La burla y el ninguneo fueron los primeros escollos que se encontraron las mujeres que lucharon por la instalación de una legislación en torno al acoso callejero. Un proyecto que buscaba la penalización de agresiones, paradójicamente, lo primero que recibió fue agresiones del tipo de “es ridículo penalizar algo que se grita” o “una mujer que se pasea con mini cerca de un grupo de hombres, es una mujer que está provocando”.

Por lo mismo, fue el Observatorio Contra el Acoso Callejero quien tuvo que recordar en sus redes sociales que “Nos trataron de locas y exageradas, pero hoy la ley contra el acoso callejero es real. Se aprobó el último paso en el congreso con unanimidad. Es oficial: Las feministas hemos reivindicado nuestro derecho a caminar libres ¡Hay respeto callejero!”. En efecto las “locas” habían logrado hacer historia y poner un tapaboca del porte del machismo en Chile. En la Cámara de Diputados y Diputadas no hubo un sólo voto que se atreviera a darle un portazo al proyecto, prueba clara y contundente que no sólo se ganó una batalla legislativa, sino que también se empieza a ganar una batalla cultural.

Hubo también críticas que, aunque no caían en la caricatura, no lograban mirar con amplitud. Se nos dijo que quienes aprobábamos este proyecto, apoyábamos una ley que iba en desmedro de los trabajadores más pobres de este país. Se equivocaban rotundamente pues no somos nosotras las que estemos diciendo que esto se trata de los obreros de la construcción, no somos nosotras las que estemos estereotipando. Ellos son un gremio altamente precarizado y somos muchas las diputadas y diputados que estamos preocupados e intentando mejorar su situación laboral. Por el contrario, estos tipos de violencia que serán sancionados, al igual que el resto de las violencias de género, se dan transversalmente y se manifiestan con más brutalidad ahí donde se producen las más grandes asimetrías en las percepción con respecto a la dignidad del hombre y la dignidad de la mujer. La violencia de género, de hecho, muchas veces viene de los que más tienen hacia las que menos tienen. Quien cree que el hombre es superior a la mujer, es un potencial agresor en la calle, el transporte público, la escuela, el trabajo, las universidades o los directorios de la empresa privada.

Ese celular que invade la intimidad es portado por una mano que puede tener distintas edades, trabajos o situación socioeconómica, pero que comparten una cosa: la dirección de su violencia, en la inmensa mayoría de los casos, es hacia una mujer. En hora buena entonces, que nos hacemos cargo del problema sin el eufemismo “ofensa al pudor y las buenas costumbres”, sino enfrentando la violencia como lo que realmente es.

Por otro lado, corresponde remarcar que, por supuesto, que estos cambios legislativos y culturales no cayeron del cielo. La “culpa” de que este proyecto camine hoy a ser ley, es de las mujeres organizadas que tanto desde el activismo, las artes, el debate académico y el trabajo legislativo, buscaron llenar de ley ahí donde sólo el abuso corría sin restricción. La “culpa” fue de las mujeres porque la primera reacción del mundo conservador masculino -que tanto abunda en las instituciones y, por qué no decirlo, muchas veces también abunda en el activismo social-, fue de considerar que este proyecto exageraba o que no podía tener el carácter de prioritario. Esperable, pero indefendible, en tanto no son ellos los que reciben la violencia de género en el metro, la calle o sus lugares de trabajo.

En fin, avanzamos a pesar de tanta resistencia machista y, en el futuro cercano, cuando un agresor sea sancionado y señale que la “culpa” es de las mujeres, tendrá razón, aunque ellas no lo hicieron para provocarlo sino para terminar con un gigantesco bolsón de impunidad.


Diputada RD, distrito 9