Tengo el honor de haber sido invitada a este lanzamiento del libro “Más allá del margen. Memorias de mujeres trabajadoras sexuales en Chile”. Lo primero es agradecer la posibilidad de decir algunas palabras, incompletas sin duda, sobre una publicación que irrumpe en el espacio del conocimiento y de la comprensión chilena para lograr entorpecer y torcer lo que discurre el poder cuando organiza discursos y acciones que dañan. Lo segundo, es decir a pesar de la dificultad que ello tiene y debido a la multiplicidad de emociones que se enredan, algo, sobre un libro que enseña al proporcionar elementos de una historia social y política indispensable para distintas disciplinas y del cual podríamos escribir mucho en razón de las distintas aristas que abre: la solidaridad, la salud, el sufrimiento, el estado, las instituciones, el feminismo, las luchas sociales, la historia, la memoria, el cuerpo, la política.

El libro ofrece una madeja de capítulos que tejen un texto necesario y sólido sobre los cuerpos que, como dice el periodista y activista Víctor Hugo Robles, su editor, articulan-se-articulan agregaría yo, para sellar una hermandad que se hizo posible gracias al trabajo de un equipo comprometido, a personas claves como Alfonso Baeza y Teresa Lastra y a las tantas y tantos que han buscado a contrapelo del desprecio, extraer de la historia lo que debe ser leído y aprendido. Las autoras están pegadas en estas letras prestas a ser difundidas “haciendo al libro” que se para en la vida como objeto porfiado que una vez publicado ya no le pertenece a nadie. Porque sale a recorrer las calles para ser conocido.

Este libro es un libro político que exhibe la “memoria de lucha posible” que Víctor Hugo presenta recordando esos años 90 que avisaban de unas luchas que venían de lejos, trenzadas por la pobreza y por la fuerza de las mujeres, atadas a distintas luchas, cuando Eliana Dentone y Herminda González combatían por los derechos humanos de las trabajadoras sexuales dando origen a una fundación.Ninguna duda cabe de que han roto el silencio, dándole una bofetada gigantesca a la cobardía de las instituciones y de aquellos y aquellas que formando parte de nuestra sociedad,  consideran que hay personas de segundo tipo que deben ser expulsadas y denostadas. Esas luchas hermosas se han enfrentado a la violencia cotidiana que se vive en todas sus dimensiones, incluida la violencia simbólica que contiene la conmiseración basada en la búsqueda de reconocimiento, que al mismo tiempo que condena, reparte sus migajas “comprensivas” desde el total desconocimiento de estas trayectorias de vida que recopilan múltiples experiencias fraguadas en el sufrimiento.

La valentía de dar la cara a las humillaciones, hila, una a una, las historias de vidas que supuestamente no importaban pero que hoy consiguen quebrar los miedos tanto en Chile como en el extranjero, uniéndose a una red latinoamericana de trabajadoras sexuales que exigen respeto de sus derechos. Apropiarse de la historia implica considerarla como propia, no solo individualmente sino colectivamente, para hacerse cargo del estigma, para enfrentarlo y para examinarlo entendiendo que es resultado de un proceso de estigmatización que para las trabajadoras sexuales no tiene límites, pues entendidas como las “otras mujeres” con las cuales Teresa Lastra amarrara su vida, dan cuenta de una otredad que se eterniza en el permanente volteo de la cara y el evitamiento de sus presencias.

