Siempre me ha hastiado el comportamiento en grupo. Desde que era chica y veía a los niños en los cumpleaños arrojándose como The Walking Dead ante los dulces de una piñata. (Y no es que me las diera de reinita o no me gustaran los dulces -al contrario- solo que ese comportamiento rapiña me parecía tan mezquino). Pasando por el bullying del colegio. Y aquí me detengo porque debo hacer un mea culpa. En ese tiempo puber creía diferenciar entre lo que era crueldad y lo que era humor sano. Así que solo me reía y seguía la corriente cuando se trataba de los que eran realmente pesados y déspotas: de la guatona (diosito me castigó), y del ñoño sabelotodo que miraba a los demás como a una manada de tontos.

Demasiado tarde entendí que eran sus mecanismos de defensa. Pero hasta entre los más amigos nos teníamos sobrenombres, nadie se libraba de ellos. Y hasta el día de hoy nos saludamos con mucho cariño así. La verdad, no sé por qué extraña razón, mi generación creció con la mofa normalizada. Quizás en forma inconsciente hemos querido huir de nuestros propios demonios e inseguridades ridiculizando a los demás. “Pero con respecto”, como se popularizó hace poco.

Luego este comportamiento grupal lo vi prolongado en la universidad, pero aquí era más encubierto, solapado. Tal vez era más importante no quedar mal con nadie, caerle bien a todos. Quizás yo misma tuve esa fama incluso. Me gustaba conocer personas y pululaba entre los grupitos sin llegar a pertenecer a ninguno por mucho tiempo (la obligatoriedad y la rutina siempre me han matado las pasiones. O soy inestable, o tengo déficit atencional con hiperactividad o todas las anteriores). Dada la carrera elegida, profundamente social e interactiva, y a las características en común con quienes también llegaban a estudiar periodismo (como en todas las carreras de humanidades y artes), fluían en forma natural, espontánea y efusiva, los carretes, la jarana, el hueveo. Y una vez más me detengo y confieso que harto que me gustaban, pero si por ejemplo, no ibas a todas, o no andabas efusiva o no querías probar de todo, por selección natural te ibas quedando al margen.

Lo mismo ocurre en los trabajos. Y en la vida en general. Esa necesidad de pertenecer, aparentemente, es innata  e irrevocable en los humanos. ¿Pero qué te hace llegar al punto de reírte en grupo de la vulnerabilidad y humillación de otra persona? (Comúnmente el más débil) En realidad… ¿Tan monkeys somos? Hugo Larrosa, el amo y patrón de su empresa que, hasta hace muy poco, golpeaba y sometía a horrorosos vejámenes a algunos de sus empleados (en especial con uno), se sobreentiende que es un tipo salvajemente sádico que se aprovecha de su posición. Pero qué pasa con aquellos compañeros que hacen los videos y se ríen. ¿De verdad era necesario congraciarse así con su jefe? ¿Esa conducta ruin y cobarde tiene justificación para no perder su empleo? ¿Qué pasaba por sus mentes en esos momentos? Por otro lado, este hecho se denunció ante la “Justicia” y ¿Qué hizo? ¿Y dónde está la CUT?.Tenemos que tener cuidado con nuestras conductas y nuestras palabras, pero… LOS SILENCIOS TAMBIÉN NOS ESTÁN MATANDO.