Cuando ciertos eventos nos golpean la cara y poner una venda sobre nuestros ojos es estar del lado opuesto de la justicia, no podemos no ser Seres-Políticos. Siempre existirán problemáticas políticas en Chile; y con política se resuelven.

En un corto periodo de tiempo hemos visto El Norte inundado, El Centro envenenado, el Sur quemado. Tecnócratas-plutocráticos pretenden que “tragedias ambientales” de este tipo sean resueltas en sus términos; así frecuentemente terminan siendo entendidas como otro factor más en el Producto Interno Bruto, indicador económico utilizado para medir Crecimiento Económico (CE). De este modo, la política de invertir en el desastre es rentable cubriendo nichos que la indolencia abandona. Y es que al CE no le molesta la contaminación o las guerras. Mientras bombas caen, hay sectores –que directa o indirectamente invirtieron en ellas– pendientes de Bolsas de Valores. Toneladas de CO2 inyectadas a la atmosfera en campañas militares se diluyen en el Dow-Jones; también, las vidas de inocentes.

Sin embargo, entre las personas abandonadas en este juego, otro tipo particular de política aflora. Esa de ayudarnos entrenos. De trabajar en torno a la solidaridad horizontal (opuesta a la caridad vertical) como nos recordara cierto personaje en tiempos no tan pasados. En periodos donde bingos deben financiar salud y educación, vale la pena considerarla.

Al margen de estas –no tan evidentes– tragedias, y su maquinación economicista, silentes existen otras. En particular, hay una que erosiona las vidas de cientos de personas en Chile: estudiantes de postgrado aferrados a salvavidas tan inciertos como ineficaces. Este texto se enfocará solamente Ciencias Naturales (“Ciencia” en genérico) por un tema práctico y de contingencia.

Trabajar en Ciencias, implica estar atrapado/a entre discursivas que romantizan el trabajo científico y otras que lo degradan al punto de ser una palanca más al servicio de intereses no-colectivos. Estudiantes de postgrado ven sus periodos de formación moldeados, entre otras cosas, por la voluntad del/de la investigador/a principal (IP) a cargo de sus proyectos de tesis. IPs que a través de triquiñuelas logran hacer de esos 2 a 4-5-6 años de trabajo, un pasar ameno y dignificante, o en ocasiones un infierno. Conjuntamente, la cohesión de la comunidad científica chilena, al igual que la de diversos sectores de la fuerza laboral, queda al vaivén de un tira y afloja entre El Mercado y El Estado.

En aquel vaivén, el invertir en “Capital Humano Avanzado” para ciertos/as IPs es relevante solamente cuando recortes tocan sus intereses personales. El sistema funciona, y funciona bien para elites que desde sus escritorios dicen ser capaces de producir-mucho con muy-poco. Si aquello es causa o consecuencia del inflamiento de pecho sobre las muchas publicaciones científicas que produce Chile con lo muy poco que invierte en ellas, es harina de otro costal. Sin embargo, aquellas elites indiferentes no visualizan que cortes de beneficios, por parte de ellas mismas y/o de las instituciones a cargo de “la paga de su mano de obra”, alimentan una ciencia erosionada. Por lo demás, y como si la existencia de éstas indiferencias no fuera gravitante, la indolencia y el yomesalvosoloismo de ciertos pares-no afectados, corroen de forma silenciosa.

Sobre aquellas dinámicas, aterrizan realidades que necesitan ser desmenuzadas. El bajo porcentaje de inversión en investigación; una legislación laboral que se burla de los sectores más relevantes en la maquinaria de generación de conocimiento (profesional técnico y estudiantes); el aprovechamiento, abuso y acoso laboral; o una institucionalidad atrapada entre la fetichización del proceso investigativo y el chorreo económico, son algunas.

Hoy en concreto, hay 241 estudiantes de doctorado quienes ven cuesta arriba la finalización de sus tesis ya que la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT) rechazara sus solicitudes para extender en seis meses su salario luego de cuatro años de programa. No es solamente la extensión de salario la que afecta personas que firmaran contratos con CONICYT; otras no obtuvieron beneficios de absoluta relevancia para el desarrollo de investigación en Chile como lo son las pasantías en el extranjero.

Pero volvamos al caso de quienes se encuentran sin salario desde ahora Marzo ¿Fueron irresponsables aquellas personas ya que no terminaron sus tesis en cuatro años? Quienes así lo estiman, reflexionen sobre que en los Estados Unidos de América o Canadá (países a los que se apunta como modelos), que al igual que en Chile sus estudiantes tienen cursos a los que asistir e investigación que realizar, el promedio de duración de un doctorado bordea los 5-6 años.

¿Cuatro años para que todo esté terminado, escrito y publicado? ¿Con órdenes de veces en menos recursos económicos y equipos? ¡Que valientes, que eficientes y vaya que trabajadores quienes terminan todo a tiempo!

Bueno, si esos/as “241 irresponsables” no estuvieron a la altura. ¿Es aquello razón para que desde ahora comiencen a trabajar sin salario? Hacer un doctorado es trabajar, y a tiempo-completo, con salarios que para defensores de “lo reguleque” estarían en el límite de la pobreza.

¡Vamos gente que hay que ponerse la camiseta por la ciencia y laborar por amor al conocimiento; total, de las cuentas, la comida y el arriendo nos preocupamos después! ¡Y si no les gusta, hay varios puestos UBER esperando para suplir aquellos ingresos extra que necesitan!

