La primera vez que asistí a un taller para adolescentes gays recuerdo que un chico escribió frente a nosotros su nombre con la cintura. Se puso delante de la audiencia y lentamente movió sus caderas, letra por letra, en movimientos circulares y ondulares, cadenciosos, mientras también las decía en voz alta. M-m-m-m-a-a-a-a-n-n-n-u-e-e-e-l-l-l, y sus caderas bailaban ese nombre frente a mí y mis ojos nerviosos, un sábado en la tarde, en una sede de una agrupación de diversidad sexual ubicada en el barrio República de Santiago. Era una dinámica para presentarse y me pareció erótico, hasta antes no creo haber compartido un impulso sexual colectivamente, luego salimos a bailar. Este tipo de ejercicios eran comunes en los talleres de liberación sexual para adolescentes de la posdictadura que vivíamos con miedo nuestro deseo del desvío sexual. Todas estas experiencias colectivas que nos despiertan de la soledad individual y nos hacen sentir parte de una comunidad más amplia son difícilmente clasificables como parte de los archivos de la resistencia política, por ser momentos demasiado personales y poco heroicos.

Para los activismos sexo-disidentes los archivos están construidos de estas y otras memorias que pasan desapercibidas para la cultura masculina y heterosexual. El nuestro es un archivo de afectos donde hay de todo: cartas, afiches, pancartas, lienzos, canciones, lugares que ya no existen, portadas de revistas,VHS de pornografía gay, las libretas donde intercambiamos correos e ideas, flyers de eventos, libros de poesía, fotocopias, las cajas de condones regalados por alguna ONG, las banderitas, las chapitas y vibradores que fueron parte del destape. Recuerdo que inclusive una amiga guarda un cacho que se le cayó a Hija de Perra en una fiesta cuando ella comenzó a pegarlos sobre su cabeza rapada y emular las formas de un diablo. Es importante entonces que estos archivos no queden estáticos, que no se vuelvan monumentos para apreciar sino que, contrariamente, se conviertan en nuevas producciones que den pie a una memoria en movimiento y acción para encontrar en estas relecturas nuevas formas de enfrentar nuestro presente.

Putamadre, montaje de creación colectiva entre los estudiantes de la Escuela de Actuación de la Universidad de Humanismo Cristiano y el director y activista feminista Ernesto Orellana, que se presenta en el festival EXIT de egresos teatrales de distintas escuelas, es una creación que contiene estos archivos de sentimientos encarnados en actuaciones, textos, imágenes e historias. La obra retrata la vida de una familia travesti donde Nora, la matriarca de la familia, magistralmente interpretada por Leyla Ponce, trata de establecer modos de vida alternativos a la heterosexualidad que le obliga su población. La obra transcurre en una casa a medio caerse que nos recuerda los prostíbulos de la literatura realista de Oscar Castro y su “casa del farol azul”, donde viven los niños de las mujeres prostitutas que trabajan ahí; o al “lugar sin límites” de José Donoso donde “la Manuela”, travesti protagonista de la novela, al igual que Nora, tiene que sobrepasar la moral establecida al momento de criar a sus hijxs. Este montaje se pregunta por la supuesta libertad de crianza que tienen quienes no se adaptan a las convenciones del sacrificio y la violencia, algo que casi parece una necesidad básica en toda familia nuclear. No tenemos que olvidar que es en los hogares privados donde se produce la mayor cantidad de feminicidios, asesinatos y violaciones de mujeres e hijos disidentes sexuales.

Durante el transcurso de la obra vemos cómo, a través de sueños y pesadillas, de pesadillescos sueños, los hijos de Nora –Cleopatra e Hipólito– tienen que sobrevivir sacando fuerzas frente a una sociedad que castiga sus deseos de sexualidades desbordadas. Hay que reconocer que la actuación de este montaje, que proviene de un egreso de estudiantes, sorprende por su riesgo, potencia y entrega sobre el escenario. En general los actores y las actrices están preparados para “representar” personajes pero no necesariamente para encarnar desprejuiciadamente los conflictos del cuerpo sexuado. Esta “familia puta” que nos interna en sus penurias económicas adornadas con purpurina, maquillaje y fiesta, nos recuerdan al libro La manzana de Adán de Paz Errázuriz y Claudia Donoso por la estética tecnicolor donde se realza la belleza de vidas signadas por el dolor y la discriminación. La obra integra el manifiesto de Lemebel, cita a otras producciones de disidencia sexual y exhibe en el escenario el olor de la pobreza, a esa tierra mojada de mediaguas que sobreviven bajo la injusta promesa de un milagro neoliberal que nunca llega para todos. Esta obra-archivo tiene referencias precisas, como la película Empaná de Pino del cineasta Wincy Oyarce que este año cumple 10 años desde su estreno, porque Nora, al igual que Hija de Perra, la protagonista de la película, se come al “hombre de la familia” convertido en empanadas de pino como venganza feminista.

Si el feminismo insurgente que partió con la consigna del #metoo para poner en evidencia los abusos y malos tratos en el mundo del cine, el teatro y la actuación, remeció a nuestra sociedad completa, es necesario que ahora, además de lo punitivo de su consigna, ponga en cuestión los otros tipos de corporalidades que se representan en escena, todas aquellas otras cuerpas que quedan fuera por no calzar con cánones de belleza establecidas. Porque en las maneras en que se disponen las medidas de un cuerpo a las que toda actriz o actor tiene que apelar para tener un espacio en el teatro es también muy violento. Hay una mirada masculina, grosera, que ha invisibilizado otras corporalidades e historias que no pasan por los escenarios locales y que esta obra de jóvenes actores y actrices quiere remarcar haciendo una suerte de homenaje a todas estas estéticas del borde sexual.  Putamadre es un montaje que parece la bitácora escondida de alguna artista travesti pocas veces rescatada en su tiempo y que hoy, luego de la emergencia del mayo feminista, renace para enrostrarnos que un teatro comprometido no necesariamente tiene que mirar hacia el futuro, sino todo lo contrario: tiene que mirar al pasado patentando las raras sexualidades de todos los tiempos para volver a presentarlas y construir así un archivo de afectos que  haga justicia a su deseo de anarquía estética.

(Créditos fotos de Maca Rodriguez y Camilo Saavedra)


Biólogo, Doctor en Bioquímica. Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS)