La camioneta blanca de la empresa Walbusch estacionó en la puerta, en la calle O’ Higgins, frente al río Maullín. Las ruedas derechas mordían apenas la carretera. Eran las siete de la tarde del miércoles feriado, 1 de mayo. Bajaron dos hombres de la camioneta.

-Su marido tuvo un accidente.

Eso escuchó Julia Cárcamo López de boca de Humberto Aquevedo, responsable de Recursos Humanos. Unas horas después, telefónicamente, el mismo hombre daría otra versión sobre la muerte de Arturo Sigisfredo Vera Alvear, el buzo profesional de 59 años que trabajaba para Walbusch, empresa que brinda servicios de fondeo a la salmonera Multiexport Foods. Entre otros lugares, en el Centro de cultivo Taraba 3, a unos 150 kilómetros de Puerto Natales.

Allí murió Arturo.

“Me dijo que gritaron ‘¡Vera no subió!, ¡Vera no subió!’ y que sus colegas se tiraron a buscarlo. Que estaba enredado en unas redes, y cuando lo subieron quisieron hacerle reanimación, pero ya estaba muerto. Eso me dijo este señor. Pero yo no le creí: Arturo buceaba hacía 30 años y siempre tenía su cuchillo por si le pasaba algo así”, dice Julia, a quien la nuera le avisó que las noticias no decían lo mismo: Arturo murió por quedar atrapado en una hélice.

-Inmediatamente llamé al señor de la empresa. Le pedí explicaciones. Me dijo que recién sabía lo que pasó, que la PDI estaba investigando. También me dijo que tardarían unos días en traerme el cuerpo. Y que yo tenía que hacerme cargo del cementerio. Le dije que no me podía decir eso, que lo que yo quería era que me trajeran a “mi viejito”. Y que quería saber la verdad.

Foto: Pablo E. Piovano

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Ese miércoles 1 de mayo Arturo debió haber estado en su casa. “Trabajaba 20 por 20 y aún le quedaban nueve días de descanso cuando lo llamaron de la empresa para un reemplazo”.

-Véngase ya.

El apuro de la empresa Walbusch ya no es tal: pasan tres días, y aún el cuerpo de Arturo no llega.

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Las nietas decoran la cerca de madera y alambre con globos negros, blancos y azules. Una camelia y una hortensia en flor asoman por el tejido, como si espiaran a los vecinos que van y vienen cargando sillas que traen de sus casas. La casita de paredes frágiles y pintura cansada es un hormiguero silencioso de solidaridades: así, explican, suelen ser los funerales maullinenses.

Son las 12.22 del sábado 4 de mayo, y luego del traslado en avión de Punta Arenas a Puerto Montt, el cuerpo sin vida de Arturo llega a Maullín. El pueblo lo espera para despedirlo.

Arturo era el tercero de una hermandad de cinco mujeres y cinco varones, de los cuales cuatro se dedicaron al buceo profesional. Varios sobrinos y cuñados también se ganan -o pierden- la vida bajo el agua.

-Un buzo nunca se sumerge con el motor prendido. Apenas me enteré lo que pasó con mi hermano supe que fue negligencia, y la empresa es responsable.

La opinión de Francisco -44 años, 18 de buceo, hermano de Arturo- es compartida por toda la familia, en la que también son varias las mujeres que trabajaron o trabajan para las salmoneras. En cada rincón de la Región de Los Lagos se conoce la ley de las salmoneras: las personas son un número. Y cuando una persona-número no sirve más, siempre hay otra para reemplazarla.

“Sufrí una embolia, después de haber buceado a 33 metros de profundidad. Hice tratamientos en Santiago y Osorno. Me quedó una burbuja en el oído izquierdo y no escucho bien. Fueron dos años de recuperación. La empresa Eicosal no se hizo cargo del tratamiento, y cuando volví, me echaron”, dice Juan Carlos Vera Alvear, 58 años, 30 de buceo.

Los “accidentes”, en las profundidades del mar o dentro de las plantas de procesamiento de las salmoneras, son mucho más habituales de lo que “informan” los medios de comunicación.

