Hay dos agentes de la DFS frente a la casa de García Márquez en el DF. Paseos del Pedregal, calle Fuego 144. Anotan y fotografían a todo el que entra y sale. Todo pasa al archivo. El expediente de Gabo incluye copias de las tarjetas de abordar de vuelos a La Habana y una nota donde se afirma que el escritor, comunista y millonario, autor de la muy discutible obra Cien años de soledad, es agente de la KGB (por unos instantes imagino a García Márquez deviniendo ruso, con una gran sonrisa caribeña y una ushankaque que casi le tapa los ojos). El  jefe de la Dirección Federal de Seguridad, Miguel Nazar Haro firma algunos de los documentos que van formando el archivo. Se adjuntan muchos recortes de prensa. En uno de ellos se habla de la traducción al chino de una de sus obras. Entrevistas y declaraciones. Un agente escribe bajo una foto del escritor: “la narrativa tiene causas políticas”. Años después, quizá será el mismo agente quien se refiera al “Premio Novel de la Paz”. 

Es curioso, o quizá obvio: García Márquez es bienvenido por el gobierno mexicano, es un huésped de honor, pero eso no impide que la policía secreta no le pierda pisada. Es cierto: no hay poder político sin control del archivo; sin manejo de la memoria. Una memoria de la vigilancia, del control de la visión panorámica-panóptica del archivo del Estado que todo lo ve y todo lo sabe, que todo lo escribe. Pero desde el archivo se construye también la posibilidad de la verdad y la libertad. Desde el archivo, también, intuyo, podemos hacer nostalgia reflexiva. 

García Márquez, sabe que lo vigilan, quizá invita a los agentes aparcados frente a su casa a unas arepas o a un aguardentico. No sabemos si ellos aceptan o no, preocupados en la exégesis de lo que ven. Una fotografía del escritor se acompaña de una leyenda: “se confirma que GGM además de ser procubano y soviético, es un agente de “Propaganda””. Claro, es lo que de arriba quieren oír. Pero, ¿qué es lo que permite la confirmación; qué es aquello que les otorga a los agentes la certeza? Una mirada del mundo ya provista y previsible, pero hay algo más también: la certeza ha sido construida desde antes. El saber de los agentes es redundante y nuevo a la vez; en esa tensión, en el intersticio de esos tiempos –en esa crisis– se juega y desarrolla el aire de la Guerra Fría, la atmósfera que se respira, la estructura del sentimiento de esos años. Mientras tanto García Márquez está terminando el asesinato de Santiago Nasar: todo el pueblo sabe y nadie hace nada para detener su muerte. El narrador de Crónica de una muerte vuelve años después a averiguar qué fue lo que sucedió, como fue posible. Nosotros, ahora, somos como ese narrador; volvemos para intentar saber qué fue lo que sucedió.    

En 1972 García Márquez gana el premio Rómulo Gallegos por Cien años de soledad. El dinero del premio lo dona al Movimiento al Socialismo, MAS, de Venezuela. Este hecho provocará el resurgimiento de una polémica de larga data: el de su compromiso político. Pero ahora no se trataba de cualquier escritor sino del escritor latinoamericano, ya entonces, más famoso y exitoso. ¿Cómo atacar al autor de esa novela fenomenal que era Cien años de soledad? ¿Defender el arte y rechazar la política? ¿Defender ambos o rechazarlos? Y si esa es la cuestión que se plantean críticos en todas partes; ¿qué pueden hacer los gobiernos con esa figura cuyas palabras se publican tan pronto salen de sus labios?

El compromiso y apoyo a la izquierda latinoamericana que profesaba García Márquez es algo bien conocido. Una vez, al llegar al aeropuerto de México declara: “Pinochet va a caer muy pronto, de dos a cuatro meses” y agrega: “yo soy un exiliado chileno ad-honorem”. Esta reunión de creación artística y compromiso político fascinó o incomodó tanto a críticos como políticos.

Claudia Sánchez escribe al entrevistarlo para El Día (12-7-75): “Es un revolucionario para el cual escribir es un deber y una obligación, ya que ha puesto su literatura al servicio de la liberación de los pueblos”. Y el mismo García Márquez declara: “Soy de los que quisieran que ya la revolución hubiera triunfado en todo el mundo para solamente tener que pensar en la literatura, el arte y esas güevadas, pero mientras vivamos en el mundo en que vivimos es un crimen no tener una participación política activa”. Pero no todos los críticos están de acuerdo con García Márquez. En El Sol de México, en un artículo recortado con cuidado por un agente, Enrique Fairlie Fuentes, chileno, al enterarse que el colombiano ha donado los 22.750 dólares del Rómulo Gallegos al MAS, escribe “García Márquez y los extremistas: cien años de tiranía”. Ahí señala que Gabo es “el fraude literario más espectacular de los últimos 50 años, superior al de Vargas Llosa— …un bastión formidable para la difusión de la violencia, para la política de la muerte y para la incitación al crimen”. 

Los cruces ideológicos que marcan esta controversia artística y política no son siempre tan claros. El New York Times y el Time ensalzan la traducción de Cien años de soledad de Rabassa. En este último se dice: “Cien años de soledad como el ron calentado desciende suavemente quemante” (no menciona la marca del ron). En tanto, el periódico Literatúrnaya Gazeta, de Moscú, critica ácidamente a García Márquez por entregar el dinero del Rómulo Gallegos “a un pequeño grupo trotkista de renegados, excluidos del PC venezolano”. Archivado.

García Márquez se toma estos hechos con humor. Agradece el interés de la crítica en la Unión Soviética y no dice más. Cuando Anthony Quinn le ofrece un millón de dólares por los derechos para hacer una película de Cien años de soledad, dice que es muy poco y que por lo menos tendrían que ser cuatro. Un diario titula: “Si cobrara cuatro millones de dólares, García Márquez se comería uno y haría una revolución”. Detrás del humor y más allá del compromiso político, durante estos años una preocupación muy seria da vueltas en la cabeza del aracateño; una preocupación que está estrechamente ligada a la realidad histórica-política que le toca vivir y que se demora lustros en tomar forma. El mismo lo cuenta así: “La idea se me ocurrió en Caracas en 1958, mientras asistía como periodista a la liquidación de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. La idea surgió redonda y completa cuando vi salir del palacio de gobierno a un oficial de alto rango, en uniforme de campaña y cubriéndose la retirada con una ametralladora. El hombre estaba pálido, sudoroso y cubierto de barro hasta las rodillas, y su figura contrastaba con el lujo un poco anticuado y el aire sin dueño del palacio. La pregunta que me hice fue: “¿Dónde carajo estará el poder en medio de este desmadre?” Tratar de responder esa pregunta me costó nueve años de estudio, de lecturas, de reflexiones sobre el poder individual absoluto, y siete años de escritura”.

La novela que resulta de estos años de reflexión y trabajo es El otoño del patriarca, una novela que muestra cómo el poder individual absoluto conduce fatalmente a una pérdida del sentido de la realidad. Por estos días, en que recordamos la partida de Gabo hace 5 años, esa reflexión sobre el poder es más necesaria que nunca.  Volveremos a ella.