Después de tomar té, los invitados a la casa de Bernardo Oyarzún participaban del clásico ritual de su madre: despejaban las tazas y platos de la mesa y se reunían alrededor de un álbum de fotografías. Ahí comenzaba un recorrido, página por página, de la historia familiar en que ella contaba las alegrías y desgracias de los protagonistas que iban apareciendo en primer y segundo plano. Ese ejercicio le sirvió al artista como antecedente para el desarrollo de Photo Album, obra que está montada –con varios cambios– en el primer muro de la Sala de Artes Visuales del GAM, como parte de la muestra colectiva Santiago: ciudad destino, curada por Rodrigo Tisi. La serie relata la migración de la familia desde la región de Los Lagos hasta la comuna de Cerro Navia, a través de una primera proyección de una imagen fija del clan familiar en el sur de Chile, intervenida con el plano de Santiago centro. En un segundo proyector, se muestra una serie de fotografías sobre la “promesa de una nueva vida” en la capital del país.

– ¿Con qué se encuentra tu familia cuando llegan a Cerro Navia a principios de los 60?

Llegamos a la nada misma, entonces el acto de migrar se traduce en una cuestión heroica. La foto que está fija es de una primera comunión, en que los niños están a pies pelados, y estamos hablando de Puerto Montt, que es otro clima, no es Santiago. Entonces ahí hay también una historia que cuenta de dónde vienen y por qué se emigra. Y se emigra por necesidades económicas, porque con la migración se abandona y se pierde mucho. Lo que se ve ahí es el inquilinaje, porque los que dominan, tienen el poder hegemónico y económico, son los alemanes en la zona con todos los beneficios que les da el Estado. Entonces los chilenos, mapuches y huilliches que están ahí, solo tienen la oportunidad de repartir la poca tierra que tienen o ser inquilinos. Mis viejos salen huyendo de esa realidad porque saben que no tienen ninguna posibilidad.

– Pero llegan a la periferia de Santiago y, citando el catálogo de Photo Album de 1999 , se convierten en “la mano de obra que levantó sus edificios”. Si bien fuiste la primera generación de tu familia que estudió en la universidad, tus padres  siguieron en el mismo estrato.

Mis viejos dicen: yo me sacrifico, pero con la posibilidad que los hijos van a tener otro futuro. Esa es la apuesta que hacen, porque a principios de los 60 la ciudad te ofrecía confort, servicios públicos, salud, educación, cosas que en el campo no tenías. Entonces vienen con esa promesa, pero ahora sabemos que no era tal, que era solamente explotarte. No había ninguna posibilidad para ellos porque Santiago no es recíproco, te absorbe, te come, te cobra.

– ¿Y qué rescatas de esa migración?

La mayoría de la gente que emigra del sur son mapuche, porque sus tierras estaban ocupadas por colonos. Entonces huyen a la ciudad a ocupar este nuevo territorio y hacen lo mismo que mis padres, se sacrifican para que sus hijos salgan adelante. Y también se convierten en obreros, como mi viejo, o panaderos, empleadas domésticas, etc. Lo interesante es que toda esa migración tuvo sus efectos, que es lo que vemos hoy día con el resurgimiento mapuche en Santiago. Es una nueva memoria que se activó con los nietos.

– Sobre esto eres muy cuidadoso al responder cuando se te define como “artista mapuche”. Parece que te incomoda.

Estoy reconstruyéndome como un rompecabezas, igual como lo están haciendo todos los mapuche en Santiago. Entonces, en lugar de sentirme completo, cada vez me siento más incompleto. Es demasiado complejo ser mapuche y yo tendría que nacer de nuevo para serlo. Pero lo que no puedo hacer es negar mi ascendencia, que es lo que pasa acá. Y es el problema que tiene Chile, que son como una proyección psicológica de todas esas cosas que conocemos, que el chileno es como apocado, tímido, cuestiones que son como el invunche, que le llaman también los psiquiatras: que están hinchados sin poder explotar en su expresividad y en su forma de ser. Eso es lo que nos falta entender, que cuando reconoces de dónde vienes, recién puedes pensar en el futuro. Entonces mi apuesta es esa y significa convivir con esa vivencia, con mis peñis, que son mis hermanos mayores, mis antepasados.

