‘El cigarrito’ lanza combos como puede. Una, dos, tres, cuatro veces, con los guantes negros. Esquiva otros golpes rápido. Es más delgado que su contrincante. Tiene la mirada fija, quizá un poco extraviada. No está ahí porque quiere.

-¡Le pone el Velázquez, le pone el Velázquez!-, dice uno de sus compañeros del grupo de conscriptos que está alrededor, burlándose de la situación. Todos se ríen.

Con escasa pericia, en menos de un minuto logra noquear a su compañero con un derechazo. Pero la cara de dolor de su contrincante lo impulsa a detenerse. “Basta, basta”, dice. ‘El cigarrito’ se abruma, lo abraza y se va.

Ese es uno de los registros que se viralizó en las redes sociales después del suicidio de Marco Velázquez (18), apodado por su compañeros como ‘el cigarrito’, por su compulsiva forma de fumar y pedir cigarros. Otros videos muestran una pelea donde es golpeado y otro ataque con arma blanca de un conscripto a un compañero de Marco. Todo ocurre en Escuela de Caballería Blindada de Iquique.

-A esas cosas te obligaban. Ese video de la pelea se grabó en el baño, en el segundo piso, y si no participabas en esas cosas, te pegaban entre todos-, recuerda ‘B’, amigo de Marco, un desertor que huyó dos semanas antes del suicidio de su compañero.

‘B’ dice que como él, se escaparon otros 15. Recuerda que ese día Marco no quiso huir para “no manchar sus papeles de guardia”. ‘B’ se cambió de ropa y tomó una micro hasta su casa sin mirar atrás. Esa hora de trayecto se le hizo eterna, y aún le pesa que su amigo no se haya ido con él. “Vámonos, perro”, le dijo tantas veces. Por eso, cuando se enteró de la noticia del suicidio de Marco, sintió como si le arrojaran un balde de agua fría sobre su cabeza. Allí estaban los recuerdos de su amigo, el que dibujaba, el que era callado, el que le pedía su celular para sacarse “selfies”, porque a ratos se sentía orgulloso de su decisión.

‘B’ envía una foto de Marco donde posa contento con su uniforme de combate. Parece un niño-soldado y así lo recuerda su amigo. Pero también sabe que estaba harto de las golpizas, las peleas, de toda la violencia que, él cree, lo fue consumiendo.

-A veces, veíamos cosas que los compañeros hacían, cosas con las que quedaban más alterados, tomaban pastillas y droga. A veces era cocaína. Una vez los chiquillos inventaron que el Marco se había robado tres celulares. Lo trataron de mentiroso y ladrón, pero fue solo para pegarle. Entre todos lo golpearon con palos, mientras él estaba en el suelo-, recuerda, con una voz que se oye nerviosa al otro lado del teléfono.

Marco Velázquez González era el menor de cuatro hermanos. Su madre, Claudia González, se gana la vida haciendo trabajos de peluquería, sobre todo alisados de queratina; su papá, Marco Velázquez, es chofer de micro. Oriundo de la población Parque Oriente de Alto Hospicio, el sueño de Marco era hacer una carrera militar. Postuló a la Escuela de Suboficiales cuando aún tenía 17 años, pero no aprobó las pruebas psicológicas, porque supuestamente no tenía madurez mental para el proceso.

Después de un tiempo se presentó como voluntario para el Servicio Militar, en abril del 2018. Aún menor de edad, pasó cada uno de los exámenes médicos y de salud mental. En junio de ese año fue la ceremonia de la entrega de armas a la que asistieron sus padres y su hermano mayor Germán. Todos estaban orgullosos, era la promesa de un futuro mejor.

En la querella que la familia presentó el 21 de marzo en el Juzgado de Garantía de Iquique, se narran los primeros acontecimientos que habrían empezado a afectar al joven. Se menciona que si bien podía ver a su familia con regularidad, apenas pasaron un par de meses empezó a cambiar de actitud. El entusiasmo inicial se convirtió en una tristeza que se fue volviendo más intensa. Pasaron largos periodos sin verlo por las constantes “faltas disciplinarias”. El joven se guardaba las situaciones que vivía en el regimiento, pero dejaba entrever algunas cosas a su hermano Germán, con quien tenía más confianza. A él le contó sobre las peleas, la violencia física y psicológica de parte de sus pares y superiores.

