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La emotiva historia del partido de fútbol que unió a chilenos con peruanos

Por: Diego Bravo Rayo. @diegobravorayo / Publicado: 12.04.2019
_MG_9782 / Foto: Ricardo Gómez Peñaranda
El club más popular de Perú vino a jugar a Santiago y movió a una multitud. Aquí mostramos los preparativos de su hinchada, sus viajeros, la mano hermana de los colocolinos y la vida en un país que, a veces, es amigable y en otras, ingrato.

Martes 3 de abril, San Joaquín, Santiago. El partido era a las 21:30 y buena parte de la barra estaba reunida desde la cuatro, aunque realmente estaban juntos desde antes. Desde la semana pasada empezaron a llegar de distintos países, sobre todo desde Perú y Argentina. Sin embargo, la organización de toda la fiesta se remonta aún antes. El pasado 27 de febrero, a un minuto del final del partido, Cristóbal Jorquera batió al portero de Talleres de Córdoba y le dio la inesperada clasificación a Palestino a la fase de grupos de la Copa Libertadores, el torneo de clubes más prestigioso del continente. El grito de gol envolvió las gargantas árabes y las de miles de peruanos residentes en Chile, porque:

– Significaba que Alianza Lima venía a jugar a Chile. Mi celular empezó a sonar al tiro.

Así describe Jean Carlos Carrasco (28), miembro de Chile Grone, una de las ramas que tiene afuera de Perú el Comando Svr, la barra de Alianza Lima, la sensación que sintieron cuando Palestiono hizo el gol. Desde alojamiento a los viajeros, banderas y bombos, hasta permisos con la Intendencia, pasaron por él y unas 25 personas que buscaban brindar el mayor espectáculo al equipo que los apasiona.

Hace 10 años, de Santiago sabía nada más que lo que su hermana le contaba, quien llegó en 1997 para trabajar de nana puertas adentro en La Dehesa: en datos de CLAPES UC,  el 35,4% el servicio doméstico de esta modalidad lo ejercen extranjeras, de las cuales más de la mitad son peruanas, según el último Censo. Fue ella quien le compró los pasajes a Jean para que viniera a conocer Chile, solamente por un mes, en octubre de 2010.

De estar haciendo “palomilladas” y gozando del tiempo libre en su natal Moro, pasó a trabajar todos los días en una distribuidora de licores por un poco más del sueldo mínimo –$182.000­– en un país en el que apenas llevaba cuatro días. Con el mes cumplido y con el dinero para costear su pasaje de vuelta, su hermana lo canceló. Esto no era lo que quiso venir conocer: “Llegaba a las seis, siete de la tarde, de la pega a mi casa y ya no encontraba nadie con quien hablar y compartir. Llamaba a mi mamá, a mis amigos, me acordaba de todititos. No me gustaba Chile”.

La llegada de Katherin, su compañera, mejoró su ánimo pero tuvieron que pasar varios años para que dejaran de pedir préstamos para llegar a fin de mes. Hoy disfrutan de los primeros meses de su hija, acompañados de un mejor pasar económico a raíz de sus empleos, al punto que la valoración y confianza del jefe de Jean hizo que le brindara el permiso para no trabajar el día del partido. No fue fácil ni el único en esa situación:

– Mi jefe no estaba muy contento y dijo, “me vas a a deber una”. Algunos inventaron una chiva y otros dejaron tiradas sus pegas por ir a ver el partido.

Foto: Ricardo Gómez Peñaranda

Desde el pitazo final de la clasificación de Palestino hasta el último fin de semana antes del esperado encuentro, Chile Grone y sus grupos realizaron polladas, choripanadas y campeonatos de baby fútbol con el fin de tener recursos para armar una fiesta inolvidable. “Queríamos demostrar que somos el país, sin contar Perú, donde se vive más el aliancismo”, cuenta Jean.

