Comienzo con un fragmento que quedó grabado en mí hace algunas semanas, en una entrevista realizada a Felipe Berrios por TVN, respecto a la víctima que denuncia a Renato Poblete perteneciente a la Compañía de Jesús, y que dice así: “hy una cultura de tapar, de centrarnos más en quien pedía perdón, que en quien fue agredido y espero que avancemos en eso”.

Creo que estas simples palabras vienen a resumir muchas pretensiones de las denuncias realizadas por tantas personas que se han acercado a exponer la palabra abuso en los obispados y parroquias de Chile en las últimas décadas, y a quienes “se les ha tomado su denuncia” sin investigar con mayor exhaustividad. Sin embargo, al pasar el tiempo se dieron cuenta que su acción ha sido infructuosa, pues no han obtenido una respuesta satisfactoria a su requerimiento o, por otro lado, se encuentran con que a los abusadores se les da una sanción sin mayor trascendencia como, por ejemplo, un traslado de parroquia, suspensión del Ministerio Público; tal vez se les prive de confesar a los jóvenes por un tiempo corto o de cambiar a una carrera de docencia en el seminario.

Todas estas medidas no son reparatorias. Por lo contrario, sólo logran generar en las víctimas un sentimiento de frustración, pues no se le ha prestado la seriedad a la denuncia de abuso, generando decepción y miedo de que esto seguirá ocurriendo a otras personas. En vez de ayudar al sacerdote a darse cuenta de su problema afectivo y enmendar, se le encarga incluso la formación de los demás.

Quiero centrarme en las víctimas y, en especial, en nosotras, mujeres que no necesariamente somos menores de edad, pero que compartimos el hecho de haber sido víctimas de abuso de poder, de conciencia y que, muchas veces, esta vulneración ha llegado a un plano sexual. Es por ello que, desde una perspectiva muy personal, explicaré cómo llegan a ocurrir estas situaciones de abuso.

Hace ya algunos años, mientras estaba pasando por momentos de mucha confusión por lo que me ocurría con un sacerdote de mi parroquia, decidí contárselo a un amigo, el cual me decía: “piensa, ¿una mujer con dos dedos de frente se involucraría afectivamente con un sacerdote?” Mi respuesta inmediata fue: “no, nadie en su pleno juicio lo haría”. Allí me di cuenta que lo que vivía no era una historia de amor, sino una manipulación de conciencia.

Esto es así, porque la mayoría de nosotros sabemos, por cultura general, que la orden sacerdotal y religiosa conlleva votos de castidad, donde los creyentes católicos asumimos que se le prohíbe al sacerdote tener esposa o tener relaciones sexuales en su ministerio. Más allá de que debieran casarse o no, la jerarquía de la Iglesia de Roma no ha aceptado relaciones afectivas en este sentido, por lo que mantener relaciones sexuales como sacerdote, es un delito grave en el derecho eclesiástico. Con esta certeza de ambas partes -sacerdotes y laicos/laicas-, surge la siguiente interrogante: ¿por qué hay tantas mujeres involucradas con sacerdotes?

Quizás se considere poco frecuente que algo de esta naturaleza pudiese ocurrir. Lo atribuyo a que se ha invisibilizado estos temas y, peor aún, a las mujeres vulneradas. Generalmente, son mujeres que de alguna u otra forma están involucradas en actividades de esa misma comunidad, que van a misa todos los domingos, dictan catequesis, están en el coro y tienen una vida abnegada al servicio. Incluso, algunas son jóvenes con alguna inquietud vocacional religiosa, quienes buscan un guía espiritual. A esto se agrega el hecho de haber sido testigo de innumerables mofas respecto de estas situaciones, donde gran parte de la comunidad sospecha o tiene alguna certeza de estos actos deplorables, no obstante, nadie hace nada al respecto.

Asumo que la relación que se establece entre estas dos personas, considerando lo que me ocurrió, es de una gran dependencia emocional; también conocida como una relación de apego. Muchas de nosotras hemos experimentado esto con algunas parejas, pero en este caso particular es ética y canónicamente reprochable, pues existe un trato asimétrico, donde el eclesiástico tiene poder de autoridad respecto al laico; paradójicamente la misma autoridad de enseñar y cuidar de su pueblo. En este sentido, el sacerdote tiene una mayor responsabilidad por sobre su comunidad.