Marco Velázquez

En la querella, se describe el cotidiano de las exigencias, los ejercicios de fuerza extrema, que terminaban con vómitos, falta de sueño, lesiones en el cuerpo; también que los cabos favorecían a ciertos reclutas sobre otros. Castigos como no comer, ser mojados con agua fría y golpes que se iban volviendo una rutina.

El día del suicidio, Marco llevaba cinco jornadas seguidas de guardia.

Las peleas de box eran un ritual, una forma de resolver las diferencias ente los reclutas, algo que habría estado en conocimiento de sus superiores. Peleas que además -dice el documento- se daban para tener más beneficios. Entre los castigados tendría que haber un vencedor. Prácticas que hablan también de cómo entre ocho conscriptos patearon a un compañero dentro de su saco de dormir, de un joven que apagó un cigarro en la cabeza de un “camarada”, en presencia de sus superiores y de las drogas que se ingresaban dentro de los zapatos.

Una de las peleas escaló a tal nivel que un conscripto le reventó la mandíbula a unos de sus compañeros. También se narra la tradición de golpes de sus superiores usando los “cogotitos” (golpes secos con la palma de la mano en el cuello de los conscriptos) los parches rojos (dejar marcada la mano en la piel) y golpes con tablones en la canillas, por parte de los cabos. Marco fue víctima de todos esos “correctivos”.

En víspera de Fiestas Patrias, estaba contento porque saldría a festejar con su familia, pero fue castigado e instado por unos de los cabos a enfrentarse a golpes con uno de sus compañeros. Lo tomaron de los brazos para que fuera golpeado por su contrincante. Perdió sin tener la oportunidad de defenderse.

-Le hacían bullying, lo trataban de ladrón, de loco, que no sabía hacer nada. Dos semanas antes de que se muriera le dije: ‘hermano, vámonos, acá nos tratan como animales’. Pero él me dijo que no quería, que iba a quedar con los papeles manchados, que prefería seguir-, recuerda su amigo.

En junio del año pasado se conoció el caso de otro conscripto que había sido golpeado y abusado sexualmente por parte de sus compañeros en la Brigada Motorizada N°1 de la Región de Antofagasta. La denuncia terminó con la baja a ocho conscriptos que cumplían su servicio militar obligatorio. Semanas después, en el mismo lugar, otro conscripto fue golpeado brutalmente por sus camaradas.

Rodrigo Bustos, jefe de Unidad Jurídica del INDH, se refiere a esta especie de ola de casos que se han conocido este último tiempo, donde incluso han recibido denuncias implicando oficiales y suboficiales del Ejército.

-Son casos que ya se van acumulando. Creemos que se deben adoptar medidas más integrales y actualizar protocolos de una manera que se resguarde la salud física y psíquica de todas las personas, en particular, de las conscriptas que se encuentran en una situación desigual-, comenta.

De hecho, el 25 de marzo se conoció la noticia de un soldado de tropa de la 1ª Brigada del Ejército “Coraceros” de Arica que suicidó saltando al vacío desde la cima del Morro. Tenía veinte años.

Ya en el 2016, el INDH presentó una querella por torturas presuntamente cometidas por miembros del Ejército a un conscripto, mientras éste se encontraba cumpliendo su servicio militar en el Regimiento Reforzado N°4 Rancagua, de la ciudad de Arica. Y así hubo otros casos. El año pasado se presentaron dos querellas, una en Arica y otra en Calama; la primero por malos tratos y torturas y una segunda por violación. Desde 2017 a la fecha, el INDH ha presentado cuatro querellas por casos similares y un amparo constitucional en el marco de abusos y maltratos en el Ejército. El caso de Marco Velázquez, en tanto, se sumará a ese registro, pues el organismo ya decidió que también se querellará.

