Butler es una autoridad en el mundo de los estudios de género por su aporte al desarrollar la “teoría queer” sobre la base de una innovadora lectura de pensadores tan disímiles como Austin, Michel Foucault, Meralau Ponty, Rossi Braidotti y Gilles Deleuze y el influjo del pensamiento de Simone de Beauvoir. Nacida en Cleveland en 1956, se crío en el estado de Ohio, donde recibió una educación judía en base a fuertes convicciones éticas, las mismas que hoy la hacen alzar la voz contra el Estado sionista. Posteriormente estudió en la Universidad de Yale donde continúo ensanchando su formación ética, ahora sobre la base de la crítica de la tradición filosófica inaugurada por Walter Benjamin y Hannah Arendt.

En la actualidad ocupa la cátedra Maxine Elliot de Retórica, Literatura comparada y Estudios de la mujer, en la Universidad de Berkeley, California. Es autora de una veintena de libros, entre ellos El género en disputa (1990),  Cuerpos que importan (1993)). Sobre su postura en la problemática Israel-Palestina escribió el libro: Parting Ways: Jewishness and the Critique of Zionism (Caminos de división: judaísmo y la crítica al sionismo, de 2012, aún no traducido al español). Su libro más reciente es Cuerpos aliados y lucha política: Hacia una teoría performativa de la asamblea, una ampliación de la teoría de la performatividad en que analiza el sentido de la libertad en los distintos espacios –públicos, privados y virtuales– y la forma en que se pueden llevar a cabo actos políticos más allá de lo puramente discursivo y/o retórico. Esto es lo que respondió al Desconcierto, durante su visita al país:

Algunos autores han señalado que existe un riesgo en cierto devenir sionista del judaísmo, ¿cuál es tu opinión al respecto y qué salidas ves para alcanzar la paz en los territorios palestinos?

-Mi opinión ha sido que cuando el “antisemitismo” se instrumentaliza contra aquellos que critican a Israel, o aquellos que critican al sionismo, la acusación en sí misma es más despreciable. El cargo no debe ser instrumentalizado, ya que existe y debe ser nombrado y rechazado. Pero, podríamos decir que si el Estado sionista pretende representar al pueblo judío, entonces los judíos que no están representados se vuelven “irreconocibles” no solo por ese Estado, sino también por otras personas. Las leyes rabínicas que se han elevado recientemente a ley estatal en Israel afirman que uno es “judío” si la madre de uno es judía, y que no importa cuáles sean sus opiniones políticas. Esta definición también es problemática, ya que hay judíos practicantes cuyas madres no eran judías. Hay otra afirmación sobre la “continuidad biológica” que debe entenderse. En efecto, si usted es judío (por su definición), el Estado de Israel lo representa, lo desee o no. Así que la lucha tiene que ir dirigida contra ambas pretensiones del Estado.

-En la actualidad existen líderes como Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil, acentúan el discurso del odio y una política del miedo, lo que se ha interpretado como neofascismo. ¿Cuál es tu diagnóstico y cómo deberíamos enfrentarlos desde la izquierda?

-Creo que debemos estar preparados para las nuevas formas de fascismo que se formulan a través de (a) un resurgimiento de los fascismos más antiguos que se han ocultado y (b) los efectos del neoliberalismo que ha intensificado la precariedad y el miedo generalizado al mismo tiempo. No me queda claro qué parte constituye el autoritarismo, que implica una fascinación por las características tóxicas de un líder; y qué el fascismo, que generalmente moviliza a los militares como una extensión de los poderes ejecutivos. Veo esto último como posibilidades distintas en Turquía y Brasil. Trump ha sido capaz de destruir los derechos e instituciones democráticos sin la amenaza de una intervención militar. Y, sin embargo, los centros de detención para migrantes no son monitoreados, y la crueldad en la frontera tiene resonancia con los centros de detención establecidos por ex dictadores.

En Chile, el pasado 8 de marzo (8M) se llevó a cabo una marcha por el día de la mujer  que reunió a casi 1 millón de personas, y tuvo la capacidad de poner en juego significantes políticos más allá del discurso. ¿Se podría decir que el feminismo pareciera estar teniendo la capacidad de convocar al pueblo?

-La marcha y la huelga sin duda pudieron convocar a un millón de personas precisamente porque las organizadoras, de hecho, desarrollaron una retórica política, una forma de apelación, que abordaba directamente una situación de opresión para las mujeres y les dio la oportunidad de recoger y resistir una situación intolerable. Solo a través de la huelga, el gobierno y la prensa pueden ver claramente cuánto trabajo hacen las mujeres, cuán invisible y mal compensada es. Además, la huelga es una forma de poder y detiene el funcionamiento habitual del trabajo y la vida familiar. Es un rechazo a reproducir las condiciones de trabajo, el trabajo en sí mismo y el carácter obligatorio de su propio cumplimiento, y en este sentido es crítico (destacando las características de la opresión social y económica que no se suele ver) y político, porque se niega a seguir cumpliendo con esas condiciones. La tarea es, entonces, redefinir las dimensiones críticas y políticas de ese “acto” en un programa, de modo que la negativa de una condición dé lugar al desarrollo de otra demanda.

-El trabajo sexual forzado es quizás uno de las zonas más grises de las sociedades contemporáneas. Las mujeres que lo practican sufren discriminación, violencia y degradación. Se encuentran en la zona de la vida que tu has puesto bajo el signo de la precariedad. ¿Cómo producir una política emancipatoria que les restituya autonomía y autodeterminación sin caer en la estigmatización y una política redistributiva de derechos?

-Tengo la sensación de que las trabajadoras sexuales siempre han tenido sus propias reuniones, redes y modos de reflexión sobre su propia situación política y económica. La primera tarea es averiguar cuáles son las demandas de ellaspara su propio bienestar económico y social. Algunos pueden estar en la profesión contra su voluntad, y la coerción es injusta y debe ser rechazada. Pero algunos eligen ese trabajo, incluso sobre otros trabajos posibles, y esa es su elección. En este sentido, las vías para salir del trabajo sexual deberían estar disponibles, pero solo para quienes las desean. Para aquellos que permanecen dentro de las profesiones porque es la mejor opción para ellos, la sociedad debe hacer todo lo posible para brindarles las opciones más seguras, para asegurarse de que tengan la salud adecuada. Cuidarlos, oponerse a la explotación de su trabajo por parte de terceros y asegurarse de que ganen un salario digno. No estoy segura de que todas las trabajadoras sexuales sean víctimas, pero los niños y los migrantes que son “traficados” definitivamente son controlados, coaccionados y explotados. Debemos oponernos a la trata de personas y esta debe ser erradicada, sin duda alguna.


Jaime Donoso

Periodista