Luego de generarse una relación más profunda, me refiero a que el sacerdote crea lazos de excesiva confianza, donde ella, en el marco de una conversación espiritual, relata parte de su vida, y el sacerdote poco a poco comienza a conocer algunas fragilidades, las que puede aprovechar. Ella se siente distinta y especial, ya que un hombre como él, con tanto qué hacer y pensar, se ha tomado el tiempo de escucharla, entenderla y consolarla. Los lazos se estrechan, hay emociones y sentimientos brotando, hasta que ella se enamora y ya la voluntad no existe y, además, por la misma manipulación de conciencia, se siente dominada en todo su ser.

Allí todo es más accesible para él, aunque tiene momentos de conciencia que le permiten pensar que lo que hace está mal. Pero se mantiene por supuesta “debilidad”, “confusión”, y porque “se debe callar por amor a la Iglesia”. Es probable que esa mujer, ya sea por culpa o por vergüenza, se silencie y que, al mismo tiempo, por sus sentimientos no quiera perder a este hombre. Sin embargo, el amor de verdad no soporta el silencio, vive en la libertad, es público, no se limita exclusivamente a cuatro paredes con juegos de seducción.

Considero tan lamentable esta situación, porque sea por ignorancia o poco amor propio, se “peca de ingenua”. Es un círculo de abuso, de confusiones, de que en un momento te sientes en las nubes y en otro estás hundida en el barro. Es un estado de fragilidad, donde parece que cualquiera que quisiera intentar hablarte, genera conmoción y te quiebras como la porcelana al caer.

Yo estuve mucho tiempo tratando de comprender qué sucedía, pero no podía hablar, no sabía cómo explicarlo, me daba mucha vergüenza. Luego de meses de lucha conmigo misma y después de que todo ocurrió, caí en la tristeza más profunda, no quería ni acercarme a mi parroquia y me alejé de todo lo que amaba, incluso descarté de plano aquella vocación religiosa que alguna vez tuve en mi vida. No me reconocía, no sabía quién era ni qué buscaba. Todo se rompió, deseé muchas veces desaparecer, incluso tuve ideación suicida. Justo en ese momento me animaron a denunciar, y acudí donde el Obispo, el cual fue muy poco empático, pero me ofreció apoyo psicológico, lo acepté y creo que fue la mejor decisión.

Para mí fue doloroso y sanador darme cuenta de lo valiosa que soy como mujer, pero al mismo tiempo me reconozco muy vulnerable; tengo carencias, fragilidades afectivas importantes, las que el sacerdote en cuestión, utilizó en su beneficio. Comprendí que existen algunas características que tenemos las mujeres para generar dependencias, tales como una baja autoestima, el ser introvertidas, poseer conciencia culposa, ser inseguras, lábiles emocionalmente, reservadas (no querer o no saber cómo comunicarse), y puede o no, que hayamos vivido en la niñez algún tipo de abuso psicológico y/o sexual. Todo esto lo cargamos por años y si a esto se agrega el estar inmerso en un “ambiente de Iglesia”, es muy probable que lo estemos viviendo o lo hayamos experimentado.

Es tan delicada y delgada la línea en que ocurren estas situaciones, entre lo que es abuso de poder y una relación amorosa consentida, que se puede llegar a presumir que existe plena conciencia de lo que se realiza entre adultos, pero la mayoría de los casos no corresponde a una relación entre iguales, por la vulnerabilidad histórica de la víctima y porque la relación se vive en silencio. Aun así, se han normalizado estos hechos, como parte del “discernimiento vocacional del sacerdote”. No debe ocurrir y es necesario dilucidar cada escenario para dar respuestas asertivas para el bien de muchas mujeres y de la Iglesia.

