Cultura

Cómo odio a Movistar (…y a Claro, Entel y todas las telefónicas)

Por: Pal Tinto, cítrico literario / Publicado: 10.04.2019
no conectado /
Es mala la atención al público, el servicio técnico y aún la señal, no importando proveedor o marca: por caro que pagues hay lugares en que sencillamente quedas sin servicio. Y por eso, de cierta cota para arriba, te vas de acá no más. Inviertes afuera, como dijo el ministro. Este es un país que exporta sus mejores frutos y castiga al consumidor interno obligándolo a una oferta mediocre. Por qué no se van, preguntaba el resentido más icónico del Chile joven.

Señorita, por favor no me llamen más, no quiero ni plan Premium, ni una bolsa con mensajes, ni paquetes promocionales, nada. Soy feliz con mi plan ilimitado como lo refleja mi puntual pago mensual por el oxígeno de la conectividad. No, no es por la plata, la razón es ideológica: además del abuso agresivo de la publicidad, jamás ustedes pierden, sé que usted es un trabajador nada más, pero odio lo que representa, y hace rato que para la Mátrix yo soy más bien un sospechoso, porque la verdad es que si fuera posible hacerlo sin víctimas humanas, les pondría una bomba. Anótelo y elimíneme por terrorista de su base de datos.

Estamos atrapados por ellos. En sus fauces como juguete de cachorro de Rottweiler. Hoy por la mañana Movistar me pudrió el ánimo, el inicio del día. A la mañana cuando como cualquier ser humano me levanté y revisé mi celular, descubrí que mi servicio estaba bloqueado. Sin telefonía ni internet. Una grabación me informó que era por una deuda de 14 mil 700 pesos. ¿Qué? Mi plan es de alrededor de 30 lucas que cancelo siempre a través del pago automático de cuentas. Se trataba de un error, claramente. Como mi servicio de teléfono estaba suspendido, no pude ni siquiera llamar al 105 para reclamos. El aparato celular no me sirve de nada en estos momentos, noté. Tuve que salir a buscar a alguien que me prestase su teléfono para llamar, su señal para conectarme.

Más allá de cómo resolví el error, son las horas perdidas, la mañana entera dedicada anímicamente a pasar por grabadoras, formularios digite uno digite dos, que te van a cobrar extra por resolver tu problema o la música promocional mientras esperas en línea, para que finalmente una voz de venezolana amistad me orientase respecto del origen del error no sin advertir que esto se va a demorar hasta cuatro horas con un costo extra de, y rogar que conteste luego la evaluación de su atención.

La verdad es que a veces ni siquiera importa cuán caro o premium o  golden seas, o la marca x, y o z. Una amiga judía estadounidense me decía que efectivamente esa es la diferencia entre estar en su Manhattan nativo y el tercer mundo, acá el mercado funciona mal, es, valga la redundancia, de tercera categoría. Allá la empresa no maltrata así, ni al trabajador, ni al cliente, ni al entorno, hay filantropía incluso en su mirada. Bueno, quizás no es tanto, pero contrasta porque acá es mala la atención al público, el servicio técnico y aún la señal, no importando proveedor o marca: por caro que pagues hay lugares en que sencillamente quedas sin servicio. Y por eso, de cierta cota para arriba, te vas de acá no más. Inviertes afuera, como dijo el ministro. Este es un país que exporta sus mejores frutos y castiga al consumidor interno obligándolo a una oferta mediocre. Por qué no se van, preguntaba el resentido más icónico del Chile joven.

Quizá no importa irse, pienso. Donde sea que esté, voy a tener que conectarme. La intranquilidad esencial es la angustia de no estar conectado. Mensajes de tu novia por WSP que no te están llegando, llamadas del trabajo que no estás oyendo. Y fundamentalmente publicidad, lo sabemos. Pero tener un aparato sin señal es como no existir, no empezar el día, seguir apagado. Eso es lo que pagamos caro. Y no hay cómo colgarse, como antes se hacía con la luz. Por eso alguien, no recuerdo quién, dijo por ahí que Chile es un supermercado caro y charcha.

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