El sistema del tacto está construida a partir de distintos relatos que remiten a imágenes de archivo, ejercicios de dactilografía, insertos de enciclopedias y novelas ficticias. Este collage es un formato poco explorado en la narrativa chilena lo que refuerza, en cuanto a la forma, el fondo de tu obra, es decir, el extrañamiento y la alienación que vienen de la mano de no pertenecer, o habitar un territorio extraño. ¿Qué nos puedes contar sobre la elección de este formato?

—Inicialmente yo quería escribir un libro de corte documental: la historia de mis bisabuelos que, siguiendo la oleada de inmigración de fines del siglo XIX y comienzos del XX, vinieron de Europa a América. Investigué, viajé y reuní bastante información, pero en algún momento empezaron a aparecer otros materiales que hicieron tambalear los hallazgos. Y surgieron vacíos, contradicciones y zonas de incertidumbre que modificaron por completo la idea original. El formato entonces fue surgiendo en la medida en que deseché la idea de reconstitución del pasado y me incliné más por el trabajo con residuos, restos e imágenes quebradas que sobreviven en el presente. En ese sentido, el extrañamiento y la no pertenencia de los personajes están en sintonía con estas materialidades un poco desarraigadas también, arbitrarias en su jerarquía, inestables. Lejos de ser fuentes o de ilustrar el texto, diría que son piezas que permanecen como fantasmagorías y que van más allá de una memoria zanjada. Estos retazos alimentan el vaivén entre la imaginación y el documento, pero también sacuden cualquier asomo de última palabra y permiten no concluir, no dar por cerrado, no mirar el pasado como algo que ya pasó. Porque la inestabilidad de la historia (el fondo) es también la inestabilidad genérica del libro (la forma), que no encaja con la idea de un principio, un medios y fin acabados.

Entiendo que, para elaborar El sistema del tacto, tuviste que hacer una especie de arqueología de ti misma, de tu familia y del recorrido que hicieron hasta llegar a Chile. ¿Cómo fue el proceso de convertirse en escritor-saqueador de la propia memoria, si me permites esa palabra?

—Así como en el proceso de investigación surgieron materiales que podían desdecir o contradecir las ideas iniciales, al trabajar sobre mi memoria fui encontrando vacíos, recuerdos de recuerdos o directamente recuerdos inventados, que me obligaron a extremar la idea de que todo es ficción y todo es real al mismo tiempo. Trabajar sobre ese límite ambiguo, sobre las máscaras del yo y las distintas “poses autobiográficas”, como diría Lorena Amaro, fue asumir la rigurosidad de una historia anclada en acontecimientos verificables, pero al mismo tiempo la libertad de abordarla desde una zona amplia, que va desde la imaginación al delirio. La base fue la historia familiar, los desplazamientos en distintos tiempos y espacios: a comienzos, a mediados y en los años setenta del siglo XX, y tanto de un lado a otro del charco como de la cordillera. Lo común ahí fue la fractura en las identidades, la necesidad de convertirse en otros en el lugar de destino, la dimensión de la pérdida. Pero una vez liberado de la amarra documental, todo ese cuerpo “memorioso” se transformó en soporte para una construcción artística. Y ahí el ejercicio saqueador, si es que vale el término, cobra otro sentido porque es el acto a través de cual vamos armando una historia posible, no una historia real. Lo importante ahí, me parece, es el lugar donde se sitúa la mirada, el lugar desde donde se escribe. La ficción, entonces, como una construcción, repito. No como una invención absoluta ni tampoco como una confesión.

Se pregunta Lorena Amaro, sobre las poses autobiográficas, “si, en este contexto, no serán las autoficciones, con sus componentes de verdad y ficción, de deliberada pérdida de la inocencia, una reacción necesaria, en este otro momento de la historia y de la memoria, que busca concebir otros modos de exploración del recuerdo y la capacidad del lenguaje para abarcarlo”, vinculando el concepto a la denominada literatura de los hijos en Chile.  En tu libro hay una descripción sobre el sistema del tacto que, entre las ventajas que enumera, apunta a la posibilidad de “escribir sin mirar en absoluto el teclado”. Me parece que existe un nexo entre ambos enunciados.

