Deustchland, Alemania en español, es la primera canción del álbum que la banda de metal industrial Rammstein lanzará al mercado el próximo 17 de mayo. No bien se estrenó en el sitio oficial, a las 6 de la tarde del jueves 28 de marzo, como se venía anunciando, recibió medio millón de visitas en los primeros treinta minutos, euforia que contrastó con las displicentes reacciones políticas, que no estéticas, anticipadas por sus detractores.

Le imputaban discriminación antijudía a raíz de una escena de 30 segundos en el video de casi diez minutos. En la breve secuencia aparecen los integrantes de Rammstein vestidos con uniformes a rayas y con sogas alrededor del cuello en el campo de concentración de Mittelbau-Dora. Dos de los personajes son judíos, el tercero es homosexual, y el último, un preso político. Tienen al frente a sus verdugos nazis.

Una representante de la comunidad judía declaró que Deutschland había cruzado los límites. Otra autoridad judía se quejó del uso mercantil que el video daba al Holocausto, agregando que ello rebajaba el valor de la memoria, promovía el prejuicio y naturalizaba el antisemitismo. Y el vicepresidente del Comité Internacional de Auschwitz, simplemente lo despreció quitándole toda relevancia ética y estética.

 

Memoria o negacionismo

Pero Deutschland es más que estos 30 segundos. Es más irreverente, más provocativo y más descarnado que las imágenes censuradas por las comunidades judías. Es la totalidad del video lo que hace que las críticas pierdan vigor y elocuencia, pues es el conjunto de la trama lo que transfigura el significado del segmento que motiva su repudio.

Deutschland, en versión Rammstein, es el psicodrama de Alemania desde sus orígenes, en el siglo primero, hasta nuestros días. Es una alegoría que resume momentos oscuros y repudiables del pasado germano. No pretende ser la historia académica de Alemania, menos su historia oficial, sino la remembranza, la puesta en escena de las sombras que perviven junto a las luces más claras y amables, las creaciones artísticas e intelectuales, las leyendas atávicas, las tradiciones y las epopeyas de un relato tenido como memoria.

La secuencia se inicia con las hazañas de Arminio, joven ciudadano romano de origen querusco que se rebela contra el imperio tomando partido por las tribus germanas el año 9 y que, más tarde, quizá por obra de Martín Lutero, se convierte en Hermann, el guerrero que desafía a Roma. Pero continúa transitando por las cruzadas, por las luchas entre católicos y protestantes, por los campos de concentración nazi, por las ejecuciones, por la quema de libros, por la división geográfica y militar que trajo la Guerra Fría, por Mayo del 68, por la Baader-Meinhof, o por la imagen de Marx. Satirizando la pureza aria, Germania es negra —la interpreta la actriz de teatro Ruby Commey— y su destino es dar a luz un perro.

¿Qué canta Till Lindemann, el talentoso vocalista del grupo?

«Tú has llorado mucho/ separada en espíritu/ unida en el corazón/ nosotros/ hemos estado juntos por mucho tiempo/ tu aliento frío/ el corazón en llamas…» Mientras, el coro replica: «Alemania/ tu amor es una maldición y una bendición/ no puedo darte mi amor».

Deutschland no es un relato negacionista o antisemita. No podría serlo en una banda procedente del este europeo que se ha declarado antifascista. Deutschland es más bien el crisol donde se agitan las contradicciones de una identidad que demanda para sí reconocimiento y legitimidad de los alemanes contemporáneos; la eterna búsqueda de un nosotros de las naciones tardías.

El reflejo de la memoria

Por eso Deutschland podría ser el reflejo de nuestra propia memoria histórica, que, si nos deja algo inimputable, es precisamente aquel pasado inexpugnable, el del Chile no incorporado a nuestra retentiva, el de sus orígenes precolombinos, allá por el 12.800 antes de la era cristiana.

Pero, en los últimos cinco siglos, ¿qué tan lejos estamos del psicograma de Rammstein? A partir de la Conquista puesta de relieve con el exhorto del presidente mexicano a la Corona española y al Estado Vaticano, ¿qué tanto de la distopía o antiutopía exhibida en Deutschland?

¿Qué más provocativo puede haber que la figura de Galvarino pintada por Siqueiros en el mural Muerte al Invasor que se conserva en Chillán? ¿O tal vez la pena de muerte aplicada a Caupolicán? ¿Quizá el destino final de algunos de los llamados padres de la patria, como José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez?

Los elementos para un guión y una representación semejantes no serían pobres en racismo, clasismo, dominación, fobias, violencia, tortura, exilio y muerte. Brotarían con brutal y contradictoria espontaneidad. Así, sobre el fondo luminoso de nuestro himno nacional podría verse proyectada la fisonomía de Chile como una loca geografía, según la polémica afirmación de Benjamín Subercaseaux.

«Puro, Chile, es tu cielo azulado/ puras brisas te cruzan también/ y tu campo de flores bordado/ es la copia feliz del Edén», dice la más conocida estrofa, cuando los registros históricos anotan su fatal paradoja: las tropelías de los pelacaras, los enfrentamientos de la Sociedad de la Igualdad, la batalla de Loncomilla, la Guerra del Pacífico que anexiona territorios de Bolivia y Perú, la colonización del wallmapu y la guerra civil de 1891 con sus miles de cadáveres. En los albores del siglo, el genocidio selknam, las represiones de mayo de 1903 en Valparaíso, octubre de 1905 en Santiago, febrero de 1906 en Antofagasta, diciembre de 1907 en Iquique, 1919 en Puerto Natales, 1920 en Magallanes, 1921 en Antofagasta y 1925 en Iquique.

Luego, la tiranía de Ibañez, temprana réplica criolla del auge de Hitler y Mussolini en Europa, el crimen del Seguro Obrero de 1938, cuando perecieron 59 jóvenes ejecutados por Carabineros, y la persecución desplegada contra los comunistas. En fin, los horrores cometidos durante la dictadura, coronación monstruosa del peso de la noche que, secularmente, ha sostenido el orden social excluyente y opresivo en Chile.

Como en Deutschland, del amor de Chile puede decirse que es una maldición y una bendición a la vez, a lo mejor una pasión no correspondida, sin que esto entrañe un exceso de la libertad de opinión y de pensamiento, aquella disimulada claraboya por donde suele colarse el negacionismo.

 


Politólogo y Economista