En el año 2013, justamente en el período durante el cual la administración Obama decidía incorporar de drones en las tortuosas campañas de Iraq y Afganistán, el filósofo Grégoire Chamayou publicaba su libro Teoría del Dron. Como un homenaje al carácter intempestivo con el que pensamiento irrumpe en el presente, Chamayou ofrecía una reflexión en torno a las mutaciones inmanentes a la soberanía, una vez, que el dron se ha puesto en circulación.

La tesis central de Chamayou es que el nuevo dispositivo implica una mutación decisiva de la clásica concepción de la soberanía. Porque si ésta siempre fue pensaba en virtud de un complejo mecanismo de poder cuyo ejercicio siempre ponía en riesgo a los cuerpos en acción, el dron promete una silenciosa guerra en la que, por vez primera, el soberano podrá gozar de una inmunidad total mientras desata su vigilancia y destrucción.

Siempre el soberano podía destruir, reprimir, encarcelar a aquellos cuerpos que no se reconocían como súbditos o, si lo hacían, desobedecían sus leyes fundamentales. Pero al hacerlo, el soberano igualmente ponía en riesgo su propia consistencia. Debía exponer su cuerpo –en cuanto cuerpo político-estatal- al cuerpo que se pretendía gobernar. Y en ese juego, el soberano también podía resultar herido o, en el peor de los casos, muerto.

Pero –nos plantea Chamayou- ¿qué ocurre cuando quien ejerce la potestad de matar oculta su localización y, vigilando o lanzando misiles desde una perdida aldea de Afganistán manipula su dron desde un centro de operaciones secreto dispuesto en algún lugar de Arkansas? Si el ethos militar fue siempre articulado en función de la batalla contra el otro ¿cómo se desenvuelve esa misma ética en el contexto del nuevo dispositivo en el que se prescinde de un enfrentamiento directo (cuerpo a cuerpo) porque se ha excluido del horizonte toda la fórmula sacrificial que por siglos acompañó a los ejércitos?

Necro-ética es el término técnico que usa Chamayou para pensar la mutación inmanente a la introducción del dron en las nuevas formas de conflicto en los que el poder de muerte –aquél que Foucault resumía bajo la fórmula “hace morir”- pierde enteramente su estatuto “heroico” y “sacrificial” para reducirse a un simple procedimiento técnico-digital cuyo efecto inmediato será el de inmunizar al soberano, no poner en riesgo su cuerpo, impedir que los “suyos” sean eventualmente masacrados. La tradición de pensamiento político (desde Platón a Nietzsche) siempre pensó el poder asociado a los cuerpos: ¿cómo deberíamos entenderlo ahora que el poder drónico actúa sólo sobre un cuerpo –sin poner en riesgo al cuerpo de quien ataca- en base a un preciso tipo de algortimo?

Chamayou dice: “(…) construir una fuerza exenta de cuerpo, un cuerpo político sin órganos humanos, reemplazando a los antiguos cuerpos regimentados de sujetos, por instrumentos mecánicos que, pudieran, si fuera posible, volverse sus propios agentes.”[1] Un “cuerpo político sin órganos humanos” es precisamente la forma que permitió a Obama sostener que la dronificación de Iraq y Afganistán no eran propiamente una guerra y que, hoy permite a los alcaldes de diversas comunas (en particular de las más ricas de Chile) implementar el dron como dispositivo de vigilancia y –quien sabe- más adelante como aquél robot con licencia para matar.  Se mata, se destruye, se vigila sistemáticamente, pero desde un anonimato último y único que pretende ejercer su fuerza sin cuerpo humano, como un robot que opera en virtud de determinados algoritmos.

Como David Bowman abandonado en su nave comandada por Hall 9000, en la que la máquina se vuelve humana pues aprende a mentir, el dron introduce una forma de poder que consuma al sueño humanista: un poder sin cuerpo, una violencia que no hace daño a quien la ejerce, una guerra ascéptica (“humanitaria”, como gusta decir hoy) que es alabada por brillar por su ausencia de sangre, gracias a su eficacia y precisión. ¿Una guerra sin sacrificio o mas bien un sacrificio consumado en la forma digital? Un “soft power” como les gusta decir a los sofisticados politólogos.