Si bien el plan era ambicioso, de alguna forma la popularidad del club impregnó a la diáspora peruana, que podía responder a los anhelos de esta fanaticada blanquiazul. Una encuesta que hizo GFK (la misma gigante alemana de estudios de mercado que hace la Adimark en Chile), arroja que 1 de cada 4 hinchas son del equipo íntimo.  El ministerio de Relaciones Exteriores peruano calcula que son más de 3 millones de peruanos viviendo fuera de sus fronteras, cuyos principales paises de asentamiento son Estados Unidos, Chile y Argentina. A fines de 2018, el Departamento de Extrajería y Migración estimó  que son 1.251.225 personas extranjeras residentes en Chile, un 6,7% de todo el país. De ellas 224 mil son peruanas, casi el 18% del total de los inmigrantes. La novedad es que la comunidad venezolana desplazó del primer lugar a la peruana, lugar que ostentó en los últimos 20 años, llegando al 23%.

En un inicio el cotejo iba a ser en San Carlos de Apoquindo, pero terminó siendo en el estadio Monumental David Arellano, de Colo Colo. La noticia entusiasmó aún más a la hinchada aliancista. Era momento de hablar con la Garra Blanca.

La historia que los une

En el mundo del fútbol y las hinchadas no son comunes las amistades, pero de las que existen, posiblemente no haya una tan profunda y fuerte como la de Colo Colo y Alianza Lima. La historia se remonta al 8 de diciembre de 1987, cuando tras haber vencido al Deportivo Pucallpa en la amazonía peruana, el avión de la Fuerza Aérea que llevaba al primer equipo blanquiazul cae en la costa limeña. Todos murieron: jugadores, cuerpo técnico, hinchas, menos el piloto del avión.

Tragedia nacional. El presidente del club, Agustín Merino, estaba tan desvastado que anunciaba que el equipo dejaría el profesionalismo al menos por un año mientras el estadio Matute era escenario de un velorio masivo. Fue en esos días cuando recibieron otra noticia inesperada, pero de diferente índole, a través de una llamada por teléfono desde Santiago: enterados de lo ocurrido, el Club Social y Deportivo Colo Colo les cedió a cuatro jugadores para que así Alianza Lima no desistiera y volviera a las canchas. Ellos fueron los entonces veinteañeros José Letelier (actual DT de la selección femenina de Chile), Parcko Quiroz, Francisco Huerta y René Pinto.

La gratitud y el honor de ambas instituciones caló de inmediato en las hinchadas, sobre todo al notar que comparten la condición de equipos populares. Con el tiempo esa solidaridad germinal se volvió cotidiana entre aliancistas y colocolinos al punto de que las muestras de fraternidad son incontables, como el alojamiento que brindaron varios albos a sus pares blanquiazules e incluso un libro que se basa en la historia de esta hermandad: Amistad Sin Fronteras.

Jean Carlos y otros integrantes de Chile Grone fueron invitados a una reunión de la Garra Blanca en la que no solo definieron los cuidados que debían tener del estadio, sino además comprometieron la compañía, el aliento y  la seguridad requeridas para el día del partido. “Las gallinas están ‘apagadas’, pero teníamos más atención por los chunchos, porque son más que nosotros, están en su país y mucha gente nuestra que vino del extranjero no sabe cómo se mueven las cosas por acá”, relata Jean. Cuando se refiere a las gallinas, habla de la facción en Chile de la Trinchera Norte, la barra de Universitario, sus archirrivales.

Foto: Ricardo Gómez Peñaranda

Grone es la metátesis de ‘negro’, término que con orgullo se ha apropiado Alianza Lima. Esto se debe a que casi desde los inicios de su historia, buena parte de sus equipos eran conformados por afrodescendientes y sus mezclas. De ellos está uno de sus máximos símbolos, Alejandro Villanueva, delantero que brilló entre la década del 20 y el 30, cuyo nombre lleva el estadio del club.

A cinco horas del partido, la picada escogida para la concentración estaba casi atiborrada de hinchas con polos (camisetas) blanquiazules, tanto del mismo Alianza Lima como de otras en las que se leen Cono Este, Cvzco, Amenaza Grone, Atake Svr, Armada, Ermitaño y Nekropsia Filial Chile, acompañados del símbolo de riesgo biológico. Como se da en muchas hinchadas, los nombres aluden a la proveniencia y al grupo al que pertenecen, casi siempre apelando a la virilidad y todo aquello que inspire respeto y temor en los rivales. El Comando Svr es una barra brava y, como tal, en ella los cobardes no sirven.