“Yo también trabajé en dos salmoneras, hasta que en el hospital me dijeron que me buscara otro trabajo: tenía una infección y una sombra en el pulmón. Cada tanto me da un ardor en el pecho y una punzada”, dice Julia, tras escuchar que Minerva Soto, amiga de la familia y de apenas 27 años, quien también quedó afectada por esas plantas donde sobra frío y falta salud: “Hay noches que no puedo dormir por los dolores, los brazos se te van atrofiando. Ahora estoy sin trabajar hace dos años por mis manitos. No tengo fuerzas, no me sirven mucho mis manitos. No te hacen ejercicios compensatorios, no te hacen pausas, y así quedamos”.

Dos días antes de la muerte de Arturo, el 29 de abril, el Centro Ecoceános presentó el informe “Salmones de Sangre”. En los últimos tres años, en la industria salmonera chilena ocurrieron al menos 36 muertes, “que terminan sin responsabilidad penal, tras procesos judiciales largos que empobrecen a las familias, obligadas a aceptar indemnizaciones miserables. Y tampoco se observan medidas para evitar más víctimas fatales”, apunta el informe. El 2 de mayo, en la planta Invermar de Llaullao, en Castro, murió José Eduardo Yañez Calisto.

Y en este mismo momento, hay tres personas desaparecidas.

El 5 de mayo, una barcaza que cumplía servicios para la salmonera BluRiver se hundió mientras realizaba tareas cerca de un centro de cultivo. En apenas cinco días, cinco fueron las víctimas de las salmoneras. ¿Es noticia nacional?

Foto: Pablo E. Piovano

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La casa vecina pertenece al cuñado de Arturo y también forma parte del funeral. En realidad, allí es donde se lleva a cabo. Decenas de personas pasan a dar el pésame y dejan flores alrededor del ataúd. En ese recinto se habla en murmullos. En la sala contigua, donde sólo hay sillas y una estufa a leña, las charlas son escuetas y formales, aunque también en voz baja.

En la otra casa, en cambio, hay más ruido, más movimiento. La hermandad -que llegó de Muermos, de Achao, de Alerces, de Santiago- se siente más cómoda en esa intimidad donde se habla de todo, desde las dudas por la muerte de Arturo -¿Dónde está su celular? ¿Por qué se desechó un elemento de prueba tan importante como su traje de buzo?-, hasta cuestiones de familia. Además, se cocina, se cargan celulares, se pone música, se canta y se hacen chistes.

En la tina del baño, alguien dejó en remojo unos choros y unas almejas.

Las niñas pasan corriendo. Ellas sí se mueven de una casa a la otra sin diplomacia. Juegan a las escondidas, hacen verticales, juntan manzanas, gritan, cantan. A su lado, siempre Rocky moviendo la cola.

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-Yo me llamo Evelyn, soy la sobrina del fallecido. Tengo 9 años. Le traje algunas rosas rojas y blancas. Y mi familia le dejó unas cartitas.

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Poco antes de las 18 horas, la camioneta blanca de Walbusch pasa lentamente frente a la casa y estaciona unos metros adelante. Bajan dos hombres. Uno carga una pequeña corona, otro un arreglo floral.

Uno es el mismo que trajo la terrible noticia el miércoles 1 de mayo, la cara visible de la empresa. Ese día, había insinuado tener un papel para que lo firme Julia, pero al suponer la reacción de ella no llegó a mostrárselo. Ahora, luego de dar el pésame a varios familiares, vuelve a la camioneta: regresa con la mochila de Arturo. Pide hablar a solas, y lo invitan a pasar a la otra casa.

La familia quiere saber: hay muchas dudas. Los hermanos de Arturo, buzos y conocedores en la materia, preguntan cómo puede ser que se hubiera sumergido con un motor funcionando.

-Alguien no cumplió su rol.

-Mi hermano estaba con días libres. No podían llamarlo a trabajar.