Las trabajadoras sexuales están en mi vida, fueron mis vecinas con las que jugué y compartí en el barrio donde crecí. Fueron también quienes me acunaron cuando llegué a la cárcel de mujeres en el denominado en esos años el “patio por día” donde me llevaron cuando fui detenida. Patio “por día” porque allí llegaban una y otra vez y luego partían para regresar. Fueron ellas quienes me curaron, me alimentaron, me ayudaron, me hicieron sonreír y consiguieron abrir las puertas de la celda de castigo para llevarme regalos cuando fui considerada malvada y terrorista. Cantaron conmigo y canté con ellas, fuimos a misa para entretenernos y canté los cánticos que implicaban el perdón de tantos pecados. Los míos y los de ellas. Trabajé con ellas armando cajas de medias por las que pagaban miserables pesos. Nos reímos hasta cansarnos del modo en que nos trataban monjas y gendarmes y juntas jugamos con sus niños en las horas de la visita, cuando el aire se impregnaba del cariño que duraba un tiempo terriblemente breve y después del cual el llanto inundaba la sección. El “patio por día” era el patio de las “prostitutas”. Me habían llevado ahí para castigarme, sin que jamás imaginaran que fue el mejor premio que me podían haber dado en tiempos tan duros. Esas mujeres me han acompañado siempre, están en mi memoria y entibian mis recuerdos. Mi agradecimiento hacia ellas me acompañará hasta el final del viaje. Ustedes me dan hoy día la hermosa ocasión de sacarlas de la historia y decirles a pesar que ya no están, también están presentes, ahora, junto a sus compañeras, encaramándose a este libro que, si bien es de todas ustedes, lo siento como de todas nosotras.

Emociona seguir el hilo de esta organización que logra pararse con tanta fuerza para proteger los derechos, cuidar los cuerpos, enfrentar la persecución y las amenazas, organizarse contra la represión que acechaba y acecha, contra la iglesia que condena a los curas buenos y ampara a los peores. Los relatos estremecen y caracterizan la fuerza de enfrentar la expulsión del mundo de “las normales” protagonizado por las mujeres “buenas”, que a veces guardan tanta tristeza y violencia en la intimidad de sus vidas familiares que nunca se cuentan, salvo cuando los clientes las relatan a las mujeres “malas” presentándose como “víctimas” de sus esposas y compañeras. En las “malas” encuentran a la psicóloga, la enfermera, la hermana, la consejera, la madre, la amiga. Tantos roles a cumplir en un trabajo tan despreciado incluso por los mismos que los disfrutan y lo usan.

Recordemos que en el período de industrialización una incipiente burguesía urbana se inquietaba por la masiva llegada de campesinas a las ciudades, todas en búsqueda de trabajo, situación que llevó a muchas mujeres a buscar modos de sobrevivir y alimentar a sus hijos. Sin embargo, esta decisión parecía ir “en contra” de una sexualidad “sana” y moral, es decir, que se producía en el marco del matrimonio y con objetivos de reproducción. La “otra” sexualidad se entendía como vector de enfermedades, de mal ejemplo y de peligro que constituía una posibilidad de “degeneración” para toda la sociedad. Las trabajadoras sexuales fueron aisladas, pero también condenadas a controles humillantes con el objetivo de proteger a los clientes. La estigmatización –en tanto proceso donde muchos participan- las hacía representantes de un “mal” que no era otra cosa que el deseo sexual instalado fuera del matrimonio, como si en el encuentro sexual como intercambio económico no hubiese más que una persona y no dos.

Además, se desarrolló un discurso presentado como “científico” en distintas áreas que las diferenciaba de las mujeres honestas, maternales y prácticamente asexuadas. Los discursos fueron múltiples: que las mujeres de la clase obrera podían ser prostitutas por su pobreza; que la mujer pobre no tenía otra opción; que la mujer después de haber sido seducida y abandonada tenía un solo camino por delante. No obstante, el discurso más potente fue el que las asimilaba a mujeres incapaces de moralidad, como perezosas, mentirosas, malas, incapaces de apartarse del pecado o de controlar sus pasiones sexuales. Como lo señalaron Lombroso y Ferrero a fines del siglo XIX cuando dijeron que estas malas mujeres habrían nacido con características primitivas y retrogradas, que eran incapaces de controlar pulsiones, contrariamente a las mujeres civilizadas, pues no tenían sentimientos maternales. Eras seres inmorales por el hecho de haber elegido ese oficio. Ontológicamente diferentes de las otras mujeres, en suma como un “Otro”.