– ¡Caminando llegó todo mi pueblo…!

Los abrazos por los reencuentros seguían hasta que se corrió la voz de que era momento de que tomáramos los últimos sorbos de cerveza. Banderas gigantes de Alianza Lima, otras de Colo Colo, lienzos, tarolas, bronces, tres bombos –uno de ellos recién llegado de Estados Unidos– y casi quinientas personas iniciaron la caminata hacia el estadio. Así es el hábito de muchos grupos que en Lima cruzan la ciudad entera a pie hacia el estadio. Eran las 18:30, hora en que la avenida Vicuña Mackenna hervía de tráfico, sin embargo, tal vez por estar concientes de su condición de extranjeros y la escolta policial, los líderes constantemente llamaban a que ocupásemos solo una calzada. Muchas personas nos miraban, algunos sin entender y otros sorprendidos, en ambos casos registrándonos con sus cámaras. Lo mismo ocurría entre nosotros, volviendo difícil hacer una foto en la que no apareciera una mano con su celular.

“Oe oe, ábranse que vienen los bombos y las trompetas, pe”. Los organizadores y cabecillas de la marcha parecían tan ocupados con sus brazos para hacer espacios, algunos con el teléfono en la oreja y otros con el seño fruncido mirando alrededor, que me hizo dudar de su goce. Sin embargo había que caer en cuenta de que en sus hombros recaía el prestigio de dos barras fuertes, lo que no daba espacio para un relajo  pueril que pudiese significar una falla en el espectáculo o, en el peor de los escenarios, perder algún lienzo ante barras rivales. Ni pensarlo.

– Notaba muchas familias con niños que habían nacido en Chile que llevaban la camiseta de Alianza. Me sorprendió al dimensionar cuántos peruanos viven acá.

Así lo recuerda Martín Roldán (49), periodista, escritor y miembro del Comando Svr. Su pasión por Alianza Lima y por las letras hicieron que él, junto a otros, publicara el último número de la revista de la barra, allá por 1996. Es también uno de los fundadores de La 20, la banda instrumental que acompaña los cánticos de la hinchada desde 2004. Ha publicado tres libros cuyas temáticas transitan en la vida callejera, las incontables crisis sociales, la desesperanza, el desenfreno y, por cierto, Alianza. “Este amor no es para cobardes”, es uno de cuentos sobre las aventuras de los barristas de Alianza. Su obra más renombrada es “Generación Cochebomba” (2007), basada en la escena del movimiento “subte” en el convulsionado Perú de fines de los 80, azotado por el terrorismo y la pobreza. El último, “Podemos Ser Héroes” (2015), es otro de los motivos que lo tiene en Chile, ya que fue publicado por la editorial Estruendomudo.

Ya en la entrada del sector Arica, vinieron las primeras complicaciones, ya que a pesar de las insistencias, carabineros impidió el ingreso de todos los instrumentos musicales y de los cientos de lienzos; solamente permitieron el de Chile Grone y uno ajado y longevo del Comando Svr. Los otros que entraron cumplían con el tamaño permitido o simplemente fueron bien camuflados. Con más de un mes de preparativos e incontables imprevistos, a pasos de la galería la barra vivía uno de los momentos más decisivos. Debían resolver dónde iban a guardar con la seguridad necesaria todos los lienzos, sobre todo cuando habían identificado tres autos sospechosos, cada uno con 5 a 6 “punteros”: tipos que esperaban ansiosos un descuido para una emboscada y quitarles sus estandartes. Aquí también se cumple un axioma bélico en la que el amigo de mi enemigo, es mi enemigo.

– Y si eres barrista, sabes que las banderas se cuidan con la vida.

