Dicen que los insobornables son, en su mayoría, odiados; probablemente detestados por la oligarquía y su público leal. Ese público que, frenético y ensanchado por tantos territorios conquistados,  ovaciona y admira enceguecido a sus héroes malditos… Esta misma yeguada es la que enmudece cuando la perversión contra el pueblo se manifiesta con sus silbatos y banderas desplegadas. Esta perversión está, sin ninguna duda, suturada en las jubilaciones y el consiguiente calvario de nuestros viejos. También está visible en los “castigos  ejemplares” achacados a esos criminales de cuello y corbata a pesar de sus repulsivas andanzas ilícitas. Es así  como asistimos a todo lo que se ve en nuestro país: la injusticia de una tierra que soñó, que pudo transformarse -en su aspiración social- en una magnífica región, pero que hoy no es más que aquel proyecto exitoso de los bellacos; es la culminación  de la indolencia, la exigüidad de la solidaridad, la chabacanería televisiva… y muchas actrices y actores asociados a la perfidia. Lo vemos, por supuesto,  en cuentas bancarias suculentas para los caciques acaudalados en desmedro de los más pobres, quienes sobreviven cuesta arriba, apresados en  la miseria literal de créditos inhumanos, atados de por vida  a sus tobillos cual esclavo encadenado arrastrando su paso desangrado por la vereda punzante de su existencia

Los insobornables subsisten a pesar de la aversión organizada, confirmando su galope, reafirmando su marcha y su  grito testarudo; así hayan pasado 30 años desde entonces y se conmemore lo que en su día floreció como alternativa teatral llenando este país con más luces que sombras, exponiendo sobre el escenario chascarrillos, historietas y calamidades. Se instalaron en escena quienes aún permanecen, querámoslo o no,  marginados: putas, maricones, travestis…,  y esta bipolaridad chilena de reír y llorar en medio del dolor y  la postergación. Es decir, nuestro Chile verdadero, sin antifaces para camuflar como antes y sin medias tintas; me atrevo a decir, el Chile puro, el que nos identifica, el que -irremediablemente- prosigue vulnerable frente al insaciable azote del mercado,  dispuesto a los correazos de la dictadura que todos llevamos marcada en nuestra espalda. Un Chile divorciado del esplendor y con más síntomas de mal gusto gringo que de región ancestralmente culta y respetuosa como se nos  identificaba en  años anteriores. En síntesis, un pueblo fácil de manipular y engañar; un trastero para la sobra que se desprende de la economía de arriba, a una altura inalcanzable para los chilenos de siempre. Esa economía famosa en el mundo entero, y que de vez en cuando deja caer algunas migajas para sostener una cultura a medias y así evitar la controversia, porque el arte siempre constituyó una amenaza para  distinguidos y tiranos. Con esas migajas se apacigua al gentío que consume enajenado para sustentar su alma hipotecada.

Hace ya 30 años que se expuso, en definitiva el amor. La Negra Esther explosionó en medio de la oscuridad y pigmentó aquellos rincones transgresores con una pasión  disfuncional y maltratada, como muchas que existen hoy  en Chile. Y aunque le cueste a la clase alta y mojigata aceptarlo, ha conquistado espacios y va dando seguridad a sus intérpretes. Aquí, en este subsuelo inmundo, aquella historia de amor nos caía como agua fresca en medio de la fiebre dictatorial que nos imponía el tirano y sus colaboradores más cercanos. Hace 30 años que un grupo de actores se lanzó a la calle y levantó carpas para recibir al público profano que vino entonces a celebrar. No aquel público de exquisiteces asiáticas, jazz norteamericano y linos egipcios, sino aquel de pebre y filete, el mismo que levanta todavía la copa de vino y se ensalza en una cueca brava zapateando el dolor persistente de haber sido engañado, tramitado, permutado, privatizado y vendido (sin importar que en aquellas ventas malignas, pueblos originarios corran la suerte de ser exterminados) …

Eso es lo que durante estos 30 años ha hecho el gran Circo Teatro. No sólo preserva la memoria y difunde lo que un gran director como Andrés Pérez significó para un país que entonces se liberaba de una de las más horrendas dictaduras de la historia;  Andrés llevó el teatro a la calle, allí donde se cocinan, en el mismo momento,  los sueños y la inmundicia, donde conviven el tocino y la mejor fruta. Donde las miradas clandestinas chocan anhelantes y comienzan a escribirse los guiones. Andrés consagró de algún modo, el derecho humano de acceder a la fantasía y a las tablas lúdicas, recreando historias con zancos, banderas y tambores. Pero por sobre todo, enfrentó con su belleza escénica el oscuro plan de los capitalistas… y continúa con ese plan los años posteriores a su muerte; en aquella casa que habitan los amigos y  fantasmas coherentes. El director, en definitiva, incluyó al rotoso, al postergado, al rechazado por la sociedad; construyendo una pintura en la que sonríen  los desdentados, baila su equilibrio el borracho, racionan senos las fulanas, y los cojos suben y bajan algún trapecio cauterizado. Un recuadro frente al cual los poderosos se sienten irritados, movedizos e injuriados. Como en la magnífica  “Viridiana” de Buñuel, supongo, donde los postergados, de pronto, se reparten aquella opulencia inesperada.

Rosa, la otra insobornable y tenaz, continúa los quehaceres haciendo la faena junto a su familia para custodiar la residencia. Los amigos fieles de Andrés, -los incorruptibles- prorrogan el compromiso administrativo para no cerrar los portones nunca… Y los incondicionales (aquella procesión eterna de excluidos) honran sus habitaciones admirando cada vestuario, cada utilería y cachivache con su histórica viveza de velas, alcohol e inciensos.

Habrá gente que critique esa lucha inacabable, pero no podrá negar que la tenacidad es de admirar, más aún en los tiempos que vivimos donde todo parece haber sido consumido por esta actitud desechable de avanzar sin preocuparse de los pormenores y sin percatarnos del continuo padecimiento de un Chile enrarecido y contagiado… peor aún, sin advertir la colosal belleza que brota desde la miseria, donde  niñas y niños despeinan juncos imaginando que brotan panes para tranquilizar la ilusión  guacha de sus campamentos.

La casona de República 301 está allí, en comodato, levantándose a pesar del poco apoyo gubernamental, a pesar de muchísimas postulaciones a subvenciones, a pesar de no poder construir el anfiteatro porque “desfigura” la fachada histórica del barrio. Sí, aunque no lo creamos, en este país donde se han destruido miles de lugares históricos para levantar torres, aquí donde se han devastado paisajes naturales para beneficiar al empresariado, un simplón anfiteatro levantado con el esfuerzo, incordia, irrita y sacude -aparentemente-  la siesta del político burgués  que jamás dudaría en  negociar con el hormigón y los clavos cuando sí le conviene, siempre a espaldas del pueblo boquiabierto por supuesto. Pero no, a un sobrio anfiteatro de maderas y cojines se le acusa de profanación urbana…

Hacen falta compañeros como los del Gran Circo Teatro. Hacen falta mujeres y hombres que implementen la denuncia acompañada de gallardía. Hacen falta aplausos para repetirnos, cual mantra,  que merece la pena una lucha sin tregua para mantener vivos todos los nombres que han construido la historia cultural de Chile cuyo arte podría decrecer si damos paso a la propuesta superficial de televisiones y radios. Hace falta protegerlos para que la memoria nos permita recuperar lo que las generaciones de jóvenes parecen desconocer y deberían incluir en la sesera.

Hace falta gente barriendo, acomodando, sonriendo y reflexionando mientras se encienden y se apagan los reflectores. Esto es lo que la gente de Gran Circo Teatro ha estado ofreciendo en estos 30 años de continuadas presentaciones.

No sólo La Negra Ester es parte de su repertorio, hay un enorme listado de producciones que han inundado de risa y reflexión a un público fiel y rendido ante el verso y los colores.

Tengo la suerte, de ser el autor de “Las Vacas, mis ojos detrás de la ventana” que pueden ver este domingo 12 por la noche. Allí, en la casa de República. Y digo que tuve la suerte de ser el autor porque presenciar mi texto en escena confirma que la fuerza, el dolor y las emociones con que fue escrita sólo podrían haber sido escenificadas por compañeras y compañeros valientes, sin temor a decir las cosas como son. Aún a riesgo de incomodar a los poderosos y provocarles la pataleta ultra de funcionarios ilustrados.

Sí,  gente decidida, ética y llena de amor por lo que se hace es lo que Chile y el teatro necesitan.  Antes y después de las multas. Antes y después de los robos.

Toda la compañía se involucró en este último proyecto de “Las Vacas” porque con un texto espinoso como este, se investiga, se escribe y se manifiesta como el originario del teatro postulaba. Es decir, con actrices y actores heroicos, sin concordatos oscuros ni ideales para la reventa publicitaria. En conclusión, con verdaderos enamorados del teatro. Aquellos a quienes yo llamo  los insobornables.

Feliz día nacional del teatro, compañeras y compañeros…


Actor, director y dramaturgo teatral.