Se trata de discursos universales que han provocado y favorecido medidas represivas, como también leyes y reglamentos de prohibición. Al mismo tiempo las cruzadas morales han sido infinitas y en ellas han participado los miembros del estado como de la sociedad civil y por supuesto los medios de comunicación que construyen la opinión pública que exigen medidas represivas, para construir el pánico moral que luego sostiene al sentido común público y sus generalmente equivocadas políticas. Siempre con un “interés”, económico, cultural o político, estos discursos y estas prácticas represivas han buscado dar la mejor imagen contra el desorden, mostrando a buena parte de la sociedad principalmente representada por policías y políticos a mostrarse en “defensa de la sociedad” y así conseguir mantener la calma social.

Sin embargo, en medio de esta producción represiva el libro hace surgir a hermosos seres humanos como Carmen Garcés que dice haber crecido como persona al conocer a Eliana Dentone, para unirse a una crítica sobre el maltrato de las trabajadoras sexuales, siendo el asesinato de Ángela Lina un hito que marcó y dio su nombre a la Unidad del Centro de Atención de ETS del Centro de Atención y Tratamientos CDT Eloísa Díaz del Hospital San José.

Organizarse ha sido un proceso esperanzador y potente, pero lleno de aquellos escollos que han sido cristalizados por una historia de patriarcado y hoy al racismo que toca a las mujeres inmigrantes. Pero contra él, la organización se levanta y exige mejores condiciones, respeto de derechos, realización de talleres, difusión de los objetivos, búsqueda de protección, preparación de encuentros. Todo ubicado en la valentía. Sin duda. Tal como lo señala Ana María Moya. Pero también se trata del intercambio de saberes con organizaciones extranjeras. Tal como lo advierten cuando dicen: “ser protagonistas de nuestras vidas” lo que implica la demanda por el respeto de un trabajo regularizado para una construcción de dignidad y en perspectiva de género, en tiempos donde lentamente y a pesar del egoísmo que provoca el individualismo extremo, parece que hay más voces, más investigación social crítica, más interés y más compromiso.

Entendiendo lo que es el estigma, sin duda que se puede trabajar para disminuir su marca, por ejemplo, manejando los escenarios de los intercambios y ubicándose en superioridad moral frente al cliente, lo que implica controlar las interacciones que se dan con él. No es la trabajadora sexual la que no controla sus impulsos, sino el cliente. El cuerpo se maneja a partir de la experticia de las distintas experiencias, y las actividades de intercambios se ubican en el campo del trabajo. Siguiendo a Goffman hay una actuación que se lleva a cabo en una situación y momento determinado y luego se regresa a la vida sin que esas actuaciones o performances incidan en la cotidianeidad que vive toda mujer. La habilidad de manejar discursos y prácticas les permite trabajar y seguir haciendo la vida.

Pero lo más importante sigue siendo el proceso de emancipación del cuerpo que acá se observa. El tomar las riendas del cuerpo propio es un ejercicio que se les ha robado a las mujeres, pero principalmente a las mujeres pobres, para hacerlo objeto de violencia y de piedad, de acción política ajena y de humillación. El cuerpo atravesado por las políticas públicas y las normas sociales que lo han convertido en cuerpo para los otros y no para sí mismas, poniéndolo en manos del estado, la sociedad o las religiones. Para presentarlo separado de ella, siguiendo la dualidad cartesiana que lo pone fuera del espíritu impidiéndole hacer con él lo que desee y obligándola a someterse al pensamiento del poder.

Como si su cuerpo no le perteneciera en razón de la dominación a la que ha estado sometida, pero de la cual a contrapelo de una vida juzgada y denostada, hoy se erige en tanto mujer dueña de su cuerpo a decidir por un trabajo que tiene reglas, horarios, condiciones, cuidados, objetivos y causas que les son propias. ¿Por qué tendrían otros/otras que apropiarse de estas decisiones?

Queda sin duda mucho por hacer en un país atravesado por ideas y prácticas fascistas, machistas y racistas que el capitalismo neoliberal permite. Pero hay esperanza. Este libro lo dice muy claro


Académica, Universidad de Chile