Para entonces, Max sabía de ella por los minutos que le había dedicado a ese estado contemplativo y fugaz que Instagram ofrece a la revisión de perfiles ajenos. No escuchó ni vio las noticias en febrero después del Festival de Viña. Solo sabía lo que veía allí, en las historias: que se llamaba Arlén Aliaga y que quería cambiarse del Liceo Manuel Barros Borgoño, de hombres, al Liceo 1 Javiera Carrera, de mujeres.

Sufrió con ella, en esa distancia furtiva del celular, cuando rechazaron su matrícula. Pensó en darle aliento, en escribirle que no desfalleciera. Quiso decirle que no estaba sola, que siguiera peleando, que él había pasado por lo mismo. Pero Max es tímido y contuvo sus pensamientos.

Todo cambió cuando vio por la misma aplicación que su matrícula, la de Arlén, había sido finalmente aceptada. Un triunfo que sintió como propio luego de haber seguido, publicación tras publicación, cada una de las peleas de la primera niña trans del Liceo. Y el tiempo que había dedicado a mirar, hicieron de Arlén una especie de “figura” para Max: fue ella quien finalmente puso sobre la mesa el tema de los niños y niñas trans en colegios emblemáticos, y particularmente en los monogenéricos.

En el momento en que Jacqueline supo que Arlén había sido aceptada, se puso en contacto con la Organización Trans Diversidad (OTD). Quería saber si ellos estaban trabajando con la nueva alumna del Liceo 1, si había forma de comunicarse con ella y su mamá. Así que les dejó su nombre, su número de teléfono y un mensaje: “Que estuvieran tranquilas porque en el colegio Arlén iba a ser muy respetada, que no se preocupara”. Dos días después, Jacqueline recibió una respuesta. Entonces las invitó a ambas a su casa en San Miguel para el martes 5 de marzo, horas antes de empezar el año académico.

“Adivina quién viene a tomar once”, le dijo a su hijo Max, poco antes que sus invitadas llegaran.

“Fue chistoso porque me fui a esconder a la pieza de mi mamá, pensando ‘no, no, no, esto es una broma’, porque en verdad se había transformado en toda una figura”, recuerda Max.

Entonces llegaron.

Y esa tarde calurosa, entre las paredes rojas del quinto piso de un edificio del sector El Llano, Arlén descubrió que no era la única trans del Liceo 1.

Maximiliano Cañete Cerda, estudiante de cuarto medio, había hecho su tránsito adentro.

Él es el único estudiante hombre en el Liceo 1 Javiera Carrera.

Circular 768

De todo el proceso de pasar de un género a otro, el Liceo fue para Max el último de los espacios por los que transitó. Primero fue con su polola, después con su familia, luego en la universidad y finalmente la escuela.

Entre primero y segundo medio, Maximiliano estuvo con acompañamiento sicológico por, entre otras cosas, heridas autoinflingidas. Para Jacqueline eso fue un mensaje oculto que su hijo quería dar a conocer. De esas sesiones, Max concluyó que necesitaba decirle a su pareja lo mucho que le incomodaba que ella se refiriera a él como Francisca, el nombre con el que nació, y no con el nombre masculino que ya había elegido hace algún tiempo.

“Me acuerdo que me corté el cabello y después de eso hubo un par de meses en que la gente me trataba como hombre y ella les corregía. Hasta que un día nos juntamos un rato antes del colegio, cuando entraba en la tarde, y le comenté que no estaba cómodo siendo Francisca, que no me sentía lleno”, recuerda Max, ahora con el pelo casi al ras a los lados y atrás de la cabeza, y largo en la parte de arriba.

Para entonces no le había dicho a nadie lo que sentía. Pensaba que eran tonterías, que lo iban a mirar raro. Ella, su polola, lo abrazó y le preguntó su nombre. Él respondió: Maximiliano. Y Francisca, el nombre que le habían dado sus papás, empezó poco a poco a desaparecer.

Las tardes que Max pasaba con su mamá, fueron los espacios para que Jacqueline pudiera ver algo en las conversaciones por chat que llamaron su atención: se referían a su hija en masculino y con un nombre que ella no le había dado. Hasta que un día se atrevió a preguntar: “Hija, ¿a ti te gusta que te digan Max?”.

“Si, me gusta”, respondió él.

Lo que vino después fue la conversación con el papá: una tarde, los dos solos en el auto, le preguntó cómo se sentía. Max respondió: “En verdad soy un hombre”. Y entre llantos le explicó que su plan era entrar a la universidad, trabajar, viajar fuera de país y, en el mejor de los escenarios, hacer el tránsito en el extranjero para haber vuelto “con la sorpresa”. Pero las revelaciones aceleraron las circunstancias.

Al principio fue shockeante, como suelen ser este tipo de cambios. Pero los papás de Max decidieron apoyarlo. Y juntos resolvieron, primero, buscar que Max pudiera usar su nombre social en Penta, el programa de la Universidad Católica del que participa en paralelo al Liceo 1, que busca “desarrollar el potencial de los niños con talento académico”. El trámite formal no tuvo mayores complicaciones.

En 2018 Jacqueline y su hijo empezaron a pensar en buscar el reconocimiento y respaldo en el liceo. Como argumento, Jacqueline tenía la circular 768 de la superintendencia de Educación, emitida en 2017.

El documento exige, entre otras cosas, que los colegios garanticen los derechos a la no discriminación, al acceso a la educación y, en el caso de los alumnos y alumnas trans, el uso de nombre social en todos los espacios educativos. La condición de esto último es que debe “ser solicitado por el padre, madre, apoderado, tutor legal”.

En marzo pasado, Jacqueline firmó una autorización en el Liceo que le permitía enviar un correo a todos los profesores, informándoles que desde ese preciso momento se iban a referir a su hijo como Maximiliano Cañete Cerda.

