El pasado lunes 1 de abril, casi 20 mujeres estábamos sentadas en círculo, todas atentas y curiosas conversando con Rebeca Eunice Vargas Tamayac, conocida en el mundo del hip hop como Rebeca Lane, la rapera guatemalteca anarcofeminista que visitó Santiago de Chile para asistir al  Primer encuentro de mujeres latinas y creadoras, organizado por la SCD en donde se encontraban las artistas y compositoras como Ana Tijoux, Javiera Mena, Paula Maffia, Denise Corales, Carolina Chaspoul y Miss Bolivia, además de mujeres expertas en música como Luciana Pegorer (Brasil) y Paula Rivera (Argentina)

Reunirse entre mujeres siempre resulta ser explosivo, el intercambio de experiencias y de opresiones desde los lugares en que cada una trabaja, conoce y habita siempre termina por señalarnos las cosas en común que tenemos y la urgencia de mover las diferencias para construir un trabajo colaborativo. Gran parte de la conversación giró en torno a eso: entre reflexiones a nuestras formas y la rabia respectiva, como canta Rebeca “contra la verdadera guerra que no ha terminado y contra los que nos masacraron que aún controlan el estado”.

Todas las asistentes a la instancia éramos mujeres jóvenes, por lo visto y por la hora, todas veníamos de terminar nuestras actividades laborales o estudiantiles. Estábamos rodeadas de paredes coloridas y ropa vistosa entre colgadores que mostraba los patrones de nuestras raíces latinoamericanas, llijllas con tejidos aymaras, tejidos de colores que nos encontramos en las calles, que reconocemos por las ancestras y que hemos visto puestos en nuestras pieles mestizas.

Sentadas en círculo nuestras diferencias físicas no hacían más que darle sentido al por qué nos queríamos reunir a escucharnos. Estábamos frente a la oportunidad de intercambiar experiencias de mujeres del sur de américa con una mujer centroamericana que ha recorrido tantas ciudades del mundo, que conoce a tantas otras mujeres gracias a su trabajo.

Partimos escuchando a Rebeca sobre los feminismos europeos, las lógicas de las mujeres nórdicas al momento de organizarse y cómo esos discursos terminaban por ser distantes a nuestras formas históricas de hacer las cosas.

La diferencia en las discusiones que esas mujeres daban en los territorios de los colonizadores nos hacían ruido, la precarización de la vida que vivimos en las ciudades latinoamericanas nos ha obligado posponer ciertas discusiones ya que hay otras urgencias que resolver: la militarización de  la tierra, la persecución a los pueblos originarios, el extractivismo, la desigualdad salarial y los altos niveles de violencia contra las mujeres, resultaban ser los primeros puntos a tratar antes de poder llegar a discusiones más profundas y nuevas en nuestro contexto, sobre autoras o posturas políticas feministas basadas en la teoría.

“A mí me parece que acá es bien difícil que los feminismos se unan naturalmente a lo trans y a la lucha contra el abolicionismo, sobre todo por las últimas discusiones que hay” En Europa es muy natural porque tienen otras condiciones para hacerlo. En Madrid, a las mujeres que gritaban consignas contra el racismo las callaban. A una chica con hijab le dijeron que mejor se fuera a gritar a la mezquita porque ahí ‘la necesitaban más’. A las mujeres que critican el racismo de los espacios blancos las callaron”.

Con lo dicho, Rebeca explica que esta reflexión va dirigida sobre los feminismos de las mujeres migrantes que naturalmente se mezclan con otras luchas como las luchas trans o de las trabajadoras sexuales, ya que están en un contexto en donde el feminismo hegemónico las excluye, homologandolas con estas luchas que plantean otras necesidades y requerimientos. Estos feminismos que se encuentran pero que se posicionan desde lugares distintos se manifestaron en la marcha del 8M en España, en donde había un bloque específico de mujeres migrantes, corporalidades trans y trabajadoras sexuales.

Desde lo conversado, las condiciones sociopolíticas de los territorios resultaban ser la fuerza y el impedimento, abriendo así la inquietud sobre qué tan acertado era imitar las formas de organización y discusión de las mujeres pertenecientes a los países “euroblancos”.

Rebeca nos explicaba que en los países euroblancos los feminismos son muy racistas, también el de los espacios queer europeos. Por esto mismo, nos relató la conversación que tuvo con una mujer hondureña en Austria, quien le decía que sentía mucha más solidaridad de un hombre antifascista europeo que de una mujer feminista queer blanca, porque ellas “estaban en su pedo, ya que sólo les interesa su situación”.  

Otras realidades, nuestras realidades

En Guatemala, el 8 de marzo de 2017, 56 niñas residentes del Hogar Seguro Virgen de la Asunción de San José de Pinula protestaron para exigir el fin de la violencia física, psicológica y sexual que vivían dentro de la residencia, la que debía asegurarles su bienestar por parte del estado guatemalteco.

Fueron encerradas en una sala de cuatro por cuatro y 41 de ellas murieron calcinadas por un colchón que se incendió en el interior, al que le prendieron fuego pensando en que así las dejarían salir. A pesar de los gritos, la policía entró nueve minutos después a socorrerlas.

Los rostros de las niñas no ocuparon ninguna de las portadas de los diarios nacionales y sus familias salieron a las calles para exigir a la justicia que investigara el accionar de las autoridades, los policías y los encargados del centro, quienes estaban involucrados en redes de explotación sexual de niñas.

Esta ha sido una de las masacres más grandes que ha vivido Guatemala desde el fin de la guerra civil hace dos décadas.

En casi todos los países centroamericanos el aborto está penalizado. En Guatemala la educación sexual está prohibida. Las mujeres feministas de Nicaragua fueron las primeras en ser perseguidas al momento en que Daniel Ortega asumió la presidencia del país. En El Salvador, 17 mujeres fueron encarceladas por ser pobres y haber perdido un embarazo, algunas de ellas ni siquiera sabían que estaban embarazadas al momento de tener un aborto espontáneo y se les criminalizó por este hecho.

Parafraseando las palabras de Rebeca, los terribles acontecimientos que ocurren en centroamérica dan para la reflexión sobre los simbolismos del feminismo mundial, los que no necesariamente empalman con la cotidianeidad de las mujeres en esos territorios,  “allá estamos en una situación de represión y militarización del territorio a tal punto que salir a una marcha no es prioridad para las mujeres que están activadas colectivamente. De hecho, hay riesgos de salir así. Allá hay mucha resiliencia de mujeres en condiciones de pobreza extrema, víctimas de la violencia de un narcoestado”.

Mujeres pertenecientes a al EZNL

Desoccidentalizar el feminismo

En medio de la conversación y de nuestras observaciones, le pregunté a Rebeca qué pensaba del curso que estaba tomando el feminismo en Latinoamérica, ante lo cual respondió: “creo que hay que matizar que el feminismo en sudamérica es muy diferente a Centroamérica y a México. El feminismo en centroamérica es más popular, comunitario. Hemos sido pocas las mujeres que hemos tenido acceso a la universidad, a estudios de género… realmente no es un feminismo que nazca de las academias sino que es un feminismo que nace desde la necesidad. Eso pasa en todo el Abya Yala”

Para ejemplificarnos esto, menciona el comunicado que sacaron las mujeres pertenecientes al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en febrero recién pasado, con motivo de la no realización del segundo encuentro Internacional de Mujeres que Luchan en Chiapas, destacando su lenguaje claro y firme, sin las últimas terminologías de moda sobre el feminismo, recalcando que es un “feminismo que viene de los saberes de la cotidianidad y de la organización popular”.

Según Rebeca, “gracias a la diosa, las mujeres centroamericanas tenemos el feminismo comunitario como referente”.

Luego, entramos al punto de que en las grandes urbes sudamericanas las discusiones las estamos llevando a partir de fundamentos que vuelven al feminismo popular algo inaccesible para las mujeres, “dándole la oportunidad al mercado y a la ONU para armar su propio marketing feminista” ya que las mujeres que tienen acceso al conocimiento y a la academia “están más preocupadas peleando con otras y tratando de comprobar que ellas tienen la razón y las otras no, dejando así que el capitalismo salga ganando”.

Pero, ¿en qué circunstancias el capitalismo sale ganando? “cuando no hay un feminismo con base popular, con pedagogía comunitaria arraigada al territorio y a los propios usos y costumbres del lugar”.

Entre las reflexiones, sonaba que el feminismo en las grandes ciudades latinoamericanas es un feminismo muy occidentalizado porque tomó muchas bases del feminismo hegemónico que omite las otras formas que tienen las mujeres de resistir y organizarse.

A Rebeca le impactaba muchísimo que nosotras, siendo mujeres que tenemos una genealogía de abuelas que resistieron a la colonización no las reivindiquemos,  “estamos hablando de una historia de más de 500 años, sin embargo, en la genealogía del feminismo occidental que nosotras reconocemos sólo se reconoce a las sufragistas como las que empezaron el movimiento feminista, las mujeres de nuestro territorio han estado peleando toda la vida”.

La firme voz de Rebeca termina agregando “estamos muy perdidas en discusiones del feminismo occidental que no nos corresponden en este momento por estar viviendo otras realidades. En este territorio tenemos ejemplos concretos de otras formas de organización y seguimos buscando las respuestas en los libros”.