– Algunos museos se están haciendo cargo de nuestro pasado indígena y de generar discusiones a través del arte. Hace un par de años en el Bellas Artes se montó tu obra Bajo sospecha para que dialogara con La fundación de Santiago, que debe ser una de las pinturas más racistas de la historia del arte chileno. ¿Qué te parecen estas instancias?

Ese ejemplo que das lo encontré genial, porque cubría el vacío que estaba en la pintura de Pedro Lira. Y fue una idea curatorial bellísima, muy bien armada. Eso me parece que habla de otra época de Chile, habla de otro estado de cosas, con curatorías atrevidas, capaces de provocar. Me parece genial tener una revisión histórica de un país absolutamente colonial, si acá faltan los puros títulos de nobleza nomás, ya que todo sigue ordenado igual. El latifundio no ha cambiado, unos pocos tienen todo y se lo reparten entre ellos. Y yo siempre voy a estar aportando si es que se necesita, como en el Museo de la Memoria, con Memorias reveladas, que también hace un cruce interesante, con los artistas jóvenes que están a galope con el tema.

– ¿Sientes alguna responsabilidad como el artista más viejo que partió con estos temas?

No me siento como el maestro ni nada de eso, sino como alguien que hizo lo que tenía que hacer, que lo sentí como una urgencia, y hoy día las cosas han cambiado porque el tema mapuche es algo más habitual, incluso más universal porque hay una necesidad, movida por un contexto histórico mundial ya que estamos con problemas de contaminación, con problemas de migración. El mundo está colapsado, se está cayendo a pedazos y ¿qué es lo que aparece? Estos conocimientos antiguos, ancestrales, que aparecen como nociones de equilibrio, como alternativas al mundo actual. Pero en esa época en que yo era el único que estaba haciendo esta cuestión, en una exposición me dijeron que era picante pero con estilo. Imagínate, gente del arte dijo eso.

©Pato Gajardo

– ¿Te siguen tratando de artista picante?                                      

Pasó harto tiempo para que me dejaran de ver como el tipo que venía a hacer el aseo a la exposición. Los guardias de las galerías me miraban como diciendo: ¿este hueón qué hueá viene a robar? Era fuertísimo. Hoy ya no me pasa, estuve en Venecia y me conocen. Sería el colmo que un galerista no me cachara, pero muestra que Santiago es una ciudad súper racista, clasista, con una sociedad de mierda que le falta mucha evolución, estamos muy atrasados. Entonces imagínate la utopía que significa pensar que este país se va a identificar con lo que debería identificarse, que es lo mapuche.

– Finalmente han pasado 20 años desde que exhibiste Photo Album por primera vez. ¿Qué ha pasado con el tema de la migración durante este tiempo?

He visto un impulso, sobre todo a nivel de profesionales, que tratan de huir de la ciudad. Santiago te quita horas de vida, te cobra dinero por todo, por ir a un lugar, por estacionarte, entonces no hay nada gratis en esta ciudad. Además del estrés que genera esa cuestión, Santiago está mal planificada y tiene problemas urbanos muy fuertes. Por otro lado, en los sectores populares apareció toda una población haitiana y del Caribe en general, que cambiaron cosas como los acentos, las comidas, y es bellísimo. Con esto Santiago está retomando el curso natural que tenía en tiempos precolonización, cuando acá convivían sin ningún problema diaguitas, atacameños, mapuche, aymaras y quechuas, entre otros. Era una ciudad cosmopolita hasta la llegada de los españoles, que es cuando vino todo el desastre.

Santiago: ciudad destino se exhibe hasta el 14 de abril en la sala de Artes Visuales del GAM. Entrada gratuita