Es interesante notar que el día 23 de abril se celebra, por una parte, el libro y, por otra, el derecho de autor. Sobre el libro en este día siempre se escribe, por eso quisiera hablar en esta oportunidad de los autores: cuestionemos esta figura, cuestionemos cómo se ejerce esta máscara en la sociedad, cuestionemos el nivel de conocimiento que tiene el autor sobre su oficio: ser escritor. ¿Qué tanto saben los autores como escritores?, ¿comprenden el derecho de autor?, ¿comprenden la relación que se establece con una editorial?, ¿conocen el negocio editorial?, ¿significan algo los premios literarios?, ¿es una carrera?, ¿una carrera contra quién? Parece que es necesario mostrar el nivel de mediocridad del autor en Chile.

Los editores no solo trabajan con manuscritos, con la distribución de libros en la sociedad, siempre en términos de mercado (de compra y venta), sino que también lo hacen con el ego y la vanidad de los autores. La relación entre estas dos figuras en aspectos claves no produce aprendizaje mutuo, o se materializa en un solo caso: el éxito. En el éxito literario, el autor comprende a cabalidad el negocio editorial: hacer dinero. El autor comprende su lugar dentro de la máquina de hacer y de guillotinar libros. El autor se vuelve escritor y exige que los editores publiquen con éxito su saga de títulos. El autor es una máscara que se relaciona exclusivamente con un producto: la obra; mientras que el escritor es quien se vincula con la publicación, con la lectura de un otro, con el medio, etc. Todo escritor es un autor; pero no todos los autores, escritores.

¿Qué pasa cuando un autor escribe subgéneros literarios marginales (libros marcados por su poca venta) en un contexto erigido en base a una población no lectora ni numerosa?, ¿entiende el autor en ese caso el negocio del libro? Yo lo dudo. Es un problema que los autores estén guiados por su ego y su vanidad, y no por un análisis racional del ecosistema lector, porque provoca que los autores sean pésimos escritores, ignorando un oficio que no se reduce a la conciencia sobre la palabra. Ser escritor significa también exigir el pago de derechos de autor, exigir reimpresiones y entender el lugar de la escritura en el mundo, en el ecosistema lector.

Es inevitable que todas las expectativas del autor estén en juego en la publicación de su libro, por lo cual es común que materialice una visión ególatra sobre la figura del escritor; así se piensa que el contenido del libro es lo más importante y que todos debiesen leerlo, ¡afortunados los que entran a ese objeto que colocan entre sus manos! Ya Gabriel Zaid en Los demasiados libros da cuenta de algunas perspectivas para entender lo absurdo que es aquella construcción del autor en el caso mexicano. Chile no está exento de los mismos fenómenos. Todo autor debiese tener en cuenta que los editores no publican para cumplir sus sueños ególatras; editan con la mirada puesta en el ecosistema del libro, en el comportamiento lector de la sociedad, lo que es difícil de entender para cualquier autor que no es escritor. Desmitifiquemos, al menos, tres creencias:

Primero, como autor es difícil aceptar que la publicación de un libro de lenta rotación no provoca nada, que solo es un libro más en un mar de libros que cada día crece y decrece, ni menos que esa situación en todos los casos se pueda revertir por el acceso a la prensa. Si, por ejemplo, la población no lee poesía, ¿por qué van a leer después de leer una reseña?, ¿se leen las reseñas? Es problemático en términos emocionales aceptar que en Chile después de publicar no sucede nada, y triste que un autor no entienda su posición –sea cual sea– como escritor en el ecosistema lector de un país.

Segundo, la creencia de los autores de que sus libros tienen que estar en todas las librerías es una idea nociva para el editor, creencia que puede atentar contra la economía de la editorial. Un editor puede perder todo un tiraje en aquella apuesta, al creer que libros de lenta rotación se venderán en el tiempo que la librería les tiene destinado. Fantasía de los autores. Un escritor debiese comprender que si su libro nunca será ni fue un best-seller, que si es un libro de nicho, la venta rápida no es el mejor objetivo, sino las reimpresiones efectivas y el tiempo de distribución en ferias y librerías especializadas, lógica que asegura que los libros estén disponibles para los nuevos lectores interesados en la temática del nicho.

Tercero, es común que los autores financien completamente la edición y publicación de su libro para estar dentro de un catálogo editorial, lo cual evidencia el nivel de vanidad del autor por ver su obra publicada y el poco profesionalismo con su oficio. Este fenómeno de la autopublicación (no confundir con la autoedición) está extendido en el ecosistema editorial mundial y se conoce en inglés con el término vanity press. Para ser escritor, un autor debiese comprender que al financiar la publicación de su obra, la calidad de la misma no se vuelve un tema relevante para el editor, quien solo necesita el dinero que le permita (sobre)vivir. Así, libros que no se deberían haber publicado, existen por la vanidad de sus autores.

Además, el libro como negocio implica que la editorial a su cargo financia la publicación de un libro, por una parte. Por otra, el autor cede los derechos patrimoniales de su obra para su explotación y, para ello, el escritor recibe un porcentaje de la venta. El resto del dinero obtenido es propiedad de la editorial.

Por último, ser autor es fácil, mas no el ser escritor, llevar esta máscara equivale no solo a saber relacionarse con la propia escritura, sino también con el ecosistema editorial y el ecosistema lector. Si un autor no comprende su posición y no valora un camino distinto de distribución, basado en otra lógica, demuestra, por una parte, lo peligroso que puede ser esta figura para un editor y, por otra, es una miopía intelectual que solo conduce al status quo del ego.