Opinión

El cortometraje Rapaz: Una crítica inmanente al Neoliberalismo Chileno

Por: Héctor Ríos / Publicado: 06.05.2019
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El acierto del cortometraje, por ende, es remover las justificaciones y las explicaciones exteriores de nuestra sociedad, confrontándonos a nuestra propia barbarie. El crudo y corporizado neoliberalismo cotidiano de nuestra plaza de armas, es el resultado de nuestra acción u omisión cotidiana por sobre el extinto tránsito de las estructuras históricas. El mérito político derivado de esta crítica audiovisual es por ende ubicar como eje de la reflexión nuestro accionar y la deriva de nuestros entrelazamientos cotidianos

El cortometraje Rapaz recrea una de las polémicas detenciones ciudadanas realizadas en Chile durante diciembre del 2014. Un grupo de personas captura a un adolescente acusado de robo. Luego de recibir una golpiza, el adolescente es desnudado y envuelto en papel celofán a un poste para ser entregado a la policía. La polémica detención fue motivo de elogios y criticismos. Por un lado, se describió como una forma de ajusticiamiento popular y autodefensa. Por otro, representó una violación de los derechos humanos y una aberración de la ciudadanía. El cortometraje retoma este evento trascendiendo su polémica y ofreciendo mediante su exposición una crítica inmanente de la sociedad chilena contemporánea. Esta crítica audiovisual devela algunos trazos del neoliberalismo avanzado y las contradicciones de sus ciudadanías de mercado.

La noción de “ciudadanías del mercado” es una categoría sociológica que busca comprender los dinamismos de la polis en el contexto de hegemonía neoliberal. Usada por los sociólogos chilenos del 90’, la categoría describe el legado político que la transición a la democracia tuvo en el Chile post-dictadura. Uno de los principales énfasis de dicha lectura es como los habitantes de la sociedad de mercado progresivamente van perdiendo sus identidades comunes, moviéndose compulsiva y competitivamente en torno a las vicisitudes circunstanciales del consumo, reduciendo su capacidad de cohesión, solidaridad y soberanía. El mercado como única polis posible, y el consumo como única forma de interacción, se instalan como los vórtices que definen los contornos del neoliberalismo y su sociedad. Tal análisis establece como punto de contraste la transmutación de las sociedades modernas, con sus grandes relatos e identidades, en masas de consumidores deambulando en diferentes mercados. A los ojos de esta crítica, el advenimiento del neoliberalismo reduce la sociedad a multitudes contingentes de consumidores, sin naciones, clases, razas o forma alguna de identidad colectiva. Sin embargo ¿Puede una sociedad carente de toda forma de comunidad ser aún considerada una sociedad? Confrontada a esta pregunta la crítica sociológica es tajante. Dicha sociedad no es posible, ética ni ontológicamente. Su única factibilidad es como alineación, ficción, o reducción de una sociedad real previa.

Contrario a esta intuición, Rapaz logra adentrarse en las complejas imbricaciones de esta falsa polis. Utilizando un minimalismo de diálogos, escenarios y personajes, el cortometraje ofrece una apertura etnográfica del Chile contemporáneo. La perspectiva en primera persona que toma el film abre a la audiencia las fluctuaciones y dinámicas internas de la sociedad de mercado chilena y sus ciudadanías. Iniciando el filme desde las cavidades del centro comercial y sus promesas de pureza y realización, el video anuncia los contornos de la sociedad de mercado desde a la diferenciación con el espacio de comercio. Dibujado así, el espacio público aparece como la exterioridad y periferia del shoppingmall y el lugar de tránsito entre diferentes prácticas de consumo. En este escenario, la plaza de armas, un joven arranca de su persecutor tras haber robado un celular. Ariel, un emprendedor en busca de negocios, accidentalmente lo captura y una multitud emerge para dirimir que hacer.