“En la última reunión de apoderados, todos sus documentos venían con su nombre social”, recuerda Jacqueline.

El miedo más grande era que le dijeran que, como era colegio de niñas, tuviera que cambiarse. Y el traslado de un emblemático monogenérico a otro dejaban a Max sin siquiera “pensar en el tipo de trato que tendría ahí adentro”. La otra opción era moverse a un establecimiento mixto. De hecho, en determinado momento lo hizo: postuló y quedó. Pero tomó la decisión de seguir donde estaba tras comprar la exigencia académica.

Si hubiese habido algún tipo de resistencia para quedarse en el Liceo 1, siempre estaba la opción de alegar. Ese escenario dirigía el debate a lo que hizo el Liceo José Victorino Lastarria, que implementó la educación mixta este año; o los resultados que hace poco tuvo el Instituto Nacional sobre el género de la comunidad estudiantil.

Había, además de la circular, otro argumento por el que Max quería quedarse y que se entiende con una de las frases que le dijo a Arlén la tarde que se conocieron: “No tengas miedo, porque en verdad todas te van a cuidar. Las niñas están súper educadas, súper informadas, todas te van a apoyar”.

Hoy en día, es solo un profesor el que aún tiene dificultades para llamar a Max por su nombre social. El resto de los académicos y compañeras de colegio respetan su decisión.

Educación sexual

Se trata del “Programa comunal de educación sexual” (Proces), que busca implementar una educación inclusiva y no sexista en los establecimientos municipales. Luiz Santos, sicólogo y coordinador del programa, cuenta que “partimos el año pasado informando a los profesores, además de reconocer y capacitar al encargado de educación sexual de cada establecimiento. Es con él con quien vamos estipulando los trabajos que se van realizando en la comunidad”.

Para cuando el programa se implementó, había ocho casos de alumnos trans reconocidos como tal en toda la red de establecimientos dependientes del municipio. Hoy en día son 16.

Las principales cortapisas para el reconocimiento del género, cuenta Santos, no está tanto en los establecimientos, sino en las familias de los alumnos y alumnas.

“Tenemos muchos casos donde no hay apoyo de la familia, o hay desconocimiento por parte de ella. Ahí trabajamos en cómo apoyar al alumno con la dupla sicosocial, los sicólogos o asistentes sociales de la comunidad”, cuenta el coordinador.

Para que el mecanismo empiece a funcionar, primero el apoderado debe solicitar una hora de atención con el director o la directora. Luego, el encargado de educación sexual del establecimiento propone un plan sobre cómo se aborda el tema: la definición del uso del nombre social del hijo o hija, el uso de los espacios higiénicos, la documentación y el trato. “Hay casos que tenemos donde no quieren que esté en conocimiento de la masividad del establecimiento, sino que quieren solamente a nivel de curso. Todas esas particulares se conversan y se construyen en equipo”, cuenta Luiz. Luego, se hace el acompañamiento sicológico y social, pero siempre teniendo presente, explica el coordinador, que “en la mayoría de los casos, los estudiantes están siendo asesorados por alguna organización o profesional, entonces la idea no es sobreintervenir, sino acompañar y saber si ha tenido un buen pasar”.

En los casos de quienes hacen el tránsito en colegios monogenéricos emblemáticos, las razones recurrentes para que los niños o niñas se queden, explica Santos, es que existe una historia con el mismo establecimiento, hay lazos, o porque hay preferencia por la malla curricular: “Nuestra posición no es que ahora que te presentas como hombre o mujer te cambies a un colegio mixto. Queremos que los alumnos nuestros estén donde ellos quieran”, dice.

La intención municipal es que todos los colegios puedan ser mixtos. Ese es el quinto punto del “Proces”: apoyar a los liceos que deseen cambiar el régimen monogenérico, siempre respetando las decisiones de cada establecimiento en su autonomía.

La votación en el Instituto Nacional no fue en su momento un no rotundo para la municipalidad: “Si el Instituto Nacional dijo que no, vamos a trabajar, vamos a educar. En eso estamos trabajando en el programa: en generar instancias, espacios de conversación, para hablar de no, de por qué no. Es, de alguna forma, un ‘vamos, sigamos conversando’”, cuenta Santos.

Algunas luces de esa discusión pudo ver Max en días antes a la conmemoración del día del joven combatiente: “Hubo una asamblea en la que hablamos sobre si en algún momento se acercaba una mujer trans o algún compañero que quisiera resguardarse adentro del liceo. La conclusión fue que se le permitiera el ingreso, porque teníamos que darles la seguridad si en algún momento se sentían pasados a llevar. A medida que ha pasado el tiempo, más aceptación hay: a las mujeres trans se les tiene que dar todo el apoyo por parte del liceo”, recuerda el estudiante.

El cambio definitivo

La segunda semana de abril, Max consiguió una autorización desde la dirección que le permite usar buzo de lunes a viernes. No más jumper. Sobre el uso del baño, sigue yendo al de alumnas porque le incomodaría usar el de profesores, que es la opción mixta.

A Arlén la ha visto poco después del encuentro en su casa. Los otros alumnos trans que ha ido descubriendo en su colegio, y que no han sido reconocidos oficialmente aún, solo ha sido porque a veces, afuera del colegio, escucha que algunos grupos de niñas se refieren a alguna de ellas en masculino.

Max cree que la separación de los colegios por género ya está obsoleta. Este es su último año en el Liceo 1. Una vez que rinda la PSU, quiere entrar a estudiar astronomía. Sea cual sea el futuro, tiene la tranquilidad que hacia el final de su vida como secundario lo respetaron, incluyeron y aceptaron tal como se siente: Maximiliano, el del colegio de mujeres.