En este mes de abril, Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, controladores del Grupo Penta, inician, en la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), clases de ética empresarial. Es parte de la condena, luego que se les hallara culpables de financiamiento ilegal de la política y de delitos tributarios. Difícilmente esta sanción los convertirá en mejores individuos para nuestra sociedad.

Los delitos cometidos por los controladores de Penta han sido de los más graves que ha incurrido el mundo empresarial en nuestro país, con impactos institucionales y políticos insoslayables. El accionar de Délano y Lavín debilitó a Impuestos Internos, puso en jaque la honestidad de parlamentarios de gobierno y la oposición y afectó seriamente la credibilidad empresarial. Además, los dos fiscales que iniciaron el proceso, Carlos Gajardo y Pablo Norambuena, se vieron obligados a renunciar como resultado de las presiones políticas y empresariales sobre la Fiscalía Nacional.

Las clases de ética, incluida la denominada Responsabilidad Social Empresarial (RSE), resultan discutibles y algo irrisorias. Délano y Lavín difícilmente podrán tener un comportamiento más decente en nuestra sociedad, acostumbrados a una cultura empresarial aprendida en dictadura, con un modelo económico, con escasa regulación estatal y que privilegia los intereses de las grandes empresas antes que de los trabajadores y consumidores.

El modelo económico chileno ha coartado la sindicalización y el derecho a huelga y virtualmente no existe negociación colectiva; se permite la libre explotación de los recursos naturales; se aplican impuestos regresivos a los contribuyentes y exenciones a los grandes empresarios; se ha convertido en negocio la educación salud y previsión social; y, se han reducido al mínimo las funciones del Estado. Ello explica las inmensas desigualdades que caracterizan a nuestra sociedad.

En consecuencia, la RSE resulta un engaño a la sociedad mientras no existan regulaciones claras y sanciones estrictas para los empresarios abusadores. La ética de los negocios y en particular la RSE parecen, más bien, estar dirigidas a construir un maquillaje, para dulcificar la imagen de las empresas, vender más y convencer mejor.

En realidad, la denominada RSE emerge precisamente en momentos de auge de los paraísos fiscales, de las “contabilidades creativas”, de las escandalosas remuneraciones a altos ejecutivos y, muy especialmente de la explotación de mano de obra barata en los países asiáticos.

Por cierto, no se debe renunciar a la ética. Esta debiera estar presente en toda sociedad, y especialmente en la economía y en la política. Pero no se puede poner la carreta delante de lo bueyes. Si se desea un comportamiento civilizado de los empresarios hay que empezar por recuperar el Estado para la sociedad e instalar un sistema regulatorio que favorezca una efectiva competencia y una legislación que sancione duramente los delitos del empresariado contra el Fisco, contra los consumidores, trabajadores y el medioambiente.

En Chile, como en gran parte del mundo, ha crecido el peso de la economía y el poder de quienes la controlan. Al fortalecerse el poder económico éste exige mayor autonomía respecto de las demás dimensiones de la vida, habiéndose instalado la idea que las leyes económicas son incuestionables e independientes de las decisiones de las personas. En estas condiciones, la política y el Estado se han debilitado y, en vez de servir para compensar las desigualdades propias de los mercados, se convierten en instrumentos del poder económico. Ello explica la captura de políticos por el empresariado y la consecuente corrupción.

Al caso Penta se agregan el de Soquimich, la colusión de las farmacéuticas, de los pollos, la estafa de La Polar. Todos ellos son emblemáticos de la agresión que se comete en Chile contra los ciudadanos y las instituciones republicanas. Y esto se produce porque existe un Estado frágil frente a los poderosos, cuyo discurso del crecimiento, coloca en segundo lugar las desigualdades, y no enfrenta el desequilibrio entre empresarios y la ciudadanía.

Mientras no se modifique el modelo económico, y el rol del Estado en la sociedad, no habrá justicia igual para todos. Las clases de ética difícilmente mejorarán el comportamiento social de Délano y Lavín.


Economista