Las ciudadanías presentadas por el filme capturan habitantes típicos de la polis neoliberal chilena. La exposición de su conflicto revela también el dinamismo interno de sus interacciones, donde la lucha intraclase pareciese ser el único horizonte. En esta lucha intestina, habitantes de un mismo lugar, compiten y combaten sobre el que hacer, interactuando entre si desde diferentes posiciones respecto al consumo y el valor. En la escena, no hay autoridades, instituciones o entes reguladores. La ciudadanía y su dinamismo se despliegan en su espacio inmediato. El posicionamiento de la figura del macho como epicentro de la escena si bien define parcialmente el curso del debate, la carencia de consenso en torno a su ajusticiamiento señala que la única la resolución del conflicto es simplemente su generalización a la multitud. En la imposibilidad de acuerdos entre desposeídos, asalariados, jóvenes, viejas, machos y madres, la golpiza del ladrón deriva en la golpiza mutua de los habitantes de polis. Con este tránsito, el corto pareciese señalar que la polis del mercado y sus ciudadanías la implosión social es la única salida posible.

La representación inmediata de estos eventos gatilla un debate moral en los espectadores. La audiencia es confrontada a la barbarie de una multitud amoral e incapaz de juicio colectivo. Dicha mirada, condena a esas ciudadanías, amorales e indolentes, a la perpetua culpabilidad. A los ojos de la audiencia nacional e internacional, esos sujetos, nosotros los chilenos, seremos siempre culpables. Culpables por robar, por no defender los derechos humanos, por permitir la violación de la propiedad privada y por permitir el exceso. Culpables por nuestro fetichismo material, culpables por tratar de ajusticiar, de vengarse, de proteger o justificar. Al igual que la mirada sociológica, para la audiencia, esa ciudadanía incapaz y culpable, merece su propia implosión. Ser consumida en su propia barbarie de todos contra todos, o nadies contra nadies. La implosión social, como acto confirmatorio y una única salida de una falsa sociedad, confirma la condición alienada de las ciudadanías del mercado y la insustentabilidad ética de la polis neoliberal.

A diferencia de esta crítica, Rapaz nos confronta a una crítica inmanente del realismo neoliberal en Chile. En esta crítica, la fenomenología del neoliberalismo chileno se reconstruye desde sus actores, vivos, desanclada de la nostálgica antítesis con la perdida democracia del siglo XX, o desde el compulsivo lamento del sueño arrebatado por el golpe de estado y el terror del 73’. El acierto de esta crítica es develar como el imaginario neoliberal moviliza efectivamente sus ciudadanías y constituye sus propias subjetividades. Contingente, carente de proyecto y compulsivo, el neoliberalismo se grafica como sociedad viva en vez de una mera alienación o falsa conciencia. Esa sociedad viva, que pareciese condenada a desvanecerse en su propia vorágine, sigue ahí y en movimiento, dirime y se conflictúa, decidiendo por acción, exceso u omisión su propia implosión. Dicha sociedad no requiere causas exteriores o justificaciones que expliquen su despliegue y su desplome. Los choques cotidianos de sus pulsiones consumistas y sus contingencias desarrollan su propio patrón.

El acierto del cortometraje, por ende, es remover las justificaciones y las explicaciones exteriores de nuestra sociedad, confrontándonos a nuestra propia barbarie. El crudo y corporizado neoliberalismo cotidiano de nuestra plaza de armas, es el resultado de nuestra acción u omisión cotidiana por sobre el extinto tránsito de las estructuras históricas. El mérito político derivado de esta crítica audiovisual es por ende ubicar como eje de la reflexión nuestro accionar y la deriva de nuestros entrelazamientos cotidianos. Tal como el verdugo del filme proclama al momento de juzgar al ladrón, la crítica inmanente de Rapaz nos confronta con nuestra propia ciudadanía, y nos enrostra nuestra responsabilidad con el neoliberalismo y su deriva. El corto nos grita en sucintas imágenes que “Por culpa de chuchasumadres como [nosotros] estamos como estamos” que “[Nosotros] tenemos la culpa de todos los males de este país” y que a la vez esa pareciese ser “la responsabilidad con nuestros sueños”.

Héctor Ríos
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