—Eso de mirar al pasado sin mirarlo directamente me hace pensar en la mención de Walter Benjamin al ángel del cuadro de Klee. Ese ángel de la historia que mira hacia atrás, hacia el pasado, y parece estar a punto de alejarse de algo que lo aterroriza. “Donde a nosotros se nos aparece una cadena de acontecimientos él ve una única catástrofe que constantemente amontona ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies”, se lamenta Benjamin. Creo que las formas de hacer memoria y acercarse al pasado necesariamente van cambiando. Y que el desafío está en dar nueva resonancia a aquellos ecos de nuestras historias traumáticas. En el fondo, la pregunta es cómo mantener vivo, desde la literatura, un pasado en discordia. Cómo abordar un paisaje arrasado sin ser arrasados por el mismo paisaje. Cómo volver a hablar del trauma sin ser ahogados por el eco de la memoria monumental. Yo pienso en la memoria como un lugar de lo inconcluso, cargado de energías latentes. No como la repetición de los hechos del pasado, sino como su rearticulación desde el presente. Como la voz del eco, que vuelve convertida en un sonido que rememora y al mismo tiempo origina su propio rumor. Tal vez podríamos pensar que, simbólicamente, esa escritura sin mirar el teclado que propone el sistema del tacto apunta a la búsqueda de un lenguaje genuino, un lenguaje propio que se amolde a las búsquedas de otras estrategias para ensayar espacios de disenso.

El tema de la migración y la discriminación aparejada al primer fenómeno es algo de lo que estamos tomando conciencia recientemente en Chile. Sin embargo, no es un fenómeno nuevo. En los relatos hegemónicos, se habla del migrante con cierta condescendencia que, si bien estratégica en tanto tiene como objetivo lograr mayores derechos para ellas y ellos, les resta humanidad. Como si no sintieran odio, rabia, vergüenza y/u otras emociones. En El sistema del tacto, logras dotar de humanidad a Ania, con todas sus contradicciones.

—Los del libro son personajes llenos de contradicciones, sin duda. Y son contradicciones que tienen que ver, justamente, con las identidades quebradas y con el peso de ser “otros”. Yo diría que Nélida es quien encarna las consecuencias del desarraigo de manera más evidente. Alguien que al principio se entrega a la situación y trata de cumplir con todas las normas de rectitud. Pero luego se ve desbordada y todo se va al carajo, partiendo por su cabeza. Con Agustín y Ania la sensación de no pertenecer es exacerbada por otras condiciones. En ellos está la pulsión por romper con el “deber ser” que se les impone en el plano familiar, profesional, social y de comportamiento. Yo diría que buscan, cada uno a su modo y con las coordenadas que les corresponden, sus propios manuales de conducta. O ni siquiera: lo que buscan es no tener manual. Con Ania, además, está el efecto del patriotismo desatado: ella es la intrusa, la enemiga en territorio ajeno. Y eso desata en ella y en los demás contradicciones y tensiones en muchos planos. En todo caso, tanto el patriotismo como la migración y las consecuentes discriminaciones son temas de una actualidad pavorosa. Vemos hoy el surgimiento de los nuevos fascismos o, aquí mismo, las políticas de corte xenófobo y la negación a sumarse a pactos multilaterales de migración y es para pensar que no hemos aprendido nada de nada.  

Ya eres una escritora consagrada. Esta novela fue finalista del premio Jorge Herralde. No obstante, me da la impresión –y lo mismo pienso acerca de Lina Meruane– que son reconocimientos tardíos que, en el caso de los hombres, no demoran tanto en aparecer. ¿Crees que hay un sesgo en el panorama literario iberoamericano en tanto sospechar de las buenas narrativas hechas por mujeres?

—Me da un poco de vértigo la palabra “consagrada”. La novela fue finalista del Herralde y es un reconocimiento que valoro muchísimo, por supuesto. Pero apunto al peso de la palabra consagración. ¿Qué pasa si mañana no me dan ganas de escribir más, por ejemplo? Ese tener que estar a la altura de una expectativa es problemático. Pero entiendo el punto de lo que dices y estoy de acuerdo con que los reconocimientos públicos suelen operar con velocidades muy distintas si se trata de una mujer o de un hombre. Y creo, o quiero creer, que eso está cambiando. Que cada vez se reconoce y se visibiliza un poco más a las narradoras, poetas, dramaturgas y escritoras en general. No es que antes no hubiera mujeres escribiendo, sino que no se las consideraba en ningún tipo de canon. O se las distorsionaba. Mira tú a Marta Brunet, de quien los críticos decían como un halago que escribía como hombre. “Este es un escritor; no una escritora, aunque sea una dama”, decía Carlos Silva Vildósola. O a Gabriela Mistral, que se la reducía a la inofensiva señora con traje de dos piezas, autora de rondas y poemas infantiles, anulando el enorme peso crítico de su escritura y de su vida. Pero volviendo a la actualidad, tendría también cuidado con los reduccionismos y los encasillamientos esencialistas de la literatura femenina. Para empezar, no diría “femenina” sino escrita por mujeres. Y pensaría entonces en la gran heterogeneidad que eso implica.

El sistema del tacto
Alejandra Costamagna
Editorial Anagrama
192 páginas
Precio de referencia: $17.000