Los reyes españoles nunca vinieron a sus colonias americanas. La majestad de su absolutismo les impedía presenciar directamente el saqueo. Hoy en día, los reyes viajan por el mundo, con ejecutivos y ministros haciendo lobby para favorecer negocios a los empresarios de sus países. Es el caso de los monarcas noruegos que visitaron Chile, hasta el “último confín” en  isla Navarino. Aunque el viaje pretendió mostrarse a través de la romántica imagen de un rey casado con plebeya, o mediante un acto generoso de devolución de tesoros patrimoniales de Rapa Nui, -hurtados hace años por un navegante de ese país, quien se los llevó para “admirarlos y conocerlos”-, su visita tuvo el sentido de un poder con sello colonial.

A costa del despojo patrimonial de territorios y poblaciones, y con la venia del gobierno y sus autoridades, el propósito de esta misión noruega fue coordinar negocios y proyectar utilidades económicas en la Patagonia austral, en una lógica de acumulación capitalista y apropiación de la renta por desposesión. Encubriendo que se afectará negativamente un hábitat marino y terrestre de enorme valor y condiciones paisajísticas excepcionales, reconocido como Reserva Mundial de la Biósfera, y que como tal requiere debida protección para sostener equilibrios ambientales zonales y globales.

El verdadero interés es apropiarse de los excedentes que puedan generarse por la explotación industrial de salmoneras que operen en la zona del Beagle. Importante observar que en Noruega mismo surgen críticas con fundamento a estas mismas formas de explotación industrial del salmón. Según dice la publicidad de la empresa noruega Nova Austral S.A. se trata de ofrecer salmones premium criados en condiciones excepcionales: canales de prístinas aguas y limpios ambientes naturales favorecidos por su clima antártico. Tienen la desfachatez de pintar esa explotación como un acto de amor. Sí, tal cual, pero de amor al lucro será…

Toda esta operación de alto riesgo ambiental, servida por un gobierno representante justamente de una cultura de la ganancia obtenida a cualquier coste, que entiende el medio ambiente como mero recurso económico cuyo aprovechamiento traería supuesto progreso y desarrollo. Tal como ese progreso evidenciado por el historial recurrente de desastres ecológicos ocasionados por la propia industria salmonera en Chile, desde su crisis sanitaria y medio-ambiental de 2008-2010.  Una operación favorecida por un sistema de concesiones como forma de propiedad flexible, propia del capitalismo de estos tiempos. Concesión que cuando ya no sirve, se vende y se cambia por otra. Dejando océanos degradados e incumpliendo promesas de bienestar perdurable a las poblaciones donde se localizan. Se trata de otro hito en una larga secuencia de despojos coloniales comprobados.

Desde el siglo XVI se han vivido en la Patagonia y Tierra del Fuego (incluyendo sus islas y canales) particulares procesos históricos que no se aprenden en las clases de historia de nuestras escuelas. Sus protagonistas han sido los diversos pueblos originarios – aónikenk, selk’nam, haush, yagan y kaweskar-, habitantes del territorio por miles de años. Desde entonces, en conflicto permanente con las ofensas y la expoliación cometida por tripulaciones de buques, respaldadas por monarcas y mandatarios de potencias imperiales sucesivas: España, Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania y EEUU. Razas superiores ejerciendo relaciones mercantiles encubiertas como hazañas históricas.

Primero fue la era de los “descubrimientos”, realizados por navegantes en búsqueda de rutas, construcción de mapas y estudios de la naturaleza. Conocimientos valiosos para acumular poder e imponer representaciones, formas de ver el mundo y creencias a través de la cartografía y el naturalismo.  Prontamente apareció el interés económico por pieles de lobo de mar, carne de pingüinos y productos diversos extraídos de ballenas, cuyos altos precios en mercados internacionales, fueron acicate para la mortandad incalculable de miles de ejemplares de estas especies nativas. Todo para llenar los bolsillos de aventureros, traficantes y empresarios sin bandera, ávidos de apropiarse las riquezas de territorios “sin pertenencia”, antes que otros les pusieran las manos encima, en modo acumulación originaria del capital.

Posteriormente, en sucesión de ciclos de despojos y enclaves definidos, vinieron colonos extranjeros de diversos países europeos en busca de tierras y oportunidades. Bajo el régimen de concesiones y estancias ganaderas, fundaron enormes poderes económicos en manos de pocas familias, exterminando a los habitantes indígenas. Lo mismo en el surgimiento de explotaciones mineras, especialmente propiciadas por la fiebre del oro y su codicia, instalándose en campamentos de hombres solos, donde imperaba la violencia y la ley del más fuerte. En paralelo a estos procesos, aparecieron misiones religiosas, católicas y protestantes, aspirantes a la conversión de los pueblos originarios, para la transformación de su alma y colonización de sus mentes, misioneros que terminaron favoreciendo el genocidio a través de enfermedades, cautiverios y modificaciones en hábitos culturales. O haciendo la vista gorda cuando fueron exhibidos como salvajes primitivos en zoológicos humanos europeos.

Y de este despojo no estuvieron ausente las autoridades políticas de las distintas épocas cuando otorgaban concesiones favorecidas a privados al margen de toda justicia y legitimidad. De ejemplo, un botón de muestra, no muy conocido, como la concesión de toda la isla Navarino que en 1923 el mismo Presidente Arturo Alessandri le hizo a un amigo personal por su ayuda en la campaña presidencial. Privilegios derivados de influencias.

La historia continúa por caminos similares. Ahora, bajo los auspicios del gobierno chileno  de turno se favorece una intervención de inversiones noruegas, otorgando concesiones, con mínimos o deficientes estudios de impacto ambiental, eliminando cualquier obstáculo incómodo. Como la vergonzosa destitución del director del Museo Martín Gusinde en Puerto Williams, el antropólogo Alberto Serrano vinculado desde su oficio con las comunidades yagan en procesos de recomposición y resistencia a estos proyectos. Lo que se esconde es la violación al convenio 169 de la OIT que consagra internacionalmente derechos colectivos y territoriales. La destitución de Serrano es un ataque al modo de vida de los pueblos originarios de la zona del Beagle. Como poder colonial tiene que despreciarlos, negar su manera de ser para despojarlos de sus territorios. ¿Por qué pretenden hacer acá con el pueblo yagán lo que allá no les es permitido con el pueblo sami?

Porque el modo de dominación colonial es lo contrario del respeto a los territorios y las comunidades. Niega sus capacidades reales para implementar en forma autónoma, estrategias propias de convivencia y bienestar colectivo, coherentes con una cosmovisión compartida y en relaciones armónicas con el medio ambiente.  La manifestación realizada por los habitantes de Puerto Williams el pasado domingo 31 de marzo, envió un claro mensaje a los reyes. No queremos su industria salmonera en nuestro territorio. Y lo vamos a proteger.


Académico y activista en proyectos sociales.