Opinión

¿Qué chucha debiera ser un partido de izquierda en Chile hoy?

Por: Marcelo Mellado / Publicado: 08.05.2019
Lo concreto es que no podemos hacer política, como izquierda, sólo preocupados del tema electoral. El problema es que la política que se desarrolla en los frentes de masa, en los sindicatos, en los colegios y universidades, en las Juntas de vecinos y centros culturales sigue siendo arcaica y determinada por operadores de bajo nivel ético. Nos hemos centrado sólo en temas domésticos de crecimiento o consolidación partidaria, cuando hay asuntos más urgentes que atender, como son los objetivos remotos y todo lo que tiene que ver con el cambio cultural que implique la producción de otro mundo, y que supere las luchas por la hegemonía y el poder, manifiestas y obvias, y que se oriente por el lado de los relatos de diseño de lo otro.

Hace algunas semanas Gabriel Boric, en una entrevista a un medio periodístico escrito, declaraba estar muy sensibilizado por las patologías siquiátricas y las consecuencias que estas tienen a nivel público y político, a propósito de un TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) que lo tuvo fuera de sus actividades un rato.

Siempre me ha parecido clave este asunto en el quehacer partidario y asociativo, a pesar de que no se le da mucha importancia, institucionalmente, incluso se le invisibiliza, quizás porque su sintomatología la hemos normalizado y hemos “aprendido” a manejarla y administrarla, inconscientemente, como parte de un factum establecido de la política y la cultura.

La misma escena política suele estar determinada por la comparecencia de estas patologías siquiátricas. Más aún, los modos retóricos que la caracterizan son caldo de cultivo para el despliegue de variadas sicopatías, en que el delirio es uno de los síntomas más visibles. Lo que más hemos identificado es el mesianismo, muy característico de los partidos confesionales, aunque también es rastreable en algunas organizaciones de origen laico. Aunque también hay otras conductas sicopáticas y criminales con implicaciones en otros registros que no deja de tener incidencia en nuestro entorno. Es decir, como lo siente el sentido común, el sentido común, los políticos no sólo son corruptos y ladrones, sino también unos locos.

En el fondo, el diputado Boric habla de política desde su subjetividad y eso es muy potente, cultural y políticamente. Es decir, asume una cierta “debilidad” o “minusvalía” en un contexto en que el canon o la lógica patriarcal, para decirlo en tono de crítica feminista, indica que, por lo menos, hay que parecer “fuerte” o al menos exhibir esa patética voluntad de certeza que caracteriza el habla del sujeto político.

En este contexto, no hay que banalizar la conducta del presidente Piñera y toda su sintomatología, que habla mucho de voluntad de poder, y de las patologías que ella conlleva. Hay una lectura particular del personaje que físicamente no corresponde a los modelos que tiene el sentido común de derecha, y menos al glamour que dicho modelo cultural le asigna al poder. El personaje sería al parecer un gran luchador y, sobre todo, un patito feo con alto nivel de logro personal. Alguna vez escuché la tesis, algo peregrina, que Sebastián Piñera no hizo su carrera política en la DC, porque la competencia mesiánica era muy fuerte, le era más fácil triunfar en la derecha, porque en ese sector la dinámica era otra (al menos en ese periodo de los 90, hoy día con la irrupción del fascismo y el giro social de la cuestión, la situación es algo distinta).

A este respecto, es probable, a propósito del tópico de la salud mental, que el intento de cierto sector de la derecha de hacerse el test antidrogas, haya tenido como objetivo criminalizar al Frente Amplio que representa a toda una tradición del pendejismo progre que asume el consumo de marihuana y otras iniquidades, como signo de subversividad o como un rasgo identidad de la nueva tribu que llegó al parlamento.

Quiero imaginar, como muchos, otro sujeto político interviniendo en la cosa pública. Hoy se impone una moral otra del habitador urbano y del ciudadano. Hemos hecho algunos ensayos que hay que perfeccionar y que tienen una mínima visibilidad. Hago hincapié en esto, porque es importante el nuevo escenario político cultural que se abre con la irrupción de las formas de género, por lo que un análisis político actual debe tener en cuenta las nuevas urgencias, incluyendo la soberanía territorial amenazada por los capitales transnacionales y la protección de nuestras fuentes de energéticas.

