Así como en agosto el día del niño pasó a tomarse el mes completo, ahora algunas tiendas han instalado el mes de la madre, extendiendo a 30 los días para honrar gastando billetes a la persona gracias a cuya sagrada concha llegamos a este valle de lágrimas. Uy perdón mamita, sí bueno, ya sabes cómo soy, esta bocota ya no la corrijes con nada.

La madre debe ser una de las figuras más manoseadas de la historia de la humanidad, amén del garabato con que en todas latitudes te mandan a volver por el mismo hoyo por donde viniste. Pero lo profundamente inquietante es esa hipócrita ceguera de quienes nos reconocemos hijos de una tradición judeocristiana machista hasta dicho insulto. Porque convengamos que María es lo más parecido a una madre soltera: en todas sus representaciones, estampitas y esculturas, sale sola con la guagua. No tiene espacio ni lugar en la tríada celestial del Padre, el Hijo y Espíritu Santo. De qué madre me hablan.

Por otro lado, tangos, rancheras y boleros melodramáticos nos hicieron a los latinoamericanos los adalides de la veneración materna. Lo confirmo cuando subo a una micro que conecta Estación Central con Peñalolén, y oigo a dos mujeres que conversan, en el reducido y altisonante lenguaje de los miserables, de los flaites. Van a visitar a sus hijos a la cárcel. Comentan cómo fue que le salió malo el crío, que las malas juntas, que no hubo caso. Es mi hijo, po. Sea como sea, no lo puedo abandonar. Madre hay una sola, pienso, y como vivo en Chilezuela, recuerdo un pregón del folclor venezolano:

Toma esta flor le dije a una paloma,

y llévasela al ser que más me quiera,

dile que es la flor con más aroma

de todas las que adornan la pradera.

Yo en el instante pensé que el ave iría

a llevarle la flor a mi adorada,

mas la dejó sobre la tumba fría

donde yacía mi madre idolatrada.

Es así. Yo sostengo que en Chile la madre máxima, la única persona de carne y hueso venerable nacida en esta larga llaga, es además o acaso por eso mismo, su mejor exponente de sensibilidad artística: Violeta Parra. El amor de esa mujer no tiene parangón. Amor a la tierra, amor a la humanidad, amor con todas sus letras, mucho más amor aún que el conyugal o el filial. Y su vida es un fiel reflejo de lo que es la maternidad chilena: una mujer que deja a sus hijos para ir en busca de un destino propio y resultado de eso, se le muere un crío. Esa situación podría resumir qué significa ser madre en Chile. Una condena siempre.

¿Por qué el feminismo es tan fuerte en Chile si se compara con la realidad de cualquier otro país latinoamericano? Porque acá las mujeres apechugan solas. No hay padres. La madre soltera es una figura originaria. Acaso tenga que ver también con el hecho de que los españoles que llegaron a Chile no traían españolas. O muy, pero muy pocas. En cambio a Perú o a Argentina, o al resto del continente, llegaron con sus propias hembras. Lo que no niega ni relativiza el sistemático uso de la violación de indígenas como parte de la estrategia conquistadora y colonizadora, en todas las latitudes. Pero esa práctica, en Chile, me parece, terminó configurando una sociedad en la que las mujeres y específicamente las madres solteras, son una insoslayable y fundacional clave de la identidad nacional. Chile, país de huachos y mamás luchonas.

Mi madre que en paz descansa sabe cuánto la quise, y eso no tiene nada que ver con un “día de”, ni marca una efeméride en el calendario. Los “días de” son un invento comercial con cada vez menos ingenio. Sonríe mamá es un concurso por un año de detergente. Una marca de fideos alude al cariño de mamá. Cuando estaba viva, el día de la madre solíamos ir a comer a algún restaurant, engrosando la multitud de hijos sin tiempo ni pizca de originalidad.

¿Qué gracia tiene ser madre en Chile? ¿Qué hay que celebrar? ¿Un bono miserable por cantidad de hijos en edad escolar? ¿Que te juzgue tu familia porque no te casaste o te casaste apurada? ¿Que te comparen con la mamá de Zamorano y sus cazuelas? Qué rico darle teta a tu hijo y quedar con los pezones sangrando, qué rico el posnatal, la discriminación, el soterrado no te gustó abrir las piernas que rige toda la legislación laboral imperante. Hoy no cocinas, hoy no friegas el piso, mamita. Atiendes a tu madre un día de mayo para agradecerle todo lo que ha hecho por ti. Pero si ella pudiera decirte algo te diría que no hay nada que agradecer. Que lo hizo porque no le quedaba otra, como la que visita al hijo preso. Esa es la verdad. En el campamento, en el bajo fondo, los hijos se comparten, la promiscuidad se impone. Madres, abuelas, tías, vecinas, todas juntas y revueltas crían o malcrían a las pandillas de piojentos que mañana expandirán el gueto. Instinto maternal mis calzones. La situación de la infancia en Chile: vayan a celebrar el día de la madre al Sename.

A la comediante Jani Dueñas, los medios y los sabios del oráculo de este Gran Hermano en que vivimos, la hicieron añicos por su rutina en Viña. Entre otras cosas, habló justamente de esto. De cómo algunas chilenas sienten que está sobrevalorada la figura de la maternidad. No querer tener hijos, si eres mujer, es casi una atrocidad, un crimen. Ojo que no querer tener hijos es posiblemente adoptar, pero lo que se sanciona es que cierres tu propia fábrica, tu útero. Cuando no es sanción, es compasión. No tuvo hijos, pobrecita.

Me quito entonces finalmente el sombrero ante todas aquellas que han podido abortar. Nadie desea o busca un aborto. Pero ellas han podido elegir, han podido decidir. Por ellas, y por un Chile que avance hacia esos plenos derechos, alzo mi copa y digo salud, feliz día de la madre.