valdebenito, actriz, comediante, feminista, locutora radial e integrante del Comité de Apoyo a Mujeres Líderes de América; Tatiana Hernández, socióloga, investigadora, feminista de izquierda, miembro del directorio del Observatorio de Género y Equidad; Camila Vallejo, geógrafa, Diputada, Feminista, ex Presidenta de la Fech; y Adriana Gómez, periodista, laica y feminista histórica.

A continuación, sus reflexiones, sueños, frustraciones y luchas.

Tatiana Hernández

1 ¿Qué ha significado para ti vivir en una sociedad patriarcal?

Tatiana Hernández (T.H.): Desde muy pequeña fui consciente que las cosas para las mujeres no eran fáciles. No entendía por qué las mujeres no se separaban de los hombres que las maltrataban, no entendía porque mis profesoras estimulaban más en clases a mis compañeros, nunca entendí que me quitaron el cargo de presidenta de curso que democráticamente me habían dado mis compañeros y compañeras, porque la profesora consideró que dárselo al alumno más inquieto podía ser un motivo para mejorar la conducta de él. Siempre viví desconfiando de los hombres (“todos pueden ser posibles abusadores” me decía mi mamá). Me indignaba que algunos docentes me dijeran “¿Y una señorita qué hace aquí quitándole el lugar a un hombre?” o me ofrecieran notas para pasar el ramo por “favores sexuales”, o me pasaran la mano por toda mi espalda por debajo de la blusa sin que yo lo hubiera consentido. El autoconvencerme que mi trabajo no valía tanto, entonces no me sentía con la legitimidad de ir a negociar un mejor sueldo. Siempre cuestioné, pero en la universidad logré ponerle nombre a mi lucha: Yo era feminista.  A los 30 me tocó trabajar con mujeres pobladoras e indígenas y fui totalmente consciente que otras formas de opresión eran desastrosas para la vida de las mujeres. Ser feminista ha tenido impactos importantes en mi vida: despidos, amenazas en la calle, por internet (cuando he dado una opinión pública en un medio), etc., pero ninguno se compara con la violencia que he visto y que he escuchado que han vivido las mujeres pobladoras e indígenas, particularmente en contexto de dictadura y en contexto actual de militarización de Wallmapu.

Natalia Valdebenito (N.V.): Significa tener la culpa por ser libre. Significa tener que superar expectativas sobre lo que significa para otro que no soy yo, ser mujer. Significa tener que lidiar con la competitividad que no me importa, con los parámetros que no quiero alcanzar, con un ideal inventado por una sociedad exigente y superficial. El patriarcado te ofende a cada momento y te recuerda que hay que pelear en contra así venga la tormenta.

Camila Vallejo (C.V.): Para mí vivir en una sociedad patriarcal significa una lucha permanente, y no solo con el entramado institucional legal -que está pensado desde los hombres, que está pensado desde una lógica patriarcal, que nos perjudica en términos legales y en nuestros derechos- sino que también con una economía que funciona en base a una explotación de un trabajo no valorado y no remunerado de las mujeres, que no se evidencia, que no se reconoce. Y esta explotación obviamente sustenta gran parte de nuestra sociedad.

Obviamente ser mujer también implica una lucha contra estereotipos, contra imaginarios, contra ideas que se van construyendo en una cultura machista. Por lo tanto, creo que ser mujer es una batalla constante, pero en la que también existen espacios reconfortantes de protección, seguridad y sororidad.

Adriana Gómez (A.G.): Vivir en una sociedad patriarcal nos afecta a todos los seres humanos. Es una organización social que ejerce discriminación, exclusión, violencia y opresión sobre distintos colectivos, en especial las mujeres y personas LGBTI. Pero incluso aquellos que defienden el patriarcado, también se ven afectados por este modelo aunque no lo perciban en su cotidiano.

Foto: Agencia Uno

2 ¿Han notado cambios al respecto (positivos o negativos) en los últimos 20 años?