Por otro lado, un parlamentario de la concertación o NM dijo por ahí que la izquierda no tenía proyecto de gobernabilidad. A ese político que no me acuerdo quien es (o no quiero acordarme) y que se cree de izquierda, hay que recordarle o decirle que esa supuesta izquierda no necesita proyecto, porque ya lo tiene, y no es otra cosa que el marco de referencia institucional que dejó el (neo)liberalismo (o la derecha, más concretamente). Y para ser honestos la izquierda más genuina y no impostora, para darle un nombre provisorio, tampoco lo tiene porque ha sobrevalorado la institucionalidad democrática chilensis, así como, paralelamente, los sectores más ultras la han subvalorado. La tarea del momento, entonces, es diseñar otro modo.

Debo aclarar que yo no me dedico a la política del modo como se dedican los que tienen nichos de negocios en el mercado ideológico, tampoco vengo de la maldita academia, generalmente llena de impostores y mercaderes de la cosa pública. Por eso no hablo ni escribo según las pautas de “decir lo que hay que decir”. Más que nada, y lo reitero, estas reflexiones vienen de las relaciones que uno se siente obligado a establecer entre estética y política. Es decir, no estamos hablando desde la aspiracionalidad politicástrica que anima a mucho huveonaje ni menos de la histeria del poseído por la verdad, quizás, eso sí, animado por el voluntarismo analítico ficcional que pretende complementar el trabajo de campo que hacen algunos de nuestros compañeras y compañeros. Hablo, en parte, como (pre)militante del partido Comunes que quiere contribuir a generar un espacio de discusión para establecer un proyecto nacional (y local, por cierto).

En este punto hay que ser explícitos y claros, la ciudadanía debe saber cuáles son nuestras propuestas. Obviamente, un proyecto político no es una redacción cuidada y levemente coherente de enunciados políticamente verosímiles, o un mero texto escrito lleno de proclamas emancipadoras de sentido común o de consignas sonoras, aunque sí en algún momento un proyecto puede adquirir un modo textual. Lo concreto es que debiera ser la consecuencia de un trabajo, el producto de una práctica política y cultural y/o ciudadana, supone la construcción de una moral y nuevos modos culturales, y, entre otras cosas, proponer un nuevo paradigma económico en donde ya no sea la ideología del consumo ni del crecimiento lo que prime, sino nuevos modos de lo colectivo, y también un nuevo orden internacional. Todo esto implica mucho sentido común y del otro, es decir, análisis y ciencia dura, y todos los diagnósticos posibles, pero la clave es poner el acento en los otros parámetros de desarrollo, muy a distancia de la moral oligarco capitalista. Y esa discusión, si bien se ha enunciado, no la hemos tenido en profundidad, porque la izquierda, en general, después de la caída del “socialismo real” no se ha planteado en estos términos, quizás sólo algunos hippies de la costa oeste o algunos de tradición anarquista, que han hecho una contribución importante a lo que podríamos llamar un modo social y colectivo de asumir el desarrollo humano, se han atrevido a pensar fuera del orden del capital.

Conversamos estos temas con una compañera parlamentaria y también con otros aliados del campo de la cultura y de la política local (Quinta Región) y tratábamos de enfocarnos en las prácticas concretas que guíen nuestra ruta, evitando los voluntarismos que nos desvían hacia zonas intransitables del quehacer político. En este punto uno asume la ingenuidad de pensar el asunto desde el arte y la cultura, es decir, desde una práctica otra, fuera del negocio perverso de la disputa impúdica por el poder y de las ocupaciones laborales.

Lo concreto es que no podemos hacer política, como izquierda, sólo preocupados del tema electoral. El problema es que la política que se desarrolla en los frentes de masa, en los sindicatos, en los colegios y universidades, en las Juntas de vecinos y centros culturales sigue siendo arcaica y determinada por operadores de bajo nivel ético. Nos hemos centrado sólo en temas domésticos de crecimiento o consolidación partidaria, cuando hay asuntos más urgentes que atender, como son los objetivos remotos y todo lo que tiene que ver con el cambio cultural que implique la producción de otro mundo, y que supere las luchas por la hegemonía y el poder, manifiestas y obvias, y que se oriente por el lado de los relatos de diseño de lo otro.

Por esta, y otras razones, siento que debemos cortarla con una política de alianzas que nos ablanda y nos quita identidad. Mandemos a la cresta a la NM y al PC (y a la derecha, por cierto). Nuestra gente, después del efecto muni ciudadana de Valpo y del pendejismo frenteamplista en el parlamento se ha aseñorado hasta el deterioro.

Todo esto teniendo en cuenta que prima un ambiente de desgano y de derrota, quizás porque hemos jugado demasiado tiempo con las reglas trazadas por el enemigo, reglas que ellos ya no quieren seguir, las nuevas rutas del fascismo dan cuenta de ello.

Marcelo Mellado
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