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Vidas desechables: El femicidio de Estefanía Martínez

Por: Carolina Rojas @carolarojasn / Publicado: 11.05.2019
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La joven, que era madre de dos hijos, se fue a vivir a la calle por problemas de adicción a la pasta base y para acompañar a Eduardo, su pareja casi veinte años mayor. Era conocida en el parque Bustamante, donde dormía en una carpa hasta antes de ser asesinada, y bailaba en Bellavista para ganarse la vida. La madrugada del martes 7 de mayo, su cuerpo fue encontrado en una maleta a la que le prendió fuego Frank Pizarro, un hombre que ya cargaba con condena por homicidio. La que sigue, es su historia.

Estefanía, estampa enjuta, morena y ojos grandes, era la más graciosa de las tres niñas que vivían con la señora Ana Venegas, su abuela.  Se crió en una casa de la Población Santo Tomás en la comuna de La Pintana y allí creció junto a su hermana menor, Deyanira, y una prima. Ana era una mujer conocida en el pasaje Guillermo Matta y Estefanía, o “La negra”, era su nieta favorita; quizá porque Ana ya percibía cierto abandono de la madre -Paola- quien en ese tiempo tenía problemas con las drogas.

Una historia que se repetiría más tarde.

Pero era la regalona también por cierta fragilidad que le dio “el accidente”. A los dos años, “La Estefi” jugaba con una vecina y mientras le gritaba y agitaba los brazos desde la ventana, cayó del segundo piso. Quedó inconsciente y terminó internada en el hospital Dr. Sótero del Río.

-Fue una operación de sien a sien. La niña terminó con un placa de platino en la cabeza y desde entonces fue más revoltosa, más desordenada  e infantil. Se salvó y mi mamá le hizo una manda a la virgen de Lo Vázquez-, recuerda su tía Alodia Pérez.

Alodía (38) es la menor de seis hermanos y una de las veinte mujeres que integra el verdadero aquelarre de la familia Pérez. Quería a Estefanía como a una hija. Tiene la tez blanca y los rizos que se pueden reconocer en su sobrina. Cuenta que “la negra” solo llegó hasta octavo básico y cuando Ana murió en 2008, producto de un cáncer al colon, se rompió el mundo protegido que Estefanía conocía hasta ese momento. Tenía 16 años y se fue a la calle. Salía  a tomar, hasta que empezó “con lo otro”. Lo otro es la pasta base, esa droga que aplasta como un mazazo a los niños de la población. Primero deambuló en La Pintana y luego llegó al centro donde conoció a Eduardo -un cuidador de autos casi veinte años mayor que ella- cuando Estefanía vendía rosas en Estación Central. Al mismo tiempo, comenzaron las peleas con su madre y la calle la absorbió de lleno. La pasta base le seguía pegando fuerte a ella y su hermana, pero Deyanira cambió. Con ella, más apegada a Paola, las cosas salieron diferentes. Dice que lleva tres años “limpia”, que la salvó un centro de rehabilitación católico.

-Esto es como una rueda: mi mamá pasó por lo mismo, “la Estefi”, yo y así. Por suerte mi mami también está sana desde hace diecisiete años-, revela.

Deyanira (26), un año menor que su hermana, es vendedora ambulante: vende frazadas de polar y lápices de la película del momento. Ahora el motivo es Avengers. Los fines de semana se instala afuera de los malls; la mayoría del tiempo está en el Plaza Vespucio, en el paradero 14 de Vicuña Mackenna. Sus dos hijas son su vida y ese amor se extiende hasta sus sobrinos.

Cuenta que su hermana tiene dos hijos: P, de un año un mes; y M, de cinco años. Ambos hijos de Eduardo.

A P la tuvo en octubre del 2017 en la Clínica Indisa. Fue trasladada allí desde el Hospital Dr. Sotero del Río y la recuperación de la niña siguió en el Hospital Padre Hurtado. Fue una guagua prematura extrema y nació con seis meses. Una foto en el Facebook de Alodia muestra a la recién nacida vestida de rosa. En otra aparece Estefanía arrullándola. Días después, volvió a la calle. No regresó más.

-Como la Estefi no llegó a ver más a su hija, le dije a mi mamá que alguien se tenía que hacer cargo de la niña. Al principio no quería, pero un día la fue a ver y se enamoró de ella. Es una muñequita, no llora, si parece una foto-, comenta Deyanira.

Desde hace un tiempo Paola tiene el cuidado personal de ambos niños.

Alodia completa esa historia y comenta que ella acompañó a su sobrina durante el último embarazo. Estefanía aparece en varias fotografías: celebrando su cumpleaños, la Navidad y en otra foto aparece embarazada haciendo el gesto de los dedos en V. Tiene los ojos cerrados por los rayos de sol, pero su mueca es triste. Ese tiempo era solo un paréntesis antes de la siguiente calada de pasta.

