Desde antes de nacer se nos imponen un sinnúmero de roles y estereotipos socioculturales, desde los colores que nos van a gustar y los que no, hasta el rol que tendremos en la sociedad cuando crezcamos. Mientras yo crecía, cada vez me daba más cuenta de los vellos corporales que a mí y a mis amigas nos iban saliendo, pero que las demás mujeres no tenían, que se los sacaban, porque las mujeres no podían tener pelos en otro lugar que no fuese las cejas y la cabeza. De pequeña nunca tuve demasiados pelos, pero aún así sentía que me los tenía que sacar para encajar, porque mis compañeras me miraban feo por no depilarme, porque me comencé a sentir insegura de mi propio cuerpo al dejarlo ser, crecer y desarrollarse tal como era, no podía permitir sentirme pasada a llevar de esa manera. Era la sociedad contra mí misma, por supuesto que en plena etapa de pubertad yo no iba a cuestionarme ¿por qué me siento en la obligación de depilarme? Para mí el simple hecho de ser mujer conllevaba el depilarse, era lo establecido y así tenía que ser.

Ya van tres años, han pasado tres veranos desde que dejé de depilarme, no fue nada fácil. Comencé a los trece, me daba miedo lo que fueran a decir, a pensar y a juzgar de mí, y mis pelos en las piernas. Probé de todo: cera, máquina, pinzas, crema, láser. Todo me dolía, me dejaba heridas, a veces sangraba. Aún así todas las semanas yo estaba arrancando una parte de mí, sin cuestionarme si lo hacía por voluntad propia o por la imposición de la sociedad patriarcal en la que vivimos, solo lo hacía, incluso comencé a disfrutar del dolor que me provocaba, porque después me sentía lista y dispuesta para enfrentar al mundo. En el momento en que comprendí que la cantidad de pelos que tengo en mi cuerpo no es equivalente a lo que valgo como persona, mis prejuicios disminuyeron de a poco, unas cuantas mujeres de mi entorno no se depilaban, y ellas me inspiraron, y me hicieron darme cuenta de que depilarse y ser mujer no necesariamente tienen que ir de la mano, a esas mujeres les agradezco, sin ellas de referente, creo que jamás me habría atrevido a dejarme crecer los pelos.

Siento que cada día tengo que vencerme a mí misma, y a lo que nos enseñaron, ya que parte de lo que el patriarcado busca es hacernos sentir inseguras con nuestra imagen, y el capitalismo se engancha de eso y nos venden un sinfín de productos para seguir el prototipo de “mujer perfecta”, cuando en realidad todas lo somos, con nuestros distintos pensamientos y corporalidades, todas las mujeres que estamos aquí somos perfectas y somos guerreras de nuestra propia vida. En mi propia guerra logré amarme y aceptar mi templo, mi máscara, mi cuerpo, y junto a ello derribar las barreras de lo que me enseñaron e impusieron toda mi vida, y al decidir que mi cuerpo físico sería mi arma política para enfrentar la vida, y leer la frase “no por depilarte eres menos feminista, ni por no hacerlo eres menos femenina”, fue lo que me ayudó a enfrentarme a mi propia mente y decirle que comenzaría a desaprender lo aprendido y lo aprendería de nuevo, pero esta vez a mi manera, de forma consciente e informada.

Y quizás tú ves en mis piernas algo que te causa rechazo, y lo entiendo, hay veces en que aún me da vergüenza, pero yo veo un sinfín de batallas internas ganadas, y unas cuantas externas por ganar. Otras mujeres me inspiraron a liberarme y ahora yo quiero inspirar a otras porque, entre otras cosas, de eso se trata, inspirarnos y apañarnos para siempre. Es por esto, que desde el año 2017 estoy implicada como activista dentro de la Red Abortando Mitos de la Sexualidad (RAMS), para contribuir y aportar a la Educación Sexual Integral (ESI) de jóvenes de Chile, al ser ésta un derecho humano esencial para la equidad de género y el empoderamiento de les jóvenes del país…