-Desconozco. Siempre cuando hay que hacer un reemplazo se les consulta. Y son ellos los que deciden.

-Eso es ilegal.

-Puede ser.

Foto: Pablo E. Piovano

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Es domingo y Julia entra una vez más a la sala de paredes celestes donde está Arturo. Apoya una máscara de buceo sobre el ataúd, junto a la cruz de madera y el retrato sonriente del compañero de su vida los últimos 15 años. Más tarde, alguien sumará al altar una camiseta azul de la U. En la otra habitación, las dos filas de sillas se transformaron en una ronda. Desde la cocina ofrecen café, té y mate. Hace frío.

Toda de negro, Beatriz Alvear Zuñiga pide que “se sepa cómo tratan las empresas a los trabajadores. La muerte de Arturo se pudo haber evitado. A mi hijo me lo mataron”.

-Pensar, una piensa mucho. Cómo murió. Cuánto sufrió. El duelo lo llevo aquí, no en la ropa.

A Lorena se la ve de buen humor prácticamente todo el tiempo. Sonríe y bromea. Pero la hermana de Arturo carga con el mismo dolor: “Acá, dentro de la desgracia, tenemos la suerte de tener una familia que insistirá para saber qué pasó. Y ojalá se sepa la verdad, no sólo por nosotros, sino para que otras familias abran los ojos. Y para que las empresas dejen, aunque sea una vez, de tratarnos como un número: somos personas”.

En la vereda, de frente al río Maullín, que está calmo y apenas menea dos botes amarrados, Larry Alfre, sobrino de Arturo y también buzo profesional, explica el sistema “spot”, otro de los anzuelos salmoneros: “Te dicen que hay  que vestir un centro (de cultivo) lo más rápido posible, te pagan por red y te dan más plata si lo haces en menos tiempo. ‘Tu puedes ver cuánto tiempo te demoras’, te dicen para hacerte creer que la decisión depende de ti. Y así se trabaja de siete a siete, sin seguridad, pasando por arriba todos los protocolos”. Alfre trabajó siete años para la Marine Harver, donde perdió a un amigo buzo que se enredó en una malla.

De manos en los bolsillos, el hermano mayor viste campera azul, usa gorra y, al igual que Arturo, luce bigotes blancos. Eduardo tiene 61 años, hace 32 bucea y lleva más de 25 instalando mallas para salmoneras. “Algo tiene que cambiar. El buzo que se niega a una orden, está afuera. Y los contratos son con ‘término de faena’. Duran entre 8 y 14 meses. Yo trabajé 11 años en una empresa y nunca tuve antigüedad ni ningún otro derecho. Esa empresa, además, cambió de nombre tres veces. ¿Pero quién la va a controlar? Si el dinero manda”.

Foto: Pablo E. Piovano

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La mañana del lunes amaneció escarchada. Todos se apretujan en la cocina, en busca de café o té. El sol, una diagonal plateada sobre el río Maullín, se hace lugar entre nubes tímidas. Algunos colegas de Arturo no pudieron asistir por trabajo. Otros, por riesgo a perderlo. Acá todo el mundo sabe. Las salmoneras son “la pega”. Las salmoneras mandan.

Mandan a un representante que es mirado con desconfianza y disimulo. Él luego dirá que no sabe qué pasó con el celular de Arturo que no aparece.

Con el mediodía comienza la lenta procesión hacia el cementerio, por la costanera. Amistades y parte de su hermandad agradecen el acompañamiento y piden justicia. Una de las hermanas toma una pala y hecha tierra sobre la tumba. Las otras hacen lo mismo. Una de ellas tira al foso la máscara de buceo y la camiseta de la U. El cielo celeste parece más grande desde ese silencio triste. El funeral llega a su fin.

Algunos familiares se despiden en la puerta del cementerio, otros vuelven a la casa, frente al río Maullín que sigue calmo. Sólo dos globos azules y uno negro aún se mantienen inflados. Los vecinos se van a sus casas, y vuelven. En cada viaje, se llevan dos o tres sillas.

Foto: Pablo E. Piovano