En medio de la espera tuvo una crisis de hipertiroidismo, lo que complicó un poco las cosas y hubo que internarla unos días. Alodia sabía que esa convivencia sería corta, así que un día reunió a Eduardo y Estefanía para conversar y les ofreció vivir con ella.

Eduardo es un hombre de pocas palabras, así que fue breve.

-A mí me gusta la calle, no puedo dejarla, tú sabes el problema que yo tengo-, le dijo y bajo la cabeza.

Alodia entendió todo.

-Y yo me voy con él- , respondió Estefanía, de manera automática.

La intemperie

Estefanía era conocida en el radio del metro Baquedano, el pelo corto, ciertos gestos masculinizados, porque quizá sabía que una mujer en la calle se convierte en una presa. Pedía plata en el restaurante La Terraza de Plaza Italia, saludaba a todo el mundo, el parque Bustamante se había convertido en su hogar. Cuatro años les había costado acomodarse en esa carpa, donde desde hace una semana ya tenían una tele. En los medios la apodaron “La bailarina de Bellavista”, pero Estefanía era mucho más que eso: la herida abierta de una relación ambivalente con su pareja y no poder estar cerca de sus hijos. Ella contaba que Eduardo era como un padre, se preocupaba de darle los remedios para la tiroides, la había cuidado desde su adolescencia, pero también la golpeaba, según la gente que la conocía. Algo que su familia niega o no quieren ver. Confirman más bien era una relación “paternal”.

A Alodia le dolían los videos donde su sobrina aparecía bailando con gestos sensuales, le parecía que se burlaban de ella y de su personalidad de niña. Tenía miedo de esa sobre exposición, ya le había perdido la pista en junio del año pasado, puso una denuncia por presunta desgracia y Estefanía apareció en un ruco cerca del Hospital Dr. Sotero del Río. Pero esta vez fue diferente.

-La llamamos a su celular y aparecía apagado, Eduardo me dijo que no llegaba desde el jueves y ya era sábado, a Deyanira le pasó lo mismo, era extraño que su pareja no supiera nada-recuerda Alodia.

Lo que ignoraban hasta ese momento era que hace seis meses, Frank Pizarro, un hombre con antecedentes y una condena por homicidio, había llegado al parque y se paseaba cada tanto en el lugar, aunque vivía en un ruco de Las Torres de San Borja. La gente que vive en las carpas del parque en su mayoría se conocen, se organizan para la Navidad, Año Nuevo y Fiestas Patrias. Este extraño no sonreía, pero observaba a Estefanía. Un día fue Eduardo lo increpó. “¡Y qué mirái tanto a mi señora!”. Pizarro siguió de largo.

Según su familia, que repite el relato de Eduardo, su asesino le habría robado una pipa y Estefanía lo fue a increpar al ruco de Las Torres de San Borja. Otros dicen que fue a buscar pasta base. De esa ida no volvió más.

-Yo creo que la atacó por la espalda, la tentó con un poco de pasta y ahí la mató-, se lamenta hoy Alodia.

Son las seis de la tarde del día viernes en el Parque Bustamante, las carpas azules, verdes y plomas parecen salpicadas en el pasto. A esa hora ya deambulan personas que disfrutan el comienzo del fin de semana en los bares, restaurantes y cafés, ajenos a todo. Allí también están los otros: los Invisibles. Gente que tuvo que capear los cuatro grados de temperatura durante la madrugada, (una de las más bajas  del año) de la ola invernal que invade el país.

J, de 16 años,  cuerpo andrógino y labios pintados de burdeo, dice que conoció a Estefanía cuando él recién llegó al parque y la recuerda bien. El se estaba con un grupo ahí, después de fugarse del ex Cread Pudahuel. “Un día quedamos sin carpa y con dos amigos dormimos con una frazada cerca de la pileta, ella se acercó una tarde y nos saludó, le pusimos ´la mujer hormiga´, era tan chica. Nos fumamos un pito y nos hizo reír, después supimos que vivía con su pareja, que le pegaba, y la invitamos a bailar para que se pusiera contenta, ahora tengo mucha rabia, quiero que quien le hizo esto se  vaya a la cárcel”, dice.

En la esquina de la calle Dr. Ernesto Prado Tagle, un pasaje sin salida, a pocos metros del museo Benjamín Vicuña Mackena donde fue abandonado el cuerpo de Estefanía, se ven carteles  de la intervención de un grupo de feministas. “Si tocan a una respondemos todas”, “Por mí y por todas mis compañeras”.

En la vereda se ve el contorno de un cadáver dibujado con tiza. Más arriba, frente a la puerta con número 29, la llama de una vela flamea persistente en medio de la cera derretida. Ahí también está la marca oscura que dejo el fuego de la maleta donde estaba su cuerpo. A unos metros a la izquierda, un bugambilla florido contrasta con lo lúgubre de la escena.

