Las mujeres no son cuantitativamente una minoría, pero cualitativamente han sido minimizadas, creando dos problemas. Primero, que al eliminar a más de la mitad de la población de la vida social se pierde el aporte de ellas en la construcción de la misma. Segundo, que al crearse una sociedad androcentrista, las relaciones humanas no son mixtas, heterogéneas o pluralistas, tendiendo al machismo y la misoginia.

Si bien no me defino como feminista, esto no implica estar cognitiva y conductualmente cerrado al discurso político de este movimiento. Por el contrario, escuchar lo que el activismo diagnostica (acoso callejero, femicidios, igualdad salarial, sexismo, entre otros temas) para corregir las relaciones humanas (por medio de leyes que regulen la vida y activismo que haga evidente tales temas) hace más convivible a la sociedad.

Mi idea de escuchar y corregir como interpretación del activismo feminista, surge como consecuencia de una experiencia personal de investigación en estudios de género. Sucintamente, a fines de 2015, una amiga y colega me invitó a participar como coinvestigador en un concurso de la ANEPE, el tema era “Agenda: Mujeres, Paz y Seguridad de Naciones Unidas” y dado que nos adjudicamos los fondos, comenzamos con la recopilación de las fuentes, para su lectura y análisis.

Preliminarmente, dedujimos que los estudios de género y seguridad consideran a la mujer como sujeto de protección y como sujeto de pacificación. La primera idea -de protección- se basa en que la mujer en contextos de conflictos armados tiene una vulnerabilidad que no vive el hombre en la misma escala: ser víctima de violencia sexual como una táctica de combate. Por lógica, tal vulnerabilidad particular por ser mujer, es extrapolable a otros lugares de la vida humana, que al escuchar el activismo feminista se asemejan: acoso sexual en la familia, en la calle, en la universidad y en el trabajo.

La segunda idea -de pacificación- considera que la participación activa de la mujer en procesos de paz está subrepresentada en comparación al hombre, es decir, la paz se construye con ausencia de mujeres, o al menos, con una baja participación. Razonablemente, la baja representación de mujeres en algo tan vital como la paz en medio de un conflicto, es replicable en otras áreas de la vida pública, que justamente la consigna feminista alega: subrepresentación, cuota de género, paridad laboral e igualdad salarial.

¿Hay que ser feminista para empatizar con tal discurso? No, no es necesario, es suficiente simpatizar con el relato que busca corregir las relaciones humanas, siendo esto, quizás, un primer paso para ser parte de él. Una cualidad del discurso feminista, es ser fenomenológico, es decir, se basa en una realidad, configurando desde allí objetivos y acciones. No es abstracto o inventado. Esto lo viví el año 2009 como pasante de Amnistía Internacional Chile, donde fui incorporado al Equipo Mujeres, y entre las actividades que hicimos, participé en la recolección de firmas para que se aprobara la ley de aborto en tres causales, hoy ley de la República. En pocas palabras, un problema de salud pública y derechos reproductivos necesitaba activismo para que se legislara. A diferencia de mi experiencia investigativa, principalmente reflexiva y contemplativa, lo de Amnistía era algo activo, concreto y que finalmente regulaba la vida de las personas, cumpliendo con el activismo: moverse para cambiar la sociedad, principalmente en sus vicios.

El feminismo busca corregir vicios -entiéndase machismo y misoginia principalmente, ya sea con violencia física o estructural- que mayoritariamente están presentes en los hombres. Por lo cual, el activismo nos ha resocializado y lo seguirá haciendo, disciplinando la conducta de nosotros los hombres, tanto en la vida privada como en la pública. Llevándonos a una autorreflexión.

En Chile, el activismo feminista ha traído cambios. Un ejemplo son las consecuencia de la “toma feminista” de las universidades durante el año 2018, en relación a tener protocolos en cuanto al acoso sexual de los docentes hacia las alumnas, entre otras cuestiones. Otro ejemplo, quizás menos notorio, se ve en las librerías. Cuando participé en la investigación durante el año 2016, después de visitar muchas librerías buscando bibliografía sobre mujer, género y/o feminismo, solo una tenía un mesón sobre el tema. Hoy en día, no solamente hay secciones especializadas y vitrinas mostrando portadas con caras de mujeres, también se incrementaron las publicaciones nacionales y se han traído libros de autoría extranjera.

Mi experiencia leyendo sobre estudios de género y analizando estadística de conflictos armados me hace reflexionar que, por sobre todo, el feminismo es variopinto y heterogéneo en su esencia, pero tiene como elemento transversal: el corregir cosas reales y no imaginarias. Por otra parte, desde la postura de hombre, lo más importante es estar cognitivamente dispuesto a escuchar y entender, lo que no significa coincidir en totalidad, pero sí saber que es necesario resocializar ciertos aspectos de la vida pública.