El encargo estaba claro: había que echar abajo El Claustro. Era un antiguo convento de las monjas inglesas, de dos pisos y patio interior enclavado en calle Portugal, entre Lira y Santa Victoria. En su lugar se levantaría una serie de torres habitacionales del proyecto Remodelación San Borja que ya desde 1969 venían construyéndose de Plaza Italia al sur poniente de la capital. Sin embargo, luego de revisar las condiciones del edificio, cotejar su valor histórico y su posibilidad de conservación, el arquitecto Miguel Lawner —en aquella época director de la Corporación de Mejoramiento Urbano, CORMU— se negó. El Claustro habría de ser la nueva sede del organismo que dirigía y que a la fecha carecía de lugar. Mal que le pese, esta ciudad no podía darse el lujo de perder uno de los pocos inmuebles de tal valor histórico.

Famoso por ser el responsable de construir proyectos que son hasta hoy fundamentales para el patrimonio moderno nacional, Lawner dio curso a la que, ya para fines de 1972, habría de ser la primera recuperación patrimonial de un edificio colonial en Chile, logro inédito que por vez primera, y con los más altos estándares técnicos, unía en pleno centro de Santiago, tradición y modernidad arquitectónica. Esta es una de las anécdotas que compone Barrio Matta-Portugal (Ed. Lom, 2018), libro de memorias de Miguel Lawner donde describe su barrio de infancia. Allí, comercio, industria, servicios y entretención, se mezclaban en armonía con grandes paños destinados exclusivamente a viviendas. La relación era a escala humana, había amplia diversidad étnica y ante una emergencia no era necesario salir del barrio. Es como si por un momento la utopía de la ciudad autosuficiente, aquella que satisface virtuosamente las demandas de sus propios habitantes, se hubiera cumplido precisamente en el centro de la capital. De esta forma, arma un testimonio de época que, mirado en perspectiva, es también una forma muy particular de restaurar la propia memoria, a saber, mediante el relato de cómo un proyecto de ciudad incide en el desarrollo colectivo de quienes ahí viven. Paralelamente, el autor critica los actuales modelos de regulación urbana (o más bien su ausencia) donde las decisiones quedan a merced del mercado de la construcción, que sabemos no regula nada, sino que simplemente persigue aumentar rentas individuales propiciando guetos urbanos, monstruos inmobiliarios y todo tipo de arquitecturas de la codicia.

Ya son varias las publicaciones que repasan el vasto legado profesional de Lawner, pero ninguna como esta. Una autobiografía, no solo situada en el paisaje, sino producto del mismo. Un relato de eventos presuntamente mínimos que, aunque breve, es sutil y poderoso. A pesar de largos pasajes de aparente generalidad, el autor produce reflexiones, a ratos profusas y reveladoras, sobre el valor de la justicia en los procesos de construcción de la ciudad, y pone el foco allí, precisamente en la relación que un niño establece con su entorno. Así, reconstruye su memoria de niño, desde la llegada a Chile de sus padres, inmigrantes ucranianos que se identificaron con el pujante esfuerzo de las capas medias que llevaron al gobierno, primero, a Pedro Aguirre Cerda y, luego, a Salvador Allende. De esta forma honra el tiempo de la infancia, ese pasado que a la distancia brilla tanto más que el presente, que bulle en el recuerdo amén de una nostalgia incuestionable, pues en ella los afectos constituyen arte y parte de lo vivido.

Recientemente, a sus 90 años, Lawner fue elegido Premio Nacional de Arquitectura. Pues su labor ha sido no solo constante sino de valiosísimo rigor y sentido. Su memoria, indiscutible fuente para la historia, nos sugiere mirar nuestro pasado reciente e impugnar consensos de aparente sensatez, pero cuya infamia podría extenderse y proyectarse al futuro. Porque si nuestras ciudades reflejan la desigual distribución de la justicia, la labor de un arquitecto adquiere radical importancia. Implica disputar el espacio, rescribir el sentido común y ponerse al servicio del lado correcto de la historia. En oposición al trato merecido por los verdugos —ninguna calle llevará tu nombre, reza la consigna—, a personas como Lawner por el contrario, habría que levantarles un monumento, o al menos inscribir su figura en algún eriazo que se transforme en espacio público y dignifique al fin esta memoria, tan necesaria de aprender y recordar. Lo mínimo que hoy nos merecemos es una calle que lleve el nombre de Miguel Lawner.

La mañana de ese miércoles 12 de septiembre de 1973 los militares rápidamente se tomaron el edificio de la CORMU. Poco importó que en esa época Lawner estuviera preparando un proyecto habitacional para funcionarios del Ejército. El golpe de Estado hizo que todo se fuera a la basura. Tiempo después terminaría recluido en Isla Dawson y posteriormente en Ritoque y Tres Álamos, campos de concentración que la dictadura diseñó, a la usanza nazi, para recluir y exterminar a sus opositores. Tendido en el suelo y mirando el piso, entre los gritos de horror y los culatazos que le daban los militares, Lawner recordó cuán difícil había sido recuperar el edificio, e impávido, quizás todavía sin poder dimensionar el espanto que se venía encima, alertado exclusivamente de la ignorancia que se enseña en los cuarteles, lo único que atinó a pensar fue: “¡Qué cabrones! Están destruyendo El Claustro”.

Barrio Matta-Portugal

Miguel Lawner

LOM Ediciones, 2018

96 Páginas

Precio Referencial: $6.500