Así, al menos, lo cree Ani Ramírez (32), uno de Los Sicarios de San Juan de Miraflores, uno de los grupos más grandes que componen el Comando Svr y que también vino a Chile solamente por el partido.  Hace 18 años que es barrista. Conoció distintas canchas de Perú y el continente siguiendo al equipo de su corazón, más un sinnúmero de horas destinadas a promover el aliancismo. Este recorrido le ha merecido su lugar en la directiva del grupo, y tiene claro los principales obstáculos que ha superado en su camino barrístico: “el machismo, esa cosa tan arraigada en las barras, en la que confían menos en ti solo por ser mujer”.

Adentro, los hinchas estaban cautivados y se fotografiaban con los murales de la Garra Blanca. Momentos antes del partido, justamente en uno de los escudos pintados de Colo Colo, se reunieron cerca de 40 hinchas de la Asociación Barra Aliancista, que data de 1972. Con una solemnidad inusitada se encomendaron a un cuadro del Señor de los Milagros, que en el reverso portaba la insignia de Alianza Lima. Todo un ritual.

Una aventura

La devoción, el esfuerzo por llegar y pagar los $12.000 que hicieron los hinchas, no tuvo siquiera un asomo de retribución por parte del equipo. 3 a 0 acabó a favor de Palestino y la frustración fue tal que los jugadores, apenas terminado el partido, se fueron a los camarines, cabizbajos y evitando mirar a las cinco mil personas que los acompañaron.

– ¡Muévete, muévete, que vienen los verdes…!

Al día siguiente, por la mañana, en uno de los puentes que cruza el río Mapocho, Sergio (29) y los demás vendedores ambulantes se tenían que correr ante la llegada de los carabineros. Al pasar los oficiales a paso cansino, Sergio retomó su lugar y rehizo su puesto móvil de venta de tamales: una especie de humitas pero a base de maíz peruano y trozos de pollo. Llevaba puesta su camiseta de Alianza Lima y asumió inevitables las bromas que recibió, aunque no fue al estadio ni vio el partido, porque tenía que trabajar. Allí mismo:

– Ayer estaba súper bueno, pero estaba solo. A Chile yo vine a trabajar.

Llegó de Barranco hace 12 años con ese propósito. Aparte de los tamales, Sergio es maestro pintor, rubro en el que ha visto el rostro menos amable del país, ya que sus pares lo han criticado a él y a otros compañeros peruanos por ser “muy trabajadores”.

– Me han dicho ‘peruano culiao’, que soy chupamedias de los jefes. ¡Pero qué contradicción, como si se jactaran de ser vagos!

Según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 4 de cada 10 emigrantes peruanos se dedica a trabajar en servicios, ventas en comercio y mercados, y otros empleos no calificados.

Foto: Ricardo Gómez Peñaranda

– La cantidad de gente que metimos ayer no la llevarían las gallinas ni Cristal.

Para explicar la vida de Óscar Lucano (38) es imposible omitir a Alianza Lima y al Comando Svr. Un viaje a Chile en 2007 por un partido contra Audax Italiano y una conversación en el entretiempo fueron suficientes para convencerlo de salir de la casa de sus padres, soltar un poco la pasión que lo consumía, dejar el riesgo que estaba viviendo con los rivales e iniciar una vida nueva que lleva doce años y una hija chilena de seis.

Lucano fue también fundador de La 20 y la nostalgia más la afinidad con el Cacique lo llevaron por un tiempo a ser parte de la banda que musicalizaba las canciones de la Garra Blanca. Hoy, chef de un restaurante del barrio alto, hace también de chofer de Uber Eats y consiguió permiso para compartir con su amigo Martín Roldán, a quien alojó en su casa. Allí, tomando desayuno, Roldán muestra un mensaje de una amiga suya, enrrostrándole el resultado con una pregunta socarrona: “¿Para esto fuiste a Chile?”. Roldán explica:

­–El fútbol tiene intensidades de vida distintas. Ella no entiende que el hecho de estar aquí, alentar, de emocionarte con la llegada de la gente. Cada viaje para ir a ver a Alianza es como una aventura que haces con tus amigos. El resultado es lo de menos porque esto, finalmente, hay que sentirlo para poder entenderlo.

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