 

Marco está formado frente a sus compañeros, pide permiso para ir al baño y se lo niegan, quizás no aguanta el escozor de una infección urinaria que tiene de hace días, producto de haber sido mojado en uno de los tantos castigos. No aguanta y se orina frente a todos. Ese fue uno de los episodios que más lo marcó, según su amigo.

La última vez que tuvo contacto con su madre, fue el viernes antes del suicidio. Le dijo por Messenger que al final de ese fin de semana tampoco podría salir. Según su tío Eduardo González, Marco se sentía encerrado. Como era el regalón de su familia, cada vez que su padre podía, iba en la micro a dejarle sándwiches y cinco mil pesos. Pero últimamente le habían prohibido hasta esos acercamientos.

-No lo dejaron ver a su papá en esos ratos, recibir esa platita que le dejaba, que lo saludara y así se fue deprimiendo. Antes de su muerte mi hermana pensaba llevárselo a Concón para que empezara una nueva vida, lejos de todo-, recuerda Eduardo.

La primera vez que Marco se intentó quitar la vida, fue el 21 diciembre del año pasado. La familia solo sabe que “pasó bala” en medio de una guardia y trató de matarse apuntando su fusil dentro de su boca. Pero otro conscripto lo encontró y trató de detenerlo.

Fue trasladado a urgencias del Hospital Regional Doctor Ernesto Torres Galdames, de Iquique. Su diagnóstico fue ideación suicida y estuvo internado hasta el día 24 de ese mes. Egresó con el diagnóstico de “Enfermedad mental no especificada”, aunque en las observaciones aparece “Trastorno depresivo”. En las condiciones del alta se menciona “Juicio de realidad conservado sin ideación suicida”.

Marco logró pasar la Navidad con su familia y estuvo más contento. Días después, su padre habría pedido su baja del Ejército, pero en la querella se menciona que uno de los oficiales denegó esta posibilidad a pesar de los antecedentes. Si bien el compromiso había sido entregarle tratamiento psicológico, eso tampoco habría ocurrido.

El estado de ánimo de Marco ya se dejaba entrever en un post de Facebook  que escribió a las 13:06, del 5 de marzo.

“En el encierro se ve el nivel de cordura de una persona y sus ganas por libertad… En la libertad su poca conciencia de valorar de ella”.

El 16 de marzo, a las 17.30 horas, ocho disparos encendieron las alarmas en la Escuela de Caballería Blindada.

Marco empuñó el fusil que cargaba como arma de servicio y disparó al sargento Fernando Zamorano y el cabo Pedro Benavidez. Luego se suicidó. Dentro de los audios de la comunicación interna en medio de la tragedia se escucha como sus compañeros dicen que ya no hay nada que hacer: “Un soldado conscripto pescó el fusil, mató al sub oficial de guardia y al comandante de guardia, compadre. Al Benavides le puso un tiro en la cabeza y al Zamorano le puso cuatro tiros, este hueón del oficial de guardia. Zamorano no alcanzo a sacar la pistola, hueón’”.

El primero en enterarse de la muerte fue su padre tras recibir un llamado desde la Escuela de Caballería. Claudia, su mamá, ya había visto las noticias en la televisión e intuía que algo malo le había pasado a su hijo.

-Fuimos todos para allá y mi cuñado salió y dijo  ‘ya lo vi, Marco está tirado en el suelo’. Nos quedamos hasta las 04.00 AM, Claudia se quería morir, pensó hasta en suicidarse, dejarlo todo, solo mis hermanas lograron calmarla- , confiesa Eduardo.

El 12 de marzo, a las 21:35, Marco Velázquez, ‘el cigarrito’, dejó un último posteo en la red social. Es una foto con el siguiente texto: “En el encierro for life”. La imagen la corona una frase de una canción del rapero venezolano Canserbero: “De la vida como una película y su tragedia comedia y ficción”. Al lado, se ven tres emoticones de corazón roto.