Hasta ahora, la crítica liberal no ha comprendido la profundidad de la mutación que aquí está en juego.  Se ha limitado a mostrar su preocupación por la filtración de datos sin consentimiento (cuestión que pasa hace mucho tiempo ya en las grandes corporaciones financieras y la compra-venta de información), pero no ha sabido plantear una critica capaz de desmontar la propia premisa securitaria y post-humana  que el dispositivo dron trae consigo. Porque ningún instrumento es simplemente un instrumento, es decir, ningún instrumento depende exclusivamente del modo en que “el hombre” como sujeto (esa abstracción con la que el siglo XIX sigue seduciendo a los contemporáneos) lo use.

Lejos de ello, todo instrumento es un dispositivo que, como tal, constituye a quienes lo usan y modela vía las prácticas que instituye al propio mundo. Y ello, no depende de lo bueno o malo que sea quien detente el instrumento, sino de las condicionantes histórico-materiales en el que tal dispositivo se inscribe e impone. Es preciso ver, pues, al dron –como a cualquier otros dispositivo- no como un simple “instrumento” intrínsecamente neutral, sino como un preciso modo de producción del mundo en que vivimos. El dron produce nuevas prácticas y, tal como se nos aparece el solitario militar hundido en una oficina desde la que manipula a toda hora sus mecanismos, produce nuevos sujetos.

Si nuestra época es la de la seguridad, es decir, de una técnica de gobierno que incorpora el poder de muerte heredado de la antigua forma soberana, el dron es precisamente una de sus formas más acabadas en las que se cumple el antiguo sueño del soberano, según el cual, puedo matar indiscriminadamente, puedo vigilar totalmente y, sin embargo, conservar enteramente la consistencia de mi cuerpo, sin riesgo alguno.

Sea de una aldea perdida en Afganistán, una esquina de una comuna de Santiago de Chile, o una solitaria calle en Wallmapu, la dronificación consuma la tendencia a transformar a nuestro mundo en un globo: en el mundo siempre hay otros habitándolo, en el globo no hay nadie, tan solo el flujo de transacciones algorítimicas. El mundo incomoda, pero se habita, el globo es cómodo, pero deshabitado; en el mundo experimentamos la multiplicidad de superficies y sus movimientos, en el globo tan sólo un plano liso y homogéneo (es lo que desde los años 50 se ha llamado “globalización”).

Por cierto, la seguridad de nuestra época no es la que imaginaba George Orwell. Es mucho peor: no existe un Gran Hermano visible, sino diseminado en múltiples puntos por toda la orbe con cierto grado de articulación. El Gran Hermano es una figura del totalitarismo clásico, el dron lo es de sus formas totalitarismo contemporáneas, aquellas que no requieren de una dictadura para ejercer el terror, sino de la democracia neoliberal como modo de normalización, en vez de policías, cámaras, en vez de golpes, ritalines.

En la actualidad, cuando la seguridad es uno de los articuladores entre las grandes corporaciones financieras y los Estados nacionales, entre la inmaterialidad del capital y su despliegue local, el dron funciona como un verdadero Estadron: un paradigma de la seguridad estatal-financiera (ya no estatal-nacional, simplemente) capaz de vigilar, normalizar los comportamientos sin prescribirlos de antemano y matar cuerpos en cualquier lugar y momento.

Estadron podría ser el término técnico que describa las políticas de seguridad a las que tienden todos los Estados en la actualidad, independientemente de su “régimen” o “ideología política” y que hacen del dron uno de los dispositivos clave del capitalismo transparente.

[1] Grégoire Chamayou Drone Theory Ed. Pinguin, New York, 2013, p. 221.


Académico, Universidad de Chile