“Me acuerdo de una niña que me dijo REGRESA A TU POBLACIÓN. Y yo le dije ‘vengo de Nueva York ¿Qué población es esa?”. La frase de Paloma Mami en la Revista Sábado sobre el choque con la realidad de Chile al llegar a este país, a los 16 años, es para enmarcarla como una verdad que refleja a la perfección en qué nos hemos convertido. Esa frase dice tanto de Chile. De su historia rastrera ante el patrón y su evolución rastrera ante el poder del dinero y la apariencia. Así es Chile y así opera su forma: un país clasista, arribista, ordinario y segregador. Si te ven con un rostro moreno, ancho, pómulos mas allá de lo aceptado de Plaza Italia para arriba, si te ven en un espacio considerado cuico, propio, con los ojos achinados y las líneas del maquillaje muy marcadas te preguntan cuál es tu población, te echan de vuelta al gueto del que asumen te atreviste a salir, supuestamente. Y si te ven con el buzo térmico, el cortaviento gastado y el jockey parado caminando por las comunas millonarias; o los agarra el miedo o te preguntan dónde dejaste la caja de helados para vender. Literal.

Es bárbaro el nivel de discriminación del que ya ni nos damos cuenta y en el que caemos todos en algún momento, constatando diferencias de origen y pertenencia a un nivel enfermizo, ridículo; es patológico el imperio de las apariencias, que hasta en el detalle más mínimo de una prenda de vestir, de la pronunciación de una palabra, de un rasgo físico en el rostro, te puede designar como delincuente, flaite, chana, chulo, o alzar como persona confiable, decente. La cultura chilena, reforzada por televisión, la publicidad, la capacidad de ahorro y de consumo, la educación particular subvencionada, las divisiones en quintiles y deciles del mercado y el Estado, nos ha convertido en máquinas capaces de oler la diferencia de esquina a esquina; máquinas que activan ansiedades y temores apenas ven una marca, una manera de caminar distinta; máquinas que cuando tienen a alguien nuevo enfrente activan la pregunta “de qué colegio/universidad saliste”, para ver qué tan común o diferente es el otro, ese del que debemos siempre sospechar, en este país que es el camino de una carrera en la que se debe agasajar a los de más arriba, congraciar y parecerse a los poderosos, para llegar a ser como ellos, denostando y ocultando la pobreza pesunta que puedan reflejar los rostros morenos, como el de Paloma Mami, schockeada por la normalidad de nuestro patético show.

Rostros morenos como el de Paloma Mami, rostros poco comunes en espacios de influencia y de poder, rostros temibles, de “población”, una palabra llena de barrio, esfuerzo, memoria e historia, a la que este sistema se ha encargado de hacer confundir con el terror, el crímen, el mal endémico, el designio irremovible de la pobreza, la vergüenza, el lugar supremo del inferior.

Es nuestro patético show, uno que en esta ruta salvaje -hacia ser lo que los poderosos siempre han sido- perdona que esos de arriba nos sigan explotando, abusando y burlando, con boletas falsas y clases de ética, con planes de isapres, colusiones nuevas o medidores inteligentes pagados sin reclamar por los rostros morenos de población.


Director Noesnalaferia