“Se quedó mirando a una tortuga
volcada, mientras pataleaba
e intentaba darse vuelta.

Por supuesto.

Por supuesto que no la ayudó”.

Me confieso antibíblico. A pesar de mi cercanía familiar con el judaísmo y con ello a lecturas y relecturas de pasajes viejos, nunca entré a ese texto –por lo mismo– con calma, admiración, ni mucho menos identificación. Quizás la clase de Zurita, quien nos hizo leer el Génesis dándonos cuenta de que era literatura, me pudo generar cierta apertura con esos nómades de oriente, pero fue justo al revés. Después de asumir que todas esas supersticiones –y sus influencias castigadoras– derivaban de una ficción, además habiendo tantos otros mitos originales entre los cuales podríamos elegir, me causó rechazo en vez de curiosidad.

Al ver personas de rodillas pidiendo perdón de nada a la nada me da escozor y trato de echarle la culpa a un libro, olvidándome que la causa es en realidad su lectura. Mi desprecio crece, alimentado por la contradicción, cuando alguna película como La tienda roja o La última tentación de Cristo me emocionan. Las referencias en literatura, como el invaluable Job de Roth, las entiendo. Todas las historias de las que me declaro independiente, por cuanto insista, están aquí dentro, funcionando simbólicamente, incluso en la provocación de mi rechazo. Me guste o no, llevo décadas inmerso en una cultura llenando mis pulmones del relato monoteísta. Lo aspiro, lo toso y ese mismo escupo es más fuerza que adquiere para su existencia.

La Biblia permanece desde cientos de años en generaciones que no pudimos elegir. Hoy, no tan de otra forma, gamers hijos de Candy Crush, Pokemon Go o cualquiera de los millones de videojuegos que se multiplican como una epidemia en diversas plataformas de distribución, tienen la noción de que antes solo hubo uno. Aquellos jóvenes que hoy pueden en dos clicks cambiar desde mundos tridimensionales escritos por sendos escritores a simulaciones de juegos de fútbol con la cara real de Neymar Jr., no conocen pero comprenden que alguna vez la delirante historia de un plomero italiano fue la única. Probablemente no se imaginan su precariedad, no son capaces de concebir a los hermanos Mario sin los detalles que luego las nuevas máquinas les pudieron entregar, no vivieron la experiencia que tuvimos en medio del desierto de los noventa, como un Jesús obsesivo, persistiendo en la oscuridad de apretar solo dos botones y recolectar monedas para nada, o para el mundo que se nos plantaba en la proximidad fuera de las pantallas y de nuestra juventud. Aunque los más nuevos no lo vivieron, la mayoría tiene conciencia de las tierras lejanas y áridas donde se pusieron las primeras piedras pixeladas de la civilización.

La historia de Mario y Luigi se erige en el comienzo como un capítulo del Génesis de algo que fue solo nuestro. Ahí estamos, sin estatura, sin barba, adheridos a la pantalla de un televisor cúbico, con los ojos llorosos por no irnos a dormir, luchando con toda la fuerza de nuestros pulgares para evitar la muerte en manos de tortugas flotantes, plantas carnívoras o directamente cayendo en un abismo o perdiendo el tiempo como la más inusual forma de terminar con este juego de ocio. La aventura se emprendía para rescatar a una princesa y la volvíamos y volvíamos a ejecutar, desde la primera etapa, desde el primer capítulo, releyendo cada pasaje, aprendiéndonos de memoria todos los versículos hasta que ya fuera un conocimiento instintivo y pudiéramos gastar nuestros esfuerzos en los mundos consecutivos.

Ennuigi no solo es un regreso al mito original, sino que lo actualiza a una mirada profunda, existencial y dolorosa que pertenece a los adultos que hoy somos, y que fuimos los primeros jugadores de Nintendo. De alguna manera, Mario nos acompañó toda la vida, no como un Dios, pero sí como un relato que nos permite recordar los primeros días de gloria, cuando nos bastaban esos elementos inconexos, esos rasgos generales como en los relatos bíblicos, para entrar en otro mundo que probablemente terminábamos de imaginar con la esperanza de conocerlo mediante nuestra fe en la batalla final.

El Ennuigi vuelve sobre nuestro pasado, retoma las historias que nos contamos alrededor del fuego de la televisión por antena y nos invita a regresar a ese pequeño hogar, a encontrarlo ahora como lectores, como poetas, como gente que ha vivido y ha sufrido, que ya tiene viejos amigos y una perspectiva bastante más honda que a los ocho años de edad. ¿Qué explica la presencia de todos esos animales y tubos y callampas? ¿Cómo dimensionar la soledad del segundo player, que sólo mira para participar de vez en cuando? ¿Para qué sirven las monedas en un mundo de hongos que te hacen crecer o revivir? ¿Por qué Mario quiere destruir todo lo que hay en ese sueño? ¿Debe Luigi seguirlo sin razón? ¿Siempre será así la vida, cada día, recomenzar sin memoria, sin la posibilidad de marcar página -o grabar- ni avanzar en los relatos que nos contamos a nosotros mismos?

Mario está decidido a triunfar desde el primer momento en que apretamos start. Así empezamos muchos, sin saber por qué saltar sobre las cosas pero haciéndolo, y hemos seguido recolectando monedas, consumiendo flores de vez en cuando, callampas incluso, persiguiendo a nuestra princesa, imponiéndonos el Bowser que nos espera en algún lugar mientras somos perseguidos por el margen izquierdo del tiempo.

Luigi es el observador. Luigi de alguna manera es una literatura con un valor que los mitos más antiguos se negaron en virtud del poder de su influencia: detenerse, poner pause y dejar de actuar –adorar–, ver la infancia difuminarse en colores primarios, como la muerte de una tele vieja y, ante un Mario loco que pisoteó el planeta para izar su bandera, prenderse un pucho y preguntarse: ¿por qué?

Ennuigi
Josh Millard
Libros Tadeys

120 páginas
Precio de referencia $11.900


Simón Ergas, escritor y editor

Periodista