Papa Francisco, con todo respeto y devoción, creo que usted tampoco debe descartar ni dejar de condenar este tipo de abusos de poder, que terminan en relaciones afectivas y sexuales que dejan huella para toda la vida. Deseamos sanarnos y vivir dignamente. Ya no queremos escapar de nuestros círculos, por miedo a que no nos entiendan, no nos crean o nos juzguen, porque no somos las que “se insinuaron al sacerdote de la parroquia y ellos débilmente cayeron” y que por el “qué dirán” callamos.

Sabemos que el conducto correcto es a través de la justicia eclesiástica y apoyo centrado en las víctimas. Confiamos en que atenderá nuestro grito desesperado, se lo pedimos nosotras, la Iglesia femenina de Chile que vive en el servicio y la esperanza de un futuro mejor.

Queridas mujeres, esta reflexión es un llamado a ustedes, que tal vez han sido vulneradas afectivamente como yo, o que pueden estar pasando por hechos delictuales y reprochables de parte de sacerdotes o clérigos, que no quieren hacer públicas sus denuncias ante la sociedad, pero que desean que la Iglesia haga justicia para sanar su dolor de ser tratadas como objetos y no como personas. A todas las llamo a solidarizar en sororidad con las que sí vivimos este tipo abuso y necesitamos que logren empatizar con estas situaciones y puedan acoger sin prejuicios, y darse cuenta que este tipo de abuso, aunque sea muy sutil, sí ocurre.

¿Cuántas han quedado embarazadas y están solas criando a sus hijos con aportes de las diócesis, mientras el padre del niño sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal y no se hace cargo?, ¿cuántas hoy viven asustadas y deprimidas por no saber qué hacer con tanto dolor, queriendo morir?, ¿cuántas siguen luchando y cayendo en otras relaciones de apego, sin poder salir de ellas, deseando que las amen de verdad? y ¿cuántas pueden dar testimonio de que con la ayuda necesaria sí se puede salir adelante, decir que se aman verdaderamente y así sanarse?

Faltan muchas mujeres que se atrevan a denunciar y cada Obispado debe hacerse cargo de cada víctima con la ayuda psicológica y espiritual que ellas requieren, así como también agilizar las investigaciones previas y juicios para dar una solución definitiva al delito cometido. Que no haya que presionar de manera mediática o generar escándalo público para apurar los procedimientos y tener sanciones justas. Porque la exposición a los medios puede vivirse como otra vulneración, ya que no todas las personas quieren o pueden exponerse así.

Además, se debe acoger a las mujeres, darles acompañamiento, seguimiento, y un proceso eclesiástico claro y profundo, donde se tomen en cuenta las vulnerabilidades emocionales y psicológicas que sostienen la mayoría de las víctimas, y asumir que el sacerdote ha cometido faltas, no solo a nivel sexual, sino también al valerse de las fragilidades de la otra persona para hacer y deshacer con ellas, para luego abandonarlas y marcarlas para el resto de la vida.

Es indigno, por todo el daño causado, que se le dé prioridad al acusado para que discierna su vocación todo el tiempo que desee, mientras tantas mujeres necesitan una respuesta para seguir con sus vidas en la verdad. Creo firmemente que, en este proceso de tanto dolor, se desea hablar, que nos escuchen, que nos acepten y que haya un respaldo a las víctimas. Vivir con miedo, culpa y vergüenza termina siendo destructivo e insano. Muchas mujeres abusadas ni siquiera quieren saber de la Iglesia, viven con ese estigma o callan por muchos años para así sentirse aceptadas por sus comunidades y entornos. Les aseguro que ni con toda la terapia a la cual podamos acceder, podremos sobrellevar esta realidad injusta con la que vivimos a diario.

Finalmente, pienso que es importante que todos y todas podamos abrir nuestra mente frente a estos temas, que la Iglesia se vuelque realmente hacia las víctimas y no al impacto mediático de la denuncia, como ha ocurrido en muchas ocasiones. ¡Aunque sea difícil, mujeres vulneradas, somos valiosas y auténticas, y para darnos cuenta de ello, es necesario vivir este proceso de sanación, amándonos libremente, para ir hacia adelante con la frente en alto y en la verdad!