Para las feministas su  muerte sí fue un femicidio. Aunque su asesino no haya sido su esposo o conviviente, su nombre quedó estampado en lista de Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres: es la mujer número 24 que muere en manos de un hombre.

“Estefanía del Carmen Martínez Pérez: Estrangulada, amarrada en una maleta y quemada en la vía pública”.  

En la mañana de ese viernes, en La Pintana, comenzaron los preparativos del funeral de Estefanía en el Parque Canaan de Pudahuel. Desde la municipalidad  facilitaron una micro a la familia para llevar a toda la gente que confirmó para despedirla. Llegaron más de setenta personas, incluida la gente “del Bustamante” que la consideraba su amiga en esa cotidianidad a cielo abierto. 

Deyanira organizó todo quizá para olvidar un poco el dolor.

Hoy vive en la Población El Volcán de Puente Alto, a dos cuadras de su mamá y estaba viendo las noticias de Chilevisión cuando mencionaron el caso de una mujer asesinada  cerca del Parque Bustamante, supo inmediatamente que era su hermana. Quedó en shock. A las 6:45 la llamó su mamá, la Policía de Investigaciones ya se había comunicado con ella.

-“Me dijeron algo malo de la Estefi. ¡Vente corriendo a la casa!”, me dijo mi mamá-, recuerda Deyanira.

Nunca pensaron que todo terminaría así: Estefanía fue golpeada, estrangulada y luego calcinada al interior de esa maleta que Pizarro acarreó por más de un kilómetro la noche del domingo. La hora en que las calles están vacías.

Una de las últimas ocasiones que su hermana habló con ella fue el siete de abril, ese  día estaba de cumpleaños su sobrina.

-Mándame fotos de los niños poh, me decía y hablábamos por Facebook, venía a verme, me pedí plata, yo sabía para lo que era así que le decía que no, que mejor le hacía unas viandas de comida, fruta y le pasaba pan, creo que siempre tuve la esperanza de que se recuperara, que viniera a ver a la niña, al final nunca fue así. Ese día le dije que se cabreara, que hiciera las cosas bien para que pudiera estar con sus hijos-, recuerda Deyanira.

-Dile a mi hija  que me perdone por favor, por no estar con ella en su cumple, le voy a llevar un regalo-, tecleó Estefanía en el chat de Facebook y se despidió. Prometió ir pronto a visitarla. Pero “La negra” nunca llegó.

 

NOTA COMPLEMENTARIA: Las Invisibles

Para Patricia Valenzuela, socióloga de Fundación Gente de Calle en la historia de Estefanía hay un patrón en extremo recurrente en cuanto que las mujeres sin hogar: siempre son objeto de abandono, abuso, maltrato y violencia en la trayectoria de su biografía. La consecuencia son dos situaciones catastróficas que devienen de la violencia doméstica: terminar en situación de calle o femicidio. Esta invisibilización sistemática se observa en cómo son discriminadas y mal atendidas cada vez que buscan apoyo en el área de salud para conseguir tratamientos anticonceptivos o para que les faciliten toallas higiénicas en los períodos de su menstruación. Patricia considera que todos los programas asociados a la población que se encuentra en situación de calle (Programa Calle, Centros Temporales de Residencia y Plan Noche Digna) carecen de enfoque de género en su práctica.

– Como grupo se invisibilizan dentro del espacio público, en la política pública y en el imaginario colectivo. Pero también se invisibilizan las distintas vulneraciones y complejidades sociales a las que son expuestas. Por ejemplo, el ser (mujer) adulta mayor, víctima de violencia doméstica, sin opciones de habitabilidad, con discapacidad psíquica sin atención médica, con una ocupación en extremo precaria, y una suma y sigue que nadie atiende en su integralidad. Se atiende parceladamente y muchas veces desde la caridad o derechamente desde el castigo, pero jamás desde la restitución de los derechos -, espeta.

Para Patricia, salvo por la Fundaciones privadas que les brindan cierto apoyo, las mujeres, las trans y las adolescentes sin hogar están completamente solas. El Ministerio de Desarrollo Social, que es el encargado de las políticas de situación de calle, no tiene una oferta especializada para mujeres en situación de calle

Pía Salas, actriz y directora de Fundación Abrazarte, lleva más de una década trabajando con jóvenes que viven en las caletas de Santiago, desde que el 2005 partió “peinando” el río Mapocho para conocer sus historias y poder ayudarlos. Comenta cómo jóvenes y adolescentes son agredidas por sus pares o sus parejas, situaciones que están completamente normalizadas dentro de los grupos.

La violencia de género, como otro factor de riesgo para estas mujeres y niñas.

-Hay un machismo arraigado entres las mismas parejas, el hombre es que trabaja, la mujer es la que se queda, el control que escala cuando él deja de trabajar para quedarse con ella en el ruco, finalmente ambos se enfrentan en peleas donde son ellas las que siempre agredidas, a eso hay que sumar otros maltratos como la violencia verbal- , explica.

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