Si bien la medida no es ajena a las políticas de austeridad que se enmarcan en la mercantilización de La Vida (como lo observamos en educación, salud o vivienda), no deja de ser indignante. En palabras de los afectados:

“… los investigadores que decidieron quedarse a realizar su postgrado en el país han vivido diversas situaciones que han dificultado el proceso de estudio de formación; esto debido a los cambios que CONICYT ha realizado a los procedimientos para acceder a los beneficios complementarios, y, así, ajustarse al presupuesto asignado por la institución. Como consecuencia de eso, hemos sufrido la reducción y/o la pérdida de beneficios en perjuicio del desarrollo científico del país… Tras la espera de tres meses, confirmamos las aprehensiones que generó el nuevo procedimiento implementado por CONICYT, el cual ha producido que casi la mitad de las 518 solicitudes de Becas de Extensión y más de un tercio de las Becas de Pasantía en conjunto con las Becas de Gastos Operacionales, fueran rechazadas. Este hecho va en desmedro, una vez más, del capital humano avanzado que cursa actualmente programas de doctorado en Chile.”

Entonces, abrazar la tibieza es indolente. Independiente de que las siguientes palabras están dirigidas a la comunidad científica espero en absoluto exentar de responsabilidades a otros actores involucrados en el problema. Sobre todo a autoridades que, desde El Ejecutivo “hacia-abajo”, operan a través de la repartición de migajas cuando tienen que lidiar con la fuerza de producción intelectual y material del país (donde la ciencia, y su gente, es una de las muchas aristas).

Dicho aquello. Pareciera que no necesitamos estar en el mismo lado de la vereda cuando sabemos de familia/amistad experimentando injusticia, pero complicado es empatizar cuando no. En el escenario científico, quienes nos encontramos fuera del país, tenemos (o deberíamos de tener) algo que decir y también algo que hacer. En este caso particular, demostrar interés es lo mínimo. Permanecer en silencio, indiferentes y/o distantes termina siendo antipático. ¿De qué sirve la neutralidad frente a injusticias?

También, oportuno es recordar que las condiciones materiales en que se trabaja en Chile difieren de las actuales nuestras. Es fundamental que profesionales trabajando fuera, en países “primermundistas”, pongamos a disposición de colegas en Chile todos los recursos disponibles. No contribuyendo de manera paternalista o vertical, ni buscando dividendos científicos, sino más bien comunitaria y horizontal. Especialmente con colegas con problemas de financiamiento. Así, no exclusiva ni necesariamente, se puede potenciar:

– Desde el envío de muestras hasta pasantías en los centros de estudios donde trabajamos, y comprometernos con la búsqueda de apoyo económico enfocado en aquella máxima.

– Que equipos funcionales que vayan a ser, literalmente, tirados a la basura sean enviados a Chile. Preocuparse que profesionales viajen a instalarlos, enseñen a utilizarlos y además establezcan un puente de constante asesoría.

Es posible entonces hacer política con una pipeta en la mano y a kilómetros de distancia. Del mismo modo, política también hacemos cuando marchamos, y con derecho reclamamos al gobierno de turno. También, cuando solicitamos que la sociedad civil nos respete, nos entienda y nos defienda; la gente que se dedica a la Comunicación de La Ciencia lo sabe. Por eso, preocuparnos por la política interna de la casa es importante.

Y no solamente la ciencia chilena, sino que la ciencia latinoamericana y mundial, competen a todos los actores presentes en ella. Los primos, mexicano y argentino, de CONICYT, con sus propias grietas, tienen sus respectivas historias de abandono con las que competir a las chilenas. ¿Vamos a competir por quién tiene más estudiantes con becas congeladas? ¿Quién tiene menos equipos y/o edificios, y aun así produce ciencia de calidad? ¿Cuál “mercado laboral” está más saturado y con más personas flotando en la “sobre-calificación”?

Si no formamos comunidad aplanadoras nos pasarán por encima. Aplanadoras en el silencio de la Nueva Institucionalidad. Aplanadoras cuando entre discursos meritocráticos y que derrochan adicción por la resiliencia, personas dentro de nuestro gremio “se quejan de quienes se quejan”. Aplanadoras cuando, la atomización del Ser Humano es un recurso más al servicio de instituciones que han históricamente fragmentado grupos laborales. Y frente a las aplanadoras: solidaridad.

Solidaridad, que más que táctica-política en este caso específico, significa crear comunidad. Practicando solidaridad nos damos cuenta de que existimos, y de que entrenos somos más que la suma de las partes individuales. La solidaridad sabe de sinergismos.

Hoy son 241 para las que es incierto seguir recibiendo salario por trabajar; mañana podrían ser más, y que no se nos olvide que son millones de personas alrededor del mundo. Lo que nos pasa la cuenta en Ciencia es una expresión concreta de la precarización del trabajo como fenómeno social. Entonces, conscientes hay que estar de que a esa precarización se le ponen paños fríos con la política de las migajas. Migajas públicas, y migajas privadas, que con frecuencia hay que recibirlas como vengan, cuando vengan, e incluso de donde vengan. Aquella política denigra porque aferrarse a mejores condiciones de vida es un acto de sobrevivencia.

Justamente, la ciencia chilena no vive, sobrevive. Y si de sobrevivencia se trata, la solidaridad ni siquiera debería de cuestionarse.