Opinión

Caca de ratón

Por: Rodrigo Mayorga / Publicado: 18.03.2019
Si queremos hablar de educación, de justicia, de calidad, necesitamos hablar primero de la dignidad escolar. Más en estos días en que el gobierno ha querido tramposamente promover sus lógicas de mérito y competencia al interior de nuestras escuelas. En este escenario es tan importante el recordar que la dignidad humana no se gana ni depende de nuestros logros o éxitos, sino que es inherente a los seres humanos y fundamento primero de nuestros derechos esenciales.

Una escuela llena de caca de ratón. Eso fue lo que encontraron los profesores del colegio Reina de Suecia, en Maipú, cuando llegaron a trabajar el 1 de marzo. Los recibieron excrementos de ratón y de paloma, basura, latas de cerveza, hasta desechos de una gata que había decidido parir en una sala durante el verano. Ninguna de las autoridades correspondientes se había preocupado de que contaran con las condiciones mínimas para iniciar el año escolar. Molestos, y con razón, los docentes exigieron a la Municipalidad hacerse cargo, pero nada pasó. Las redes sociales y los medios de prensa fueron algo más efectivos, aunque no lo suficiente; si bien la escuela fue limpiada, los niños del Reina de Suecia no pudieron iniciar sus clases el día que debían hacerlo.

Lo que ocurrió en Maipú es indignante. Sobre todo, porque no se trata de una excepción. En la última década, las discusiones en torno a la educación escolar han girado alrededor del acceso y la calidad, dejando de lado el problema de la dignidad de la experiencia escolar. Como si hubiéramos olvidado que la chispa que el 2006 dio inicio a una década de protestas estudiantiles, vino del colegio Carlos Cousiño en Lota: una escuela bautizada como “el liceo acuático”, donde las goteras y filtraciones en techos, ventanas y murallas tenían a estudiantes y profesores, literalmente, con los pies en el agua. Doce años después, la tristemente famosa intervención de un ministro de educación llamando a las escuelas a hacer bingos para reparar sus techos rotos, reveló que el del colegio Carlos Cousiño no fue un problema aislado ni, mucho menos, uno resuelto. Peor aún, sus palabras reflejaron la escasa importancia que tantas autoridades dan al que haya niños y niñas estudiando en condiciones simplemente indignas. “¿Por qué no llevan escobas y limpian ellos las fecas de ratón antes de entrar a clases?” probablemente les habría dicho hace una semana, el ahora ex ministro, a los alumnos del Reina de Suecia.

Hoy, muchos de quienes rasgan vestiduras ante el número de horas pedagógicas no realizadas por protestas estudiantiles, parecen ignorar conscientemente la cantidad de clases que año a año se pierden porque una escuela no está en condiciones de recibir a sus estudiantes. O peor aún, consideran esto como algo que debe aceptarse así sin más. Como si el que un niño no entre a clases porque su liceo está en toma fuera lo indignante y no el que lo envíen de vuelta a su casa porque el baño no tiene agua, porque el casino no posee las condiciones higiénicas mínimas para alimentarlo o porque un profesor ha jubilado y la Dirección Municipal lleva meses sin contratar a otro que lo reemplace. Lo peor, es que el mayor daño causado por estas condiciones de indignidad escolar no son siquiera las clases pérdidas. Lo peor, es el sentirse olvidados. Lo más indigno de las condiciones en que están muchas de nuestras escuelas es cuando sus estudiantes ven en los medios a figuras públicas llenándose la boca con la importancia de la educación y el cómo hará surgir en la vida a quien la aproveche, para luego levantar la vista y ver que a ninguno de esos personajes parece importarle las ventanas quebradas de su escuela, las salas sin materiales, la enfermería en la cual ni siquiera hay un termómetro para tomar la temperatura si algún compañero se siente mal. Olvidados como los alumnos del Reina de Suecia, como los del Carlos Cousiño, o como los del Liceo Miguel Luis Amunátegui, que en el 2013 vieron arder el edificio decimonónico por el que entraban todos los días a clases y que esperaron años a que la compañía de seguros, la Municipalidad o alguien, quien fuera, les diera una respuesta. Esperando y esperando, mientras intentaban  aprender algo allí, junto a ese edificio patrimonial calcinado que algún día había sido de ellos y que, como ellos también, seguía ahí, de pie y a la espera, pero totalmente olvidado.

Si queremos hablar de educación, de justicia, de calidad, necesitamos hablar primero de la dignidad escolar. Más en estos días en que el gobierno ha querido tramposamente promover sus lógicas de mérito y competencia al interior de nuestras escuelas. En este escenario es tan importante el recordar que la dignidad humana no se gana ni depende de nuestros logros o éxitos, sino que es inherente a los seres humanos y fundamento primero de nuestros derechos esenciales. Como tal, garantizar la dignidad de nuestros y nuestras estudiantes no es sólo una opción; es el primer imperativo con el que debe cumplir nuestro sistema educativo. Por eso es que algunas autoridades ministeriales y municipales harían bien en recordar que la educación no es solo la obtención de buenas notas, sino una experiencia fundante de la biografía de cada individuo y de nuestro devenir colectivo como sociedad. Harían bien además en recordar que la educación no es un caballo de batalla que puedan usar a su conveniencia a costa de la dignidad de estudiantes, profesores y apoderados. Y ciertamente harían muy bien en recordar, que mientras se van de gira por el país para promover sus agendas ideológicas o hacen campaña política con los materiales escolares, hay niños, niñas y jóvenes que siguen lidiando día a día con salas llenas de caca de ratón.

Rodrigo Mayorga
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