T.H.: Sin duda que han existido cambios. Hoy existe cada vez más conciencia que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado, es un asunto público y del cual el Estado tiene una responsabilidad fundamental. Las niñas tienen condiciones muy diferentes a la que nosotras teníamos para sus procesos de empoderamiento.  Ellas saben que tienen derechos y son más conscientes de las injusticias.  El mayo feminista marca un antes y un después muy importante para las mujeres que estudian, hoy cuentan con normativas que al menos regulan las relaciones de violencia, acoso y discriminación que históricamente han vivido en las universidades, institutos, colegios y liceos.  Sin duda que falta mucho, que la transformación es de carácter cultural, pero se ha avanzado.  Hoy, una puede decir que es feminista, sin que te manden figurativamente a la hoguera. Sin embargo creo que el patriarcado astutamente ha puesto distinciones odiosas para deslegitimar la lucha y las actoras fundamentales del feminismo: las mujeres que luchan por la igualdad.

N.V.: El cambio se nota en las mujeres y es maravilloso. En nosotras se nota en todo momento y cotidianidad. Como siempre, como en cualquier cambio social; somos las mujeres las primeras en abrir los ojos y empujar la realidad desde el hogar y la calle. Si me preguntas a nivel de avance social, falta y parece que cada día más. La resistencia a nuestras demandas es tan alta que la violencia no cesa. Falta todo.

C.V.: Evidentemente positivo. Uno podría señalar que hay una mayor participación en el mercado laboral de las mujeres, ocupando cada vez más espacios de poder de toma de decisiones. En fin, tenemos mayor valor al momento de enfrentar la violencia que sufrimos, de denunciarla. Y por cierto, también hemos podido ir aumentado nuestra participación en el sistema educacional, en la educación terciaria, la ciencia, la investigación. Pero todo este aumento de nuestra presencia y participación conlleva nuevas formas de discriminación. Nuevas formas de violencia en una sociedad neoliberal como la nuestra. Y en un contexto de redes sociales que constituyen nuevos espacios de acoso, violencia y odio. En esto creo que hubo un retroceso, pues el avance de la lucha feminista ha llevado a nuevas formas de generar miedo hacia nosotras o tratar de coartarnos o amedrentarnos.

A.G.: Por supuesto hay avances en el mundo en la condición de las mujeres a lo largo de los siglos, y Chile no es la excepción. Desde el derecho a voto femenino y el derecho a ser elegidas en cargos de representación popular, hasta mayor acceso a la educación y el mundo laboral. Se desafía el modelo tradicional de hombre proveedor-mujer cuidadora del hogar, especialmente cuando ella comienza a tener mayor control de su fecundidad por medio de la píldora anticonceptiva, y así emerge desde lo doméstico exclusivo y la crianza, al mundo público.

También se aprueban leyes que buscan la protección de la maternidad de mujeres trabajadoras; se rompen barreras que antes dificultaban su ingreso a ciertos ámbitos de la actividad humana; se aprueban leyes contra la violencia machista y el femicidio; surge una institucionalidad del Estado encargada de la condición de la mujer; hay una búsqueda de la igualdad de oportunidades a través de políticas públicas que la consagran, etc. Pero la igualdad real entre mujeres y hombres está lejos de concretarse. Se mantiene una brecha salarial vergonzosa, la cesantía afecta mayormente a las mujeres y población joven, las pensiones que recibe la población femenina son menores que las de los varones, aún tenemos una profunda desigualdad en el reparto de tareas domésticas y de crianza, y un largo etcétera. Y hay otro aspecto gravísimo y doloroso: a diario constatamos que las cifras de violencia sexual, abuso, acoso y femicidios no disminuyen sino todo lo contrario, a las mujeres y las niñas las siguen matando por ser mujeres. Finalmente, creo que el aborto libre, legal, seguro y gratuito sigue siendo tal vez la deuda más histórica y difícil de saldar de la sociedad con las mujeres.

Camila Vallejo

3 ¿En qué año, aproximadamente, crees -si es que lo crees- que nuestra sociedad chilena dejará de ser patriarcal?

T.H.: Ni siquiera lo he pensado. Creo que esta es una batalla a largo aliento, porque quienes viven en torno a las estructuras de privilegio tienen un poder muy grande y controlan la mayoría de las agencias sociales sobre las que se produce y reproduce el patriarcado. No hemos logrado transformar los imaginarios sobre los que se construyen las expectativas de comportamiento y que delimitan los procesos de construcción de la identidad de hombres y mujeres (en toda su diversidad).

N.V.: ¿En qué año? Me da hasta risa la pregunta. Las entendidas dicen que no alcanzaremos a verlo, pero si me concentro en lo que ocurre con les niñes es posible que como todo, se apure este cambio de orden. No lo sé. Soy más bien pesimista, lo siento.

C.V.: Yo no sé en que año. Me da la sensación que así como vamos, vamos a tener a gente viviendo en Marte antes de construir una sociedad no patriarcal. Creo que ha sido una lucha con resultados muy lentos a pesar de toda la fuerza y organización que han elaborado las mujeres.

A.G.: No creo posible afirmar cuándo la sociedad chilena deje de ser esencialmente patriarcal. Hay esperanzas de que esos plazos se acorten, a partir de la toma de conciencia que el movimiento feminista está favoreciendo con sus movilizaciones a todo nivel. Se han abierto discusiones, polémicas, conversaciones en escuelas, universidades, instituciones públicas y privadas. Las familias, las personas, se hacen eco, lentamente, pero se hacen eco. La transformación cultural debe iniciar con una educación no sexista, laica, libre, intercultural, de calidad. Más cerca de las ciencias y del humanismo, más alejada de los dogmas. Hay esperanzas. Por las mujeres y las niñas, por las personas todes, hay esperanzas.

Adriana Gómez

4 ¿Cuál crees que es la inequidad de género que más dificultades deberá sortear (v.gr. femicidios, igualdad salarial, trabajo doméstico no remunerado, acceso a cargos públicos, etcétera)?

T.H.: La violencia de género contra las mujeres es lejos la problemática que más restringe el pleno ejercicio de derechos de las mujeres, cualquiera sea su posición social, económica, pertenencia cultural, identidad u orientación sexual, etc.

Es urgente cambiar los imaginarios sociales y culturales de “lo que es ser hombre” y “lo que es ser mujer” en el mundo. Mientras se siga pensando que las mujeres somos a la naturaleza lo que el hombre es a la cultura, que ellos son la cabeza de la familia y nosotras les debemos sumisión, que las mujeres que saben y critican son malas/brujas, Mientras eso siga, los hombres seguirán dominándonos. Mientras el patriarcado siga haciendo creer a los hombres que la masculinidad se constituye en torno a una virilidad que se demuestra ejerciendo poder de la peor forma, sometiendo a otros y particularmente a las mujeres, seguirá persistiendo la prevalencia de violencia contra las mujeres en Chile y el mundo y nos seguirán asesinando.

N.V.: El cambio, a mi parecer, que más costará, es sacar del pensamiento colectivo la idea preconcebida que hay sobre SER  mujer. Cuando dejen de creer que somos una fábrica de hijees. Cuando mi cuerpo no te moleste si no está a la venta. Cuando por ser mujer no nos maten (claro). El salario y la valoración de nuestro tiempo vendrá de la mano de asumir que debemos destruir el concepto “familia”, como les acomoda a los conservadores usarlo, porque ahí el peso se lo lleva la mujer. Hay que acabar con esa propia prisión social y emocional.

C.V.: Creo que la idea de género que más costará cambiar o superar está ligada a los temas económicos, como el trabajo doméstico no remunerado Construir una economía que deje de ser inequitativa, me parece que podría ser lo más complejo pues ésta se explica en las bases de un sistema capitalista que se sostiene a costa de la mitad de la población a nivel mundial.