La primera gota de sangre es una antología que reúne memorables poemas escritos hasta ahora por la autora de los poemarios Escaparate, Maldito paraíso y Elecrochock, más otros poemas inéditos hasta esta selección de Pabla Pérez San Martín de Editorial Ginecosofía, que hoy celebramos como si tratara de una primera menstruación, pero ya sin miedo, culpa ni tabú, en una especie de rito de iniciación que nos fuera negada por la sociedad machista en la que vivimos, y que este y todos los libros de Rosa Alcayaga, denuncian.

La primera gota de sangre no es la primera de Rosa, quien ha escrito muchas gotas de sangre a lo largo de su vida; se podría decir de cierto modo, que ha escrito todas las gotas de sangre derramadas injustamente sobre esta maldita tierra.

Esta gran gota reúne la sangre de las mujeres morenas “asesinadas en las vitrinas porno de Ámsterdam, o quizá en Alto Hospicio” (poema “Soy diosa de este tiempo”); la de los y las detenidos/as desaparecides (poema “Áfona”); la sangre de las negras antaño esclavas, hoy inmigrantes reesclavizadas en precarios trabajos (poema “Bulle ese fuego rojo desde la tierra”); del “desdichado calvario que sangran las mil Marías en Ciudad de Júarez” (poema “En ese pueblo maldito”); la sangre de las niñas descalzas que brota del puñal blasfemo (…) ese puñal que creyentes áridas amarradas a maldito vocabulario y dogma de asesinos, se empeñan en no ver (poema “Ciegas”); la sangre de las mujeres que asesinadas por el odio que Dios, desde su altar, sembró sobre nosotras desde antaño hasta nuestros tiempos (Poema “Día de lluvia en Coñaripe”); la sangre de las mujeres que ha cobrado el amor romántico patriarcal, ese “río de sangre inundando la tierra… tu sangre y la mía, que no tiene fin, como la historia que sangra del costado de Cristo (Poemas “Abrázame” o “Habladuriando”); todas las sangres de las mujeres víctimas, y de las víctimas de las mujeres cansadas de ser víctimas que terminan victimando, esa, la sangre de los hijos asesinados por las Medeas que como Jeanenette Hernández aún no concluyen “de elaborar el rencor que le inspira su subordinación, dependencia y desarraigo” (Poema “Sobran ojos persiguiéndote (o la Medea chilena)”).

El lenguaje que emplea Rosa suele ser depurado, pero crudo y directo, para tratar los dolores que nos aquejan en el presente, a raíz de siglos y siglos de sometimiento. No obstante, esta admirable sobreviviente a la dictadura, esta mujer valiente, se queda áfona, muda, frente a tanto dolor tan íntimamente vivido. Porque no es nada fácil ver en la prensa los cráneos congelados por la sal de sus queridos compañeros de lucha social, asesinados por las balas estúpidas en los tiempos del asco (Poema “Áfona”). Nunca olvidaré cuando Rosa me leyó ese poema en el café en el que nos reunimos de vez en cuando, y me mostró la fotografía en que se originó. No hay metáfora posible ante tamaña realidad.

Celebro la selección de poemas que conforman La primera gota de sangre, pues se presentan como una unidad coherente, que habla muy bien de la coherencia de toda una obra desperdigada en varios libros de Rosa. El libro parte con el breve poema “Génesis”, en que la hablante increpa a Dios para devolverle la costilla. No necesitamos la costilla de ningún Adán, no necesitamos ningún Adán que nos doblegue, nos exiliamos de todo paraíso “como los cabellos de Lilith enredándose en las galaxias” de sus “sueños de independencia”// gritándonos “Ellos (los que nos violan) son iguales a Dios” (Poema “Nosotras Alfa y Omega” y poema “A Lilith)). No necesitamos ni a su Dios ni a dios alguno que inscriba en nuestras cuerpas sumisión alguna, como Artemisas escupimos al rostro de Zeus y de todos los dioses construidos a imagen y semejanza del hombre varón, a ese que llaman “Señor del cielo…perverso en sus designios”, inmisericorde hipócrita hablando de perdón, “brutal en su cólera” incendiando el firmamento (poemas “…pobres como ratas”,  “A Idit” y “Día de lluvia en Coñaripe”).

Por eso, este compilado es tan anticlerical e irreverente con los dogmas religiosos, por eso está repleto de mitología griega, judía y cristiana, para cuestionarla y enrostrarle los males que le ha causado a las mujeres desde la antigüedad a nuestros días, al cimentar firmes bases del patriarcado que queremos demoler, unidas “a miles de indignados”, “disparando misiles en versos”. Por todo esto y mucho más, es que me alegra tanto haber presentado en FILVA este libro, y que Rosa haya presentado a su vez mis propias balas, pues tienen en el fondo mucho en común, y disparan hacia la misma diana clerical.