Es indignante ver cómo los vendedores ambulantes tienen que salir corriendo, como si hubieran recibido una alerta de tsunami, cada vez que se pasa la voz de que en la otra esquina se asomaron los carabineros. Tienen que agarrar sus paños cómo pueden y arrancar, sin saber hacia dónde arrancar, desaforados, sin mirar autos, paredes ni ningún riesgo; porque nunca se sabe bien de dónde viene la amenaza.

Puede estar en las espaldas, en el frente o en el cielo. Parecen niños descubiertos en alguna travesura huyendo a esconderse debajo de la cama. A muchos se les caen los productos y los tienen que ver perderse entre la gente. A veces toda la venta de una o dos horas desaparece en la huida. Algunas señoras andan con un carrito de feria y ahí echan sus cositas para luego empezar a dar vueltas a la manzana haciéndose las tontas, mirando por aquí y por allá para evitar a los de verde. Es un show de actuación forzada. Se comunican a señas entre sí. En momentos compiten en el grito de sus ofertas, pero en la defensa son una sola. Una masa organizada en el caos.

Han visto tantas veces cómo se han llevado detenidas a sus colegas, cómo los policías les han quitado todo, que en momentos como este se tienen que apañar. Y no es ninguno el delito que han cometido, aseguran. Lo único que quieren hacer es vender, trabajar, hacer mover la economía precaria que luego el ministro informará cómo creación de empleos. Pero hay uno que murió. Alberto Picuasi se llamaba aquel al que no pudieron defender. Aquel que hoy es triste mártir, el que dejó familia, el que murió hace días por huir de carabineros, por arrancar de un nuevo control que le quitaría todo, que quizás lo enviaría a prisión, a morir quemado como Bastián, a la pobreza recrudecida, a despertar detrás de rejas de las que se salvan los Délano y Lavín, los Orpis defendidos por el ministro de Justicia, los que burlan la Ley y burlan a un país por tener billete y apellido. La diferencia de la justicia en Chile hoy tiene un resultado concreto: los dueños de Penta van a clases y Alberto al cementerio; con una familia destrozada, con la moral en el suelo, pisoteada por el poder que acuchilla a las agallas y al